Los profetas del bosque
Lo primero que veo cuando salgo a la terraza es un monolito gris a un lado del Ajusco, un enorme edificio de departamentos en el que viven literalmente cientos de personas, y del que escribí, al pie de una foto que le tomé hace poco, abarcándolo de extremo a extremo en el encuadre, “detrás hay una montaña”. Por supuesto, mi edificio es también un monolito, más austero, sí, pero opaca a decenas de familias una vista que podría conectarlas con el mundo construido no a fuerza del ingenio, la necesidad y, hay que decirlo, la inconsciencia de lo sustentable; más bien a fuerza de un arquitecto, de un constructor lento a quien le tomó millones de años dar forma a esta casa común de todos los seres humanos que han y hemos tenido la fortuna de habitar. Me pregunté si alguien más, desde alguna terraza simbólica, había sentido esto mismo; pensé entonces en Emerson, Thoreau, Dickinson y un puñado más de escritoras y escritores que se ocuparon y preocuparon por lo que hoy muchas personas nos resistimos a creer que es una causa perdida: la esperanza de no acortar innecesariamente nuestra huella en el mundo; algo así como una ecoesperanza. Permítame contarle de algunos.
Hay una imagen que se repite, con ligeras variaciones, en la vida de casi todos los autores de quienes quiero hablar aquí. La imagen de alguien solo en la naturaleza, frente a un estanque, en un bosque o en un jardín, que de repente siente algo que no sabe muy bien cómo nombrar: una especie de alivio radical, de pertenencia sin contrato, de bienestar que no depende de nada comprado ni acumulado. Ralph Waldo Emerson lo llamó “la corriente del Ser Universal”. Henry David Thoreau lo vivió durante dos años en una cabaña a orillas de Walden Pond. Emily Dickinson lo cultivó literalmente en su jardín, entre abejas y hortensias. Fiódor Dostoievski lo puso en boca de un monje agonizante. Friedrich Nietzsche lo proclamó como mandamiento filosófico desde lo alto de una montaña imaginaria, como mi montaña detrás del edificio que no puedo ver.
Ninguno de ellos usó la palabra ecoesperanza (tampoco les hacía falta), lo que compartían era algo anterior al término y más viejo que cualquier movimiento: la convicción de que el mundo natural no es un escenario decorativo de la vida humana, sino su sustrato más profundo; que la tierra no es un recurso sino una relación; y que la única forma de estar bien, individualmente y como especie, pasa por reconectar con algo que siempre estuvo ahí, pero que la civilización industrial se empeñó (y lo sigue haciendo) en tapar. En eso, estos raros del siglo XIX se parecen bastante a los hippies del siglo XX. Y los hippies, en su mejor versión, se parecen bastante a nosotros cuando intentamos, torpemente, no destruir el planeta que habitamos.
Hay algo que me parece hermoso y necesario en leerlos hoy, desde el presente de una crisis climática que ellos no podían imaginar, pero que, en cierta forma, ya estaban anticipando. No como profetas de la catástrofe, sino como personas que, en medio del auge de la novedad industrial y el triunfo de la razón instrumental, eligieron voltear a ver hacia otra parte: hacia los árboles, hacia los granos de arena, hacia la tierra húmeda bajo los pies, el zumbido de una abeja solitaria. Eso también es una forma de resistencia, y en ese gesto, quizás la más old school de todas las resistencias posibles, está la semilla de lo que hoy intuimos como ecoesperanza.
Los primeros hippies usaron levita
Todo empieza, más o menos, en Concord, Massachusetts, a mediados del siglo XIX. Ralph Waldo Emerson lleva años desarrollando una filosofía que, en retrospectiva, suena a manual de vida para alguien que acaba de descubrir la meditación. La premisa central del trascendentalismo, ese movimiento que Emerson lideró con carisma casi religioso, es tan simple como radical: existe un Alma Universal que atraviesa todas las cosas, y la naturaleza es el lugar donde el ser humano puede acceder a ella de manera directa, sin intermediarios. “En los bosques, volvemos a la razón y la fe”, escribió Emerson en su ensayo Nature (1836), “allí siento que nada puede sucederme en la vida, ninguna desgracia, ninguna calamidad, que la naturaleza no pueda reparar”.
