Corvus corax
Por Ana Sofía Morales Maldonado
El desierto abismal. Suntuosas arenas infinitas. Sobre la piel del desierto se escucha el murmullo de muchas voces que en la lejanía de los tiempos llegan a este aquí. En voz baja nos dicen algo que no logramos entender.
No sabemos nuestros nombres. Pocas veces contemplamos nuestros rostros. La muerte es un gran espejo en el que pronto nos reflejaremos. Ellas dicen que es mejor no poder reconocer nuestros rostros, que es mejor no tener un nombre. Así será más fácil volver al desierto. Así será más fácil caer en ese profundo abismo, en ese infinito.
Algo late bajo la rugosa piel del desierto. Algo animal. Algo orgánico.
Su respiración está sobre nosotras todo el tiempo. O quizá somos nosotras las que todo el tiempo estamos dentro de su respiración. Hay que volver a él. Sus entrañas nos reclaman. Yo debo estar lista. Las otras también. Las otras cuyo rostro no he visto, cuyo nombre no sé, también deben estar listas.
La voz del desierto, inaudible para muchas, es cada vez más clara para mí.
***
Sé que el momento se acerca porque hablan del eclipse. Cuando pronuncian esa palabra, pareciera que hay en el aire una sentencia de la cual nadie puede escapar. Percibo el nerviosismo o el temor de todas las que están a mi alrededor: las manos temblorosas dejan caer los más simples objetos: cepillos, vasos, afeites. Hace una semana, una tiró un frasco de aceite y el aroma a sándalo impregnó mis aposentos por días enteros. Contra lo esperado, el aroma me mantuvo en vela.
El desierto es un animal enroscado. Su respiración agitada. Su arena como escamas luminosas que atrapan la pesadez de la tarde. La promesa de un amanecer en nuestros desconocidos rostros.
Y en el aire una pesadez como una madeja imposible de desenredar. Algo similar a un puño a punto de soltar un golpe.
El insomnio se volvió una pesada roca. Más tarde no pude vencer al sueño y caí dormida. Antes de ello, recuerdo que en la lejanía se escuchaban esos gruñidos, a veces aullidos, a veces lamentos.
Por la ventana, a la distancia, observé cómo las vigías los ahuyentaban con grandes antorchas. Sabemos que el fuego es su debilidad, su más grande temor. Cuando hay fuego no pueden acercarse, después se cansan y huyen. Casi siempre al amanecer. Los débiles rayos del sol se mezclan con el humo de las antorchas extinguidas. El humo y la luz como restos de una batalla que, si no fueran mis ojos los que la atestiguan, semeja más a una danza. Algo que es incluso hermoso en este paraje árido y que parece siempre a punto de resquebrajarse.
Dentro del sueño hacía mucho frío. Niebla y frío. Un bosque oscuro. Un paisaje después del incendio. Ahí también había mucho humo. Tanto que la garganta se inunda con un constante ardor. Delgadísimos alfileres dentro. Su choque con la tráquea. La manera de oponerse a que el cuerpo respire, a que la boca diga algo. Pero eso no importa porque a lo lejos llega el ruido del agua. El anhelo del agua. ¿Hace cuánto que no escucho la voz del agua? ¿Hace cuánto que debimos huir a esta apartada esquina para protegernos? Para que las nuestras no fueran atacadas más. Para que nuestra estirpe pudiera alcanzar a sobrevivir.
Pero vuelvo al sueño: avanzo por los caminos maltrechos, por colinas empinadas: las plantas de mis pies contra la superficie. El tacto frío, las piedrecillas que cortan la piel, el dolor, el ardor. Mi cuerpo avanzando en todo esto porque pronto llegaré a donde se origina el agua. Pronto mis manos estarán húmedas y bestia hambrienta me llevaré el agua a la boca, al rostro: las gotas deslizándose por los labios, penetrando los poros, escurriendo en las resecas comisuras. ¿A esto se le llama placer? Será como un latigazo. ¿Es aquí cuando debo cerrar los ojos, apretar los labios? Un trallazo en el cerebro que producirá un ligero y placentero dolor. Un fino hilo escarlata escurre en las plantas de mis pies.
Algo que late en el suelo goza bebiendo mi sudor, mi sangre, mi aliento. Es el placer.
Cada vez estoy más cerca del agua. Mis falanges extendiéndose. Los afilados y delgados dedos casi la tocan. Hay filos en mis crestas dactilares que están a punto de rozar el agua. Cada vez su posibilidad está más cerca. Romper esa tensa superficie. Una tela transparente, casi invisible.
Algo me impide tocar el agua. Algo se interpone. Sogas invisibles. Manos imperceptibles que, violentas, me arrebatan.
El sobresalto me despierta. Despierto confundida. Despegar los párpados y esos segundos en los que el ojo reconoce o cree reconocer lo que está alrededor. Desconocer. Mi atención se fija en la palma izquierda de mi mano: una ligera gota de agua que desliza hacía mi antebrazo. En la palma de mi mano se ha dibujado un pequeño mapa húmedo. Es más fácil sentirlo que verlo.
