anaidisbo nátefat
Por Joseph Abadi Mann
A medianoche, la muerte vive su mejor momento. Se desliza por entre los rosales que escoltan el pavimento, marchitándolos a su paso, y es la única testigo de los huecos golpes de sus botas contra el adoquín gris. La luz de los altos postes negros, a ambos lados de la calle, se funde sin oponer resistencia, fusionando su capa de tafetán obsidiana con el entorno.
No queda rastro de la silueta de labios áridos y piel transparentosa, más allá de los efectos colaterales de su presencia.
A medianoche, la muerte sabe que es poderosa a pesar de las cadenas que la anclan.
Entiende el significado del fin como ningún ser vivo lo hará jamás.
A medianoche, la muerte es como un neonato, y la seda que la oculta, representación de la sangre. El cielo sin estrellas y las estructuras de dos pisos con ventanas enrejadas y balcones pequeños la vieron nacer. No recuerda su vida pasada, ni su muerte pasada. No sabe qué le depara. Siente, sin embargo, un tirón en el estómago que la impulsa a caminar con dedicación.
Gira a la izquierda cuando la calle de su nacimiento desemboca en otra con el mismo adoquín, viviendas del mismo estilo arquitectónico y nombre distinto. Podría decirse que la guía el instinto. Pero sería un error.
Alcanza un puente que continúa hacia la eternidad por encima del agua tranquila. Es amplio, con espacio para múltiples vehículos y banquetas a los lados. Ella camina a paso tranquilo e impertérrito.
Por en medio.
A medianoche, la muerte atestigua la primera palabra aparecer frente a ella, formada por una neblina que nace del agua y se pierde en la distancia:
a n i s e s a
No sabe qué significa.
A medianoche, la muerte es golpeada por una visión de su última vida, hace veinticuatro horas, y se descubre apuñalando con un gruñido bestial el cadáver ya frío de un joven de pelo negro y nariz delgada; su piel es del mismo color que la de ella. Entonces, se vuelve consciente de la daga plateada en su mano derecha y del viscoso líquido antracita que comienza a brotar de sus labios.
A medianoche, la muerte comprende su noble propósito, da un giro de ciento ochenta grados y echa a correr por el puente en dirección opuesta al tirón en su estómago. Las luces de las farolas, que habían cedido a su paso, vuelven a encenderse cuando se aleja.
Pero ahora corre.
Y al regresar sobre sus propios pasos, las farolas no se apagan: estallan. En esos destellos se lee la segunda palabra:
a m i t l ú
A medianoche, la muerte descubre el sonido de sus propios jadeos y da la vuelta a la izquierda, de nuevo sobre la calle de su nacimiento, pero en dirección opuesta a los rosales marchitos.
Casi tropieza con el largo de su capa de tafetán obsidiana y produce su primer titubeo. Maldice entonces, entre ruidos inefables, la seda que la cubre de pies a cabeza y la fuerza a ver el mundo a través de un filtro. Lucha por arrancarla, pero descubre que está unida a su cráneo de la misma manera que su lisa cabellera castaña.
A medianoche, la muerte afianza su agarre sobre la daga plateada y la utiliza para desgarrar su capullo con estocadas ciegas y gruñidos desesperados.
Cuando termina, retoma el paso y deja tras de sí una pequeña montaña de seda; un tramo en forma de velo es lo único que resta allí donde su cuchillo no alcanzó. Ahora ve su sucio vestido, del color de un pergamino enfermo, que la cubre hasta los muslos.
A medianoche, la muerte mira a su alrededor y descubre que los edificios son cada vez más altos y oscuros. Menos concreto y más cristal es la consecuencia de más lujo y menos necesidad.
Mirando fijamente uno de esos ventanales, su correr se convierte en un trotar distraído; en el vidrio empañado hay una palabra cuyo significado desconoce:
u t á r e s
«Quizá son dos», concluye. Su confusión persiste.
A medianoche, la muerte ve a la primera ave chocar contra el suelo. El ruido la sobresalta, pero la visión del animal petrificado con las alas desplegadas y en un charco de su propia sangre la aterroriza. La segunda, la tercera y la cuarta caen una tras otra; su único crimen fue sobrevolar a la figura solitaria del adoquín donde ahora yacen.
Figura que sale disparada, sin llegar nunca a descubrir la palabra que construyen los cuerpos de los pájaros que continúan cayendo:
e h c o n
A medianoche, la muerte gira despavorida en cada encrucijada que se le presenta, pasando de calle en calle y de cuadra en cuadra sin prestar atención; cuando el cansancio la obliga a detenerse, se encuentra en un camino paralelo al del acertijo de los pájaros sin vida. Aquí el adoquín no se limita a unos metros entre rascacielos y rascacielos, sino que cubre una amplia extensión, con árboles y farolas de luz en un desfile intermitente a lo largo del desierto parque.
A medianoche, la muerte logra colocar un pie delante del otro y le jura su odio eterno al martilleo inevitable de sus botas de tacón al chocar contra el hormigón gris de la explanada.
Se aproxima al centro del parque, donde un monolito con decenas de caras en sufrimiento le permite descubrir la del mismo joven de veintisiete años cuya alma robó en su vida pasada.
Entrecierra los ojos y confirma que dicho rostro grita una palabra de cuatro letras, tallada sin un ápice de atención al detalle que se aprecia en el resto del monolito:
—A… t e s —consigue leer. No es una palabra. O no todavía.
A medianoche, la muerte escucha el ruido de cientos de pies marchando en su dirección. Levanta la cabeza, pero ya es muy tarde: desde todas las distintas calles que llevan al parque, una multitud se cierra a su alrededor. Todos cargan con antorchas prendidas y están vestidos con capas de tafetán blanco.
A las 12:01, los humanos escupen al unísono:
E s t a n o c h e s e r á t u ú l t i m a, a s e s i n a
Todo cobra sentido.
No antes, sin embargo, de que el hombre la alcance por detrás y cercene su cabeza.
***
A medianoche, la muerte vive su mejor momento. No recuerda su vida pasada, ni su muerte pasada, pero siente el tirón en su estómago.
A medianoche, la muerte estudia sus alrededores: los rosales que comienzan a marchitarse, las farolas negras que se funden, los edificios de dos pisos con ventanas enrejadas y balcones pequeños… Y da el primer paso.
El eco de sus tacones apuñalando el adoquín marca el ritmo.