“Contamina, paga”: una lección ambiental

Por Lucía Moreno

En México, el dicho popular “poncha, paga” resume una regla sencilla: quien causa un daño debe hacerse responsable. En la conversación con el doctor Juan Carlos Belausteguigoitia, esa lógica cotidiana se transforma en una idea urgente para nuestro tiempo: “contamina, paga”. 

El costo invisible de contaminar

¿Qué puede aportar la economía a la discusión sobre energía, recursos naturales y cambio climático? Para Belausteguigoitia, la economía ayuda a pensar cómo usamos recursos escasos. Cuando algo no alcanza para todos, hay dos retos: no desperdiciarlo y repartir sus costos y beneficios con justicia.

Un concepto central de la entrevista es la externalidad. Aunque suena técnico, el ejemplo lo vuelve muy claro. “Pensemos en un camión que circula por la ciudad arrojando humo negro. El dueño paga gasolina, mantenimiento y operación, pero no paga por el daño que ese humo causa a quienes lo respiran. Ese costo se reparte entre peatones, vecinos, niños, adultos mayores y cualquier persona expuesta al aire contaminado”. Esto nos muestra que la contaminación sólo le parece gratuita a quien la produce. “Si el escape de ese camión diera a la sala de la casa del dueño, la conducta de éste cambiaría. Ahí tendría que respirar el daño que genera. En términos económicos, estaría obligado a internalizar el costo de contaminar”. En economía, a esto se le llama externalidad negativa: un costo que genera una actividad, pero que no es asumido por quien la realiza, sino por terceros.

“Contamina, paga”: corregir incentivos

El principio “contamina, paga” no significa detener la economía ni castigar toda actividad productiva. Muchas acciones que contaminan también generan bienes, servicios, empleos y movilidad. El problema es que sus costos ambientales no siempre se reflejan en las decisiones de empresas, gobiernos o consumidores.

Cuando contaminar no cuesta, hay pocos incentivos para cambiar. Pero si las emisiones tuvieran un precio, las decisiones se modificarían. Una empresa puede invertir en equipos más eficientes; un transportista puede elegir combustibles menos contaminantes; una ciudad puede diseñar mejores alternativas de movilidad. El precio funciona como una señal: no obliga a todos a actuar de la misma manera, pero orienta miles de decisiones hacia opciones más limpias.

Sin embargo, el profesor advierte que esta política debe diseñarse con cuidado. Un impuesto ambiental mal aplicado puede afectar más a los hogares de menores ingresos. Por eso, la discusión no debería limitarse a si se cobra o no por contaminar, sino cómo se cobra, a quién afecta y qué se hace con los recursos.

Cambio climático y el problema del “gorrón”

La conversación también lleva el tema hacia el cambio climático. A diferencia de la contaminación local, los gases de efecto invernadero se mezclan en la atmósfera. Una tonelada de dióxido de carbono emitida en México, China, Estados Unidos o Europa contribuye al mismo problema global. De la misma manera, una tonelada reducida beneficia a todos, incluso a quienes no hicieron ningún esfuerzo.

Esto convierte la acción climática en un bien público global. Todos reciben los beneficios de un clima más estable, pero cada país puede sentirse tentado a esperar que otros paguen el costo. El profesor llama a esto el problema del “gorrón”: sentarse con los brazos cruzados mientras los demás hacen la tarea.

El Acuerdo de París buscó enfrentar ese dilema con un compromiso universal. Pero, como cada país define sus propias contribuciones, hay una diferencia importante entre prometer y cumplir. En el caso mexicano, Climate Action Tracker clasifica la acción climática de nuestro país como “altamente insuficiente”, lo que coincide con la preocupación expresada por el profesor: México no está haciendo todo lo que podría hacer frente al tamaño del reto.

Ante un panorama así, la discusión no debería centrarse sólo en rechazar un impuesto ambiental, sino en preguntarse quién paga hoy el costo real de la contaminación: quién respira el aire más sucio y quién pierde salud, agua o calidad de vida mientras otros obtienen los beneficios económicos. 

Tal vez por eso el principio “contamina, paga” es una idea económica y también una conversación ética sobre responsabilidad, justicia y el tipo de país que queremos construir frente a la crisis climática.+

Semblanza

Juan Carlos Belausteguigoitia es licenciado en Economía por el ITAM y doctor en Economía por la University of Essex, Reino Unido. Es profesor de tiempo completo en el Departamento Académico de Economía del ITAM. Dirige el Centro ITAM de Energía y Recursos Naturales y preside el Consorcio Task Force on Climate-related Financial Disclosures (TCFD) México.

Especialista en economía ambiental, regulación energética y políticas públicas, ha trabajado en temas de eficiencia económica, diseño de mercados, evaluación de externalidades y análisis de costos ambientales.