***
La tarde cae, animal herido. La luz naranja hasta donde los ojos me alcanzan. Atardecer. Sé que será el último que yo vea. ¿Qué será lo último que mis ojos registren? Resoplan los vientos y el reptil sinuoso que es el desierto se mueve. Avanza. Parece que quiere abrazarme con sus dedos naranjas y sus tonos ocres que se diluyen. Se quieren fundir conmigo. A lo lejos el aullido de las bestias se ha vuelto más intenso. Saben también que hoy es el eclipse y vendrán más tarde. Saben también que después de hoy ya no seré más. Borrar todo rastro, toda huella. Las crestas del desierto también se han vuelto afiladas y me reclaman. Un clamor silencioso que ha enrarecido el aire, lo ha hecho pesado. Como el peso de los grilletes que han colocado en mis tobillos. Solo por si acaso. Una precaución. El hierro oxidado también va dejando la marca ocre-naranja del desierto. Como si desde ya, escribiera su nombre en mi piel. Como si desde ya, le perteneciera. Este es mi último atardecer por eso me han traído afuera. Por eso me han dejado casi libre.
Junto a mí hay una más. Una a la que nunca había visto. Tiene extrañamente abultado el vientre. Y en los ojos azules una rabia casi incontenible. Su boca cuidadosamente amordazada ahoga sus gritos. Su boca que aspira a ser fauces. La luz del sol es un golpe para ella. También lleva grilletes y la espalda marcada. Me intriga ese volumen en su vientre. Desconocer. Su cabellera está sucia por la arena de los días. Su cuerpo es como un suave tronco tallado en cicatrices. Debió ser una criatura del bosque. Quizá la capturaron en la lejanía de la taiga. Las vigías le quitan la mordaza y ella les escupe en el rostro. Habla una lengua ajena y vitupera. Una de las vigías la abofetea con todas sus fuerzas. Ella cae de bruces. El escupitajo espeso y sanguinolento pronto se esfuma por el calor que golpea la arena. Hoy es el día. El momento ha llegado. Ya no hay marcha atrás. Tanto ella como yo lo sabemos. Será una de nosotras dos.
Entonces llegan más. No solo vigías: algunas llevan túnicas o largos velos donde se advierte su desnudez. Sus largas figuras en el ocaso. Sus cantos se confunden con los aullidos en la lejanía. Una inexplicable tranquilidad me invade. ¿Qué será lo último que mis ojos ausculten? El eclipse ha comenzado. Serán unos breves instantes. Antes de que la arena lo arrase todo. O lo limpie todo. Purificar.
Algo sucumbe en el desierto. Algo quiere la ofrenda ancestral de la lengua. La voz del desierto murmura algo que solo yo comprendo. Algo que solo es mío. El desierto habita mi lengua. La invade.
Una de ellas pide que traigan a la niña. La otra mujer de ojos taiga sigue arrebatándose. Pelea. Maldice en su lengua que es un molusco enardecido. Patea. Por momentos, cubre su vientre. A pesar de los cantos y la música, yo puedo escuchar esa voz.
La niña aparece entre la multitud. No sé si su fragilidad conmueve o me asusta. Su mirada se posa en mí y en la otra. Nos reconoce. Sabe que hoy volveremos al desierto. Que no habrá otro amanecer para nosotras. Los cantos se intensifican al igual que los aullidos cada vez más lastimeros. La voz me llama en una claridad absoluta.
El sol vuelve con su sediento resplandor. Se iluminan las escamas del desierto. Es el eclipse. El momento justo. Le piden a la niña que haga la señal. Ella levanta el brazo. Pareciera que es una extremidad ajena a su cuerpo. Como si tuviera vida propia. Ella se acerca a nosotros. Frente a nosotros señala a la otra mujer a quien los ojos se le llenan de temor. Su rabia se vuelve un sollozar, un lamento. Pero ella sabe que no hay marcha atrás. La elegida. El clamor de los cantos. Sus ecos.
Las vigías llevan a la mujer a la orilla. Ella suplica en esa lengua ajena. Qué bella es su lengua. Pero se pierde entre los cantos y los aullidos que presienten su proximidad.
Ella es arrojada a las afueras. A la orilla. Su voz que ya era calma se desparrama en gritos que ningún otro ruido logra acallar. Su voz es destrozada a la par que su vientre. El árbol del sol ilumina todo esto. Ella fue arrojada, entregada. Ya fue. Por unos brevísimos segundos solo queda un seco silencio. Ella y lo que había en su vientre los han acallado.
Entonces me obligan a hincarme frente a la niña. La estridencia de la música. El éxtasis de los cantos. El trance de muchas. El sol ilumina. La luz es un desierto más ávido que el desierto. Ella toma mi cabeza entre sus manos y comienza a rezar. Sus ojos en blanco. Su piel casi transparente y el árbol azul de sus arterias.
El desierto y el viento me traen alas. Poco a poco iluminan mi oscuro plumaje. Mi pico para prensar. Ahora es fácil pasar incluso a través de los grilletes. Ya no pesan. La voz que me ha estado hablando es en realidad un canto armonioso, no es un graznido: es una melodía. Corvus corax. Mi plumaje nunca se verá más hermoso que bajo la luz de este falso sol que medita. Veo la sombra de mi vuelo antes de que la noche vuelva al desierto. La arcada de mis alas recorriendo al desierto.
Es muy hermoso lo que yo veo desde arriba: ellas en círculo que miran hacia las alturas. La fogata que recién comienza. Me entrego al desierto. Lo último que mis ojos ven es mi circular vuelo de oscuro plumaje que se pierde en las fauces de la noche.