Una conversación sobre la incongruencia corporativa, la seguridad nacional y el antídoto contra la ecoansiedad
Por Lucía Moreno
Cuando pensamos en los bosques, solemos imaginarlos desde la comodidad urbana: un paisaje verde, un pulmón lejano o un refugio romántico para escapar del ruido. Para Ernesto Herrera Guerra, director general de Reforestamos México, esa visión idílica es parte del problema. A punto de cumplir 25 años al frente de una de las organizaciones ambientales más influyentes del país, Herrera insiste en que la conservación no se logra aislando a la naturaleza, sino integrándola a la economía, a las comunidades y a la vida cotidiana.
Un país donde los bosques no son del Estado
Una de las primeras sorpresas que plantea Herrera es casi contraintuitiva: en México, sólo el 5% del territorio pertenece a la nación. El resto está en manos de ejidos, comunidades indígenas y propietarios privados. Como resultado del reparto agrario posterior a la Revolución, gran parte de los bosques quedó bajo control comunitario. Esto significa que en la conservación deben participar el Estado y los miles de núcleos agrarios con realidades muy diversas.
Algunos han desarrollado modelos ejemplares de manejo forestal y exportan productos con estándares internacionales. Otros carecen de recursos, información o acceso a mercados, lo que los obliga a tomar decisiones que degradan sus propios bosques. En ese complejo mosaico, Reforestamos México trabaja para acompañar a las comunidades y demostrar que vivir del bosque, y cuidarlo, sí es posible.
La paradoja de la madera y la incongruencia corporativa
México es un país de bosques y selvas, sin embargo importa el 75% de la madera que consume. La razón no es la falta de recursos naturales, sino un exceso de regulación que vuelve más costosa la producción legal frente a las importaciones baratas o, peor aún, frente a la madera ilegal.
Esa dinámica revela una contradicción profunda dentro del sector privado que puede resumirse así: muchas empresas abrazan el discurso ambiental mientras sus cadenas de suministro siguen fomentando prácticas destructivas. Herrera lo explica con crudeza: un director general puede ser ambientalista, promover reforestaciones y presumir compromisos de sustentabilidad, pero su director de compras tiene el mandato de adquirir lo más barato posible. En esa búsqueda, puede terminar comprando madera ilegal y alimentando cadenas vinculadas al crimen organizado.
Para Herrera, el verdadero reto es lograr que los bosques sean económicamente competitivos frente a otros usos de suelo. Donde hay ingresos, empleo y medios de vida asociados al manejo forestal responsable, aparecen los casos más exitosos de conservación.
El cambio climático como asunto de seguridad nacional
La protección forestal pasó de ser un tema ambiental a transformarse en un asunto económico, climático y de seguridad nacional. Los incendios cada vez más extremos muestran hasta qué punto los ecosistemas son vulnerables frente al calentamiento global.
“Los bosques pueden ser soluciones para el cambio climático, pero si no colaboramos para su buen manejo, se vuelven vulnerables. Y si los perdemos, se convierten en factores que escalan el cambio climático”, advierte Herrera. Esta posibilidad cambia por completo la dimensión del problema. Si el bosque es infraestructura climática (en tanto que regula el agua, estabiliza el clima, captura carbono, conserva biodiversidad), perderlo deja de ser nada más una tragedia ecológica y se convierte en un riesgo estratégico para el país.
Reconstruir la relación con los bosques
Herrera insiste en que necesitamos reconstruir una relación más cercana con la naturaleza por razones ambientales, sociales y económicas. En los bosques viven comunidades que dependen del ecoturismo, de los alimentos locales, de las artesanías y de actividades productivas vinculadas al territorio. Visitar los bosques, consumir productos comunitarios y participar en actividades de restauración puede convertirse en una forma concreta de conservación. “Sólo se protege aquello que se conoce y se ama”, recuerda.
Los baños de bosque: un antídoto contra la ecoansiedad
Frente a la magnitud de la crisis climática, es fácil caer en la parálisis o la ecoansiedad. Herrera propone un antídoto sorprendentemente simple: volver al bosque, esto quiere decir regresar a los “baños de bosque”, una práctica japonesa basada en pasar tiempo entre árboles. “Las personas que están dos horas a la semana en contacto con los árboles mejoran sus niveles de salud de una forma impresionante”, afirma.
Más allá de los datos, habla de algo esencial: la posibilidad de sentir conexión, silencio y bienestar en un mundo saturado de estímulos y malas noticias climáticas.
Un llamado final
En un planeta que ya cambió, los bosques dejaron de ser paisaje. Son infraestructura de agua, regulación climática, salud mental y estabilidad social. Protegerlos no depende únicamente de discursos ambientalistas, sino de lograr que las comunidades puedan vivir de ellos, que las ciudades los entiendan como parte de su bienestar y que las empresas internalicen el costo de perderlos. Un bosque no desaparece sólo cuando se talan sus árboles, también desaparece cuando una sociedad deja de entender para qué lo necesita.+
Semblanza
Ernesto Herrera es director general de Reforestamos México A. C. y presidente global de la Comisión de Política Ambiental, Económica y Social (CPAES) de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Ingeniero industrial por la Universidad Iberoamericana (México) y maestro en Administración Ambiental por la Universidad de Waikato (Nueva Zelanda). Miembro de la red global de Líderes Responsables de la Fundación BMW y reconocido por Forbes México como una de las “30 mentes sostenibles”. Ernesto promueve la colaboración multisectorial para conservar y restaurar la naturaleza con enfoques transparentes, incluyentes y justos.