El cuento, territorio fértil para las escritoras cubanas
Como proyecto editorial, Vindictas investiga, recupera y reivindica voces femeninas que hacen falta debido a que el canon literario latinoamericano las excluyó, y no todos los países se representan de igual manera ni en una proporción justa. Como caso paradigmático tenemos las voces de las narradoras cubanas, que suelen ser una dolorosa ausencia, como bien explica la crítica y narradora Zaida Capote Cruz en el prólogo a la antología Vindictas. Cuentistas cubanas: “Si bien las cuentistas cubanas no ocupan tanto espacio, algo tienen de materia oscura: como conjunto son apenas visibles. Para empezar, forman parte de un país que no existe. O, al menos, no en la forma en que suele ser representado. Tampoco es extraño que en los recuentos continentales suelan ser sólo ausencia. Este libro trae al presente voces del pasado que ―salvo excepciones― son inaudibles más allá de ciertos círculos, bastante limitados. Es por eso un acto de justicia”.
Cuando pensamos en una posible respuesta a la pregunta de por qué las cuentistas cubanas han sido invisibilizadas de manera tan injusta, quizá tendríamos que atender la especificidad de Cuba y su historia reciente, la literatura cubana, desde hace décadas, no sólo se escribe en la isla, también se produce en otros países como México, España o Estados Unidos de América; el canon de la literatura cubana ha estado en permanente disputa y tiene heridas que aún deben pasar por procesos de intervención en diversos ámbitos.
Fue hasta la década de los ochenta, con la aparición de La narrativa femenina cubana 1923-1958 (1989) de Susana A. Montero o Estatuas de sal. Cuentistas cubanas contemporáneas (1996) de Mirta Yáñez y Marilyn Bobes comenzaron de forma más contundente los esfuerzos por visibilizar a las escritoras cubanas y denunciar su exclusión del prodigioso canon literario cubano protagonizado por figuras como José Martí, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Nicolás Guillén o Guillermo Cabrera Infante, sólo por nombrar algunas de sus estrellas más rutilantes y destacar, nuevamente, la ausencia de mujeres. Las escritoras cubanas, al igual que sus pares varones, estaban ahí desde la conformación de los orígenes de la literatura cubana, como Gertrudis Gómez de Avellaneda, y también escribían, sólo que lo hicieron desde un lugar marginal.
Como se puede apreciar en la antología, no hay momento o aspecto significativo, crisis o revolución, que las escritoras cubanas no hayan registrado por escrito. El corpus de textos literarios que la antología presenta no es homogéneo, no generaliza la experiencia femenina, al contrario, revela una escritura femenina diversa y conformada por mujeres de diferentes épocas, clases sociales, identidades sexuales, grupos etarios y vidas atravesadas por experiencias como la racialización o la migración.
En el breve relato de Lydia Cabrera, titulado “Dos reinas”, la autora de los Cuentos negros de Cuba da cuenta de su interés por ficcionalizar y difundir la mitología yoruba con un respeto por la oralidad que asegura el valor del texto, no sólo como documento antropológico, sino como texto literario por derecho propio.
En “Nochemala”, María Elena Llana retrata la violencia de los últimos días de la dictadura de Fulgencio Batista desde una perspectiva única, la de una mujer que está casada con un guardia cercano a los esbirros batistianos y que es, al mismo tiempo, la madre de un joven estudiante afín al Movimiento 26 de Julio (M-26-7). Tanto María Elena Llana como Esther Díaz Llanillo, dos autoras que aparecen en la antología, son escritoras que fundaron el género fantástico en los años sesenta en Cuba y que utilizaron este género de irrealidad, calificado en su época como “escapista”, para denunciar las injusticias del orden patriarcal y subvertir las tradicionales formas de representación femeninas, pero su obra no sólo se limita a este género, también fueron autoras que cruzaron muchas fronteras literarias a lo largo de su trayectoria.