Henry David Thoreau fue más lejos: decidió ir a vivir al bosque; en julio de 1845, Thoreau construyó una pequeña cabaña a orillas de Walden Pond y pasó ahí dos años, dos meses y dos días. El resultado fue Walden o la vida en los bosques (1854), uno de los libros más influyentes de la historia de la literatura norteamericana y, dicho sin exageración, uno de los textos fundacionales del pensamiento ecológico moderno, no porque Thoreau fuera activista ambiental, ese concepto aún no existía, sino porque su experimento de vida simple en contacto directo con la naturaleza era una crítica en acto al modo de vida industrial que se instalaba en su época; Thoreau era todo lo contrario de un especialista a la manera actual de entender el concepto desde la academia; era un observador apasionado de la totalidad.
En Walden, Thoreau no predica; describe. Describe el sonido del hielo quebrándose en el estanque en primavera. Describe el comportamiento de las hormigas que combaten en su puerta. Describe el momento exacto en que la luz cambia sobre el agua al atardecer, y en esa descripción minuciosa y amorosa del mundo natural, construye un argumento que ningún ensayo filosófico podría superar: que prestar atención a la tierra es, en sí mismo, un acto moral y espiritual; natura como escuela: “Fui a los bosques porque deseaba vivir deliberadamente”, escribió, “para enfrentar únicamente los hechos esenciales de la vida”.
La hija del trascendentalismo
Louisa May Alcott nació literalmente dentro del movimiento trascendentalista. Su familia se mudó a Fruitlands, una comunidad utópica que intentaba vivir de la tierra, sin carne, sin comercio, sin las corrupciones del mundo moderno. Lo que hace interesante a Alcott en este contexto no es que haya sido una trascendentalista ortodoxa, sino que vivió desde adentro la tensión entre el ideal y la realidad. En sus libros, especialmente en Mujercitas (1868), esa tensión se convierte en narrativa: la de mujeres que intentan ser buenas, libres en un mundo que no siempre les hace espacio. La naturaleza en Alcott no es un refugio místico, sino algo más cotidiano y quizás más poderoso: el jardín, el campo, la estación del año como telón de fondo de la vida doméstica y afectiva. En Alcott esa iluminación pasa por los cuerpos de las mujeres que trabajan, que corren por los campos, que se ensucian las manos; por eso, en su obra, la naturaleza no se contempla: se vive con el cuerpo, y eso, más que cualquier declaración de principios, es quizá la contribución más duradera de esta hija del trascendentalismo: haber demostrado que el contacto con el mundo natural no requería elevación espiritual, sino simplemente presencia, trabajo, tierra bajo las uñas.
No es casual que los valores que el trascendentalismo defendió, la autonomía individual, el rechazo a las convenciones sociales, la conexión con la naturaleza, hayan explotado un siglo después en el movimiento hippie de los años sesenta. Ellos también construyeron comunidades en el campo, también quisieron vivir de la tierra, también rechazaron el consumismo y la guerra.
Un ruso en el jardín
Fiódor Dostoievski es quizás el que menos encaja (aparentemente) en este intento de genealogía trascendentalista y también, por eso mismo, el más interesante. Mientras Emerson, Thoreau y Alcott escribían desde la serenidad de Nueva Inglaterra y Massachusetts, Dostoievski escribía desde el caos de San Petersburgo. No es el tipo de autor que uno asocia con lo que aquí llamamos ecoesperanza y, sin embargo, en Los hermanos Karamázov (1879-1880), su última y más grande novela, Dostoievski pone en boca del starets Zósima, un monje anciano y sabio, el personaje más luminoso de toda su obra, un discurso que es, entre otras cosas, uno de los textos ecológicos más hermosos del siglo XIX: “Amad toda la creación de Dios, la entera y cada granito de arena. Amad cada pequeña cosa. Amad los animales, amad las plantas, amad todas las cosas. Si amáis cada cosa, percibiréis el misterio de Dios en las cosas”. Este amor por lo existente, este mandamiento de encontrar a Dios en los animales, las plantas, los granos de arena, tiene una resonancia sorprendentemente contemporánea. El padre Zósima no habla de ecología como la entendemos hoy; habla, por si no había quedado claro, de amor por la creación, en la que estamos incluidos.
Dostoievski también desarrolló, a lo largo de su vida, lo que los estudiosos han llamado pochvennichestvo, una especie de “retorno a la tierra”: una corriente de pensamiento que vinculaba la salud espiritual con relación a la existencia, con el campo, con las tradiciones que el progreso occidental amenazaba con borrar. Dostoievski exploró esta idea de maneras que hoy resuenan con fuerza: la modernidad, argumentaba, había intentado primero borrar a Dios y luego borrar la naturaleza; ambas operaciones, sostenía, tenían el mismo efecto devastador sobre la condición humana.
