Hablemos sobre cuerpos, secretos y lo prohibido que crece en la oscuridad

Hay algo deliberadamente incómodo, y por lo mismo fascinante, en Hazelthorn (VRYA, 2025), la nueva novela de C. G. Drews. Quienes hayan seguido la conversación alrededor de No dejes entrar al bosque (VRYA, 2025) reconocerán de inmediato su sensibilidad: una escritura que no teme habitar lo oscuro, lo corporal, las emociones desbordadas. Pero aquí, Drews va más lejos. Mucho más.
Hazelthorn, novedad destacada este mes, se inscribe en la tradición de la novela gótica, sí, pero no deja de lado el trabajo en worldbuilding ni el estilo narrativo tan abigarrado como sensorialmente activo. La mansión decadente, los jardines desbordados, el heredero frágil y confundido y el pasado violento son elementos reconocibles que te atrapan desde el inicio, pero lo que distingue a la novela es la manera en que los convierte en una experiencia visceral y, muchas veces, descarnada, que mezcla el horror corporal con el moral. Lo monstruoso no está sólo en lo que acecha en los pasillos o bajo la tierra, sino en la pérdida de autonomía, en la medicalización del cuerpo, en la imposición del silencio y el desaparecer en vida entre follaje frondoso.
Evander, su protagonista, no es el típico héroe. Vulnerable, contradictorio, algo desesperante en su incapacidad de encontrarse como individuo, pero siempre convincente. Recluido en Hazelthorn por su “seguridad”, vive padeciendo su propia fragilidad, hasta que la muerte de su tutor lo catapulta a una libertad tan completa e inesperada como aterradora y paralizante. El regreso de Laurie, el chico que intentó matarlo años atrás, activa una dinámica central que sostiene la novela: una relación cargada de odio, traspasada por deseo y una tensión casi eléctrica que nunca tiene una resolución simple.
Aquí es donde Drews demuestra su mayor fortaleza: en la construcción de vínculos incómodos con elementos orgánicos y hasta triviales. Este junio, en el contexto del Mes del Orgullo, Hazelthorn se siente más relevante, no porque ofrezca una representación directa y complaciente de adolescencias diversas, sino porque abraza la complejidad de lo queer desde lugares poco explorados: la rabia, la obsesión, el deseo que se vuelve destructivo. Hay algo valiente en esa apuesta, en negarse a suavizar los bordes, que le da vida a este libro.
La novela también dialoga con una sensibilidad muy actual entre tendencias del YA: el auge de la dark academia y del romance oscuro, pero filtrado por una estética más cercana al body horror que al misterio clásico. Aquí no hay idealización; hay cuerpo, sangre, hambre (muy intensa, literal y metafóricamente). El jardín, en particular, funciona como una extensión simbólica de todo lo que la novela explora: lo indómito, lo reprimido, lo que crece fuera de control, a pesar de quien lo “poda” y quiere controlar.
Para quienes llegan a esta novela sin conocer a le autore, el libro es una puerta de entrada potente. Para quienes leyeron No dejes entrar al bosque (VRYA, 2025) encontrarán una evolución clara: más arriesgada, más afilada, más consciente de su propia voz y su habilidad de reconocerse en lo horrible.
Hazelthorn merece un lugar en las mesas de novedades porque es un libro que se siente y se palpa. Que incomoda, atrapa, y deja imágenes difíciles de sacudir. En un mercado saturado de propuestas previsibles, eso ya es mucho decir.
Recomendado para lectores de horror contemporáneo, para quienes buscan historias queer que no se conforman con lo predecible, y para cualquiera que disfrute de atmósferas densas y personajes al borde del abismo.
Hazelthorn no pide permiso para entrar: crece, se enreda y, antes de que te des cuenta, ya echó raíces y es imposible de soltar.+