Ramón Valdés Elizondo: imaginar una fantasía desde México

Por momentos, hablar con Ramón Valdés Elizondo es como escuchar a alguien que lleva años cargando un universo entero en la espalda. Uno que está hecho de selvas húmedas, hechiceras tatuadas, profecías mayas, criaturas imposibles y reyes condenados. Pero también de obsesión, paciencia y una profunda necesidad de demostrar que la fantasía latinoamericana puede construir sus propios monstruos, héroes y mitologías sin mirar hacia Europa.

Con La hija de la noche (Puck, 2026), la tercera y última entrega de la saga Flor Negra, Ramón cerró un viaje literario que llevaba años acompañándolo. Y aunque habla del libro con orgullo, también lo hace con cierta nostalgia.

“Fue muy fuerte despedirme de esta historia”, confiesa. “Son quince años de mi vida”.

El autor explica que el tercer libro representa la verdadera conclusión de todo lo que sembró desde el inicio. Cada misterio, cada relación y cada señal escondida en las primeras páginas encuentra sentido en este cierre. Para él, era importante dar a los lectores una historia completa.

Esa idea del final atraviesa toda la conversación. Ramón habla de La hija de la noche como un libro pensado para avanzar sin pausa: revelaciones constantes, tensión permanente y personajes que se enfrentan a las consecuencias de todo lo vivido. 

“La fantasía no tiene que parecerse siempre a Europa”, explica. “Nosotros también tenemos historias gigantescas, personajes increíbles y escenarios poderosísimos”. Esa búsqueda de identidad es probablemente una de las mayores fortalezas de Flor Negra. La trilogía cambia la estética habitual del género: aquí hay selvas húmedas, cenotes, cavernas y antiguas ciudades mayas. Ramón quería demostrar que desde México también podían construirse universos épicos.

Uno de los personajes más importantes dentro de la saga es la Abuela Negra, una figura marcada por el dolor, el aislamiento y el paso del tiempo. Aunque muchos personajes le temen, Ramón insiste en que detrás de esa apariencia existe alguien profundamente humano: “Ella representa cómo las personas pueden transformarse por todo lo que han vivido”.

Durante la charla también reflexiona sobre el futuro de la fantasía latinoamericana. Cree que todavía existe infinidad de historias por contar y menciona el enorme potencial de figuras como los nahuales, los alebrijes y otras criaturas pertenecientes al imaginario mexicano. “Tenemos muchísimas posibilidades narrativas que todavía no hemos explotado”, asegura.

Actualmente, trabaja en nuevos proyectos relacionados con esos universos, aunque reconoce que, por ahora, necesita tomar distancia de Flor Negra y dejar que la trilogía siga creciendo por cuenta propia entre los lectores.

La despedida oficial ocurrió en Yucatán durante la presentación de La hija de la noche. El lugar estuvo lleno y cientos de personas quedaron fuera. Ramón recuerda ese momento con emoción particular, sobre todo cuando pronunció la frase “Buen camino caminantes”, una línea que acompaña a la saga desde sus primeras páginas. 

Quizá esa sea la mejor manera de resumir lo que consiguió con Flor Negra: demostrar que la fantasía mexicana no necesita imitar otros mundos para ser épica. Porque a veces las historias más poderosas ya estaban aquí, esperando a que alguien decidiera contarlas.+

 

Ramón Valdés Elizondo se describe como un narrador que entretiene lo legendario con lo contemporáneo. Entre sus obras destacan Flor Negra, una trilogía de fantasía oscura inspirada en la mitología maya; Hotel California, una novela de terror cargada de simbolismo y crítica social.

En 2018, recibió el Premio Internacional Escritores del Mañana, otorgado en el Palacio de Bellas Artes por la Sociedad Mexicana de Escritores y la Asociación Mexicana de Editoriales (Amatl).