En el caso de Esther Díaz Llanillo, “El castigo” muestra la experimentación formal de la escritora y su profundidad filosófica al incursionar en la literatura del absurdo, iniciada en Cuba por Virgilio Piñera ―primer representante, pero no el único que la cultivó en la isla― y que tuvo como centro, más que las preocupaciones locales, una exploración filosófica de la angustia que produce la imposibilidad de explicar lógicamente la existencia y el desamparo inherente a la condición humana. El relato de Díaz Llanillo construye de manera magistral la historia de un hombre sin nombre, un individuo que recibe una sentencia, un Castigo, escrito con mayúscula, pero del que nadie le avisa cuándo comenzará a cumplirse; entonces él espera hasta que un día descubre, después de años, que detrás de la puerta de su celda no hay nadie. El personaje de “El castigo” es un héroe absurdo que sobrevive y que afirma con sus actos la irracionalidad de la existencia humana.
Si algo permite esta antología de manera global, y con visión de conjunto, es reflexionar en el cuento como un territorio fértil para la literatura femenina. En el caso de la literatura cubana, por las complejas condiciones materiales en determinados momentos históricos, el cuento gracias a su brevedad ha sido, si me es permitida la metáfora, una tabla de salvación para la literatura, porque ha permitido que la publicación de libros se dé incluso en tiempos de escasez de papel. En el caso de las condiciones de escritura de las mujeres, la brevedad del cuento también ha facilitado la labor. Desde su inicio, con Novela y memoria, la colección Vindictas se planteó intervenir el canon latinoamericano al publicar autoras que habían sido excluidas a pesar de su relevancia literaria y su vigencia. En 2020, se sumó al proyecto la antología Vindictas. Cuentistas latinoamericanas. En este título, aparece la autora cubana Mirta Yáñez con el cuento “Nadie llama de la selva”.
Por su parte, la antología de cuentistas cubanas presenta a 34 escritoras: Aurelia Castillo, Herminia Gómez, Fanny Crespo, Pura Rodríguez Castells, Ofelia Rodríguez Acosta, Aurora Billar Buceta, Cuca Quintana, Lydia Cabrera, Surama Ferrer, Rosa Hilda Zell, Ana María Simo, Ada Abdo, María Elena Llana, Esther Díaz Llanillo, Lourdes Casal, Mirta Yáñez, Josefina Toledo Benedit, Uva de Aragón, Excilia Saldaña, Olga Fernández, Verónica Pérez Kónina, Gina Picart, Marilyn Bobes, Mylene Fernández Pintado, Sonia Rivera Valdés, Rebeca Murga, Aida Bahr, Anna Lidia Vega Serova, Laidi Fernández de Juan, Ena Lucía Portela, Karla Suárez, Ana Luz García Calzada, Rosa Ileana Boudet y Lourdes de Armas.
En esta obra se despliega una genealogía de escritoras que atraviesa diferentes épocas, desde Aurelia Castillo, que nació en 1842, hasta la indómita y casi legendaria Ena Lucía Portela, que nació en 1972. Si en el primer cuento, “El hombre de bronce y el hombre de mármol, o la doncella encantada”, Aurelia Castillo construyó una breve y poética alegoría sobre la historia de Cuba, su pasado marcado por la experiencia de la esclavitud y la guerra de Independencia que unió a algunos en la lucha por la libertad de la isla; en contraste, en el último cuento, “Mujer sentada en el parque”, Lourdes de Armas cierra con el relato de una mujer que se sienta en un parque con el objetivo de no pensar en nada y es interrumpida por un hombre que le muestra sus genitales en un alarde exhibicionista y que se topa con la indiferencia de la protagonista, demasiado aturdida con sus propios problemas para plantear otra defensa que el desapego más feroz ante un abuso sexual en pleno espacio público.
Para concluir, exhorto a las y los lectores de este texto a preguntarse si hasta ahora ya han leído los mejores cuentos del canon latinoamericano; la misión de las antologías de Vindictas es sembrar esa duda.
Vindictas. Cuentistas cubanas se presenta en la Feria Internacional del Libro de las Universitarias y los Universitarios (Filuni) el sábado 29 de agosto de 2026. Consulta la programación en filuni.unam.mx
Por Patricia Sánchez Aramburu
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