Hay además en Dostoievski una frase que el personaje de Iván Karamázov, el intelectual escéptico, el que duda de todo, pronuncia casi a pesar de sí mismo, como una confesión que la razón no puede contener: “Amo las hojas pegajosas de la primavera, el cielo azul, eso es todo. No es cuestión de intelecto ni de lógica, es amar con las entrañas, con el estómago”. Este amor visceral por el mundo, esta lealtad al instante de la hoja, este rechazo a reducir la experiencia de estar vivo a una fórmula racional, es exactamente lo que hace falta cuando hablamos de ecoesperanza: no sólo saber que el planeta se calienta, sino sentir en el cuerpo que hay algo allá afuera que vale la pena salvar.
El filósofo del martillo y de la tierra
Friedrich Nietzsche es otro caso de asociación inesperada. Se le conoce sobre todo como el filósofo que declaró la muerte de Dios, el que atacó la moral de su tiempo con un martillo, el que inventó al superhombre. Menos se habla de que también fue, a su manera peculiar y explosiva, un pensador comprometido con la tierra; no como recurso o como paisaje, sino como el único horizonte legítimo de la existencia humana.
En Así habló Zaratustra (1883), Nietzsche pone en boca de su profeta lo que quizás sea el mandamiento más radicalmente terrestre de toda la historia de la filosofía occidental: “Os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas supraterrenales. Son envenenadores, lo sepan o no”. Este gesto trata de rechazar la promesa metafísica y apostar todo por la vida en este mundo, tiene una resonancia ecológica que el propio Nietzsche no anticipó pero que hoy resulta evidente: la única esperanza válida es la esperanza terrena, la que se planta en la tierra que pisamos, la que florece en este mundo.
El concepto de amor fati (amar el destino, amar lo que es tal como es, incluido el sufrimiento y la destrucción) es, en ese contexto, otra forma de ecoesperanza radical. No la fe de que todo va a estar bien, sino la capacidad de mirar de frente al mundo tal como es, roto, hermoso, en crisis, y decir sí. Esa afirmación dionisíaca del mundo, esa capacidad de encontrar potencia en lo que existe, es lo que Nietzsche llamó la tarea del espíritu libre. Y es, quizás, lo que la crisis ecológica nos exige hoy: estar plenamente presentes en el único mundo que tenemos.
La jardinera oculta
Si Thoreau fue a vivir al bosque para experimentar la naturaleza a escala total, Emily Dickinson lo hizo al revés: se quedó en casa y convirtió su jardín en el universo entero. Dickinson es quizás la autora menos hippie de este grupo: era reclusa, excéntrica, casi nunca salía de su casa en Amherst, Massachusetts, y, al mismo tiempo, era la más ecológicamente radical en su poesía. En más de cien poemas con elementos de la naturaleza como eje, Dickinson construyó un cosmos donde la jerarquía entre lo humano y lo no humano se disuelve con una elegancia devastadora. A Emily le llegó el bosque en forma de lenguaje.
Ecoesperanza
¿Qué tienen que decirnos hoy estos autores del siglo XIX? Juzgue usted: vivieron en el momento en que el capitalismo industrial empezaba a transformar el mundo de manera irreversible y eligieron, cada uno a su manera, mirar en otra dirección. No eran ecologistas en el sentido moderno del término, eran algo más primigenio y quizás más necesario: personas que amaban el mundo no como un recurso sino como una presencia.
La ecoesperanza no es optimismo, no es creer que todo va a salir bien o que la tecnología nos va a salvar; se parece más a lo que Iván Karamázov confiesa contra su propia razón: amar las hojas pegajosas de la primavera con las entrañas. Es lo que Nietzsche llamó fidelidad a la tierra: la capacidad positiva y transformadora del ser humano. Es lo que Thoreau practicó durante dos años en su cabaña a orillas del estanque: la vuelta al origen. Es lo que Emerson encontró en el bosque de noche, bajo las estrellas, cuando sintió que se convertía en “un ojo transparente”: la visión reveladora sin prejuicios. Es lo que Alcott vivió de niña corriendo por los campos de Concord: la fuerza de la vida. Y lo que Dickinson destilaba en sus papelitos entre abejas y hortensias: el llamado de la naturaleza aun en el encierro físico o emocional.
Yo vuelvo a la vista que tengo al salir de la terraza y el mundo se me revela con ojos nuevos; me observa de vuelta y me susurra la maravilla que nos hemos empeñado en silenciar. Detrás del edificio gris no hay sólo una montaña, está el mundo entero; cuando la última hoja de Naturaleza o Walden regresen al polvo, él va a permanecer aquí y sólo quedará, en el registro invisible del universo, nuestro paso como el eco de un poema de amor por la tierra, si tenemos (eco)esperanza.+