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Nuevo cantar de ciegos

Por Hernán Bravo Varela

En su novela anterior, El peso de vivir en la tierra (Alfaguara, 2022; Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa), David Toscana (Monterrey, México, 1961) pone en boca de su narrador estas líneas finales:

Marfa y Nikolái se tomaron de la mano. (…) Corrían y reían, corrían y recitaban, y se daban tiempo para mirarse a los ojos y distinguir en ellos un brillo cómplice, infantil y lleno de vida; se miraban y descubrían en sus rostros una insólita felicidad (…) Entonces supieron que el final estaba todavía muy lejos y que lo más emocionante y sublime no había hecho más que empezar.

La conclusión de El peso… —una feliz vuelta de tuerca a “La dama del perrito”, de Chéjov, y toda ella, en su conjunto, una carta de amor correspondido a la literatura rusa— anuncia la poética de El ejército ciego (2026, Premio Alfaguara de Novela). Con el mismo “brillo cómplice, infantil y lleno de vida” contemplado en la pareja de Marfa y Nikolái, Toscana rescata de las catacumbas de la Historia el argumento coral de su novela más reciente; el epígrafe, apenas un indicio del historiador bizantino Ioannis Skylitzes, entreabre la puerta. Pero ahí donde no es posible entrar con datos fidedignos a la mano, la invención y su “insólita felicidad” se siguen hasta el fondo. La breve noticia de Skylitzes, “lo más emocionante y sublime” de ella, está por darse a conocer después de 1200 años.

El acta del jurado del Premio Alfaguara define a El ejército ciego como “una gran épica de los vencidos”. Ya en su primer (y, hasta la fecha, único) libro de cuentos, Lontananza (2ª ed.; Era, 2024), Toscana advierte sobre uno de los personajes que “no le servía el fracaso de los demás sin alguien con quien compartirlo”. ¿Qué épica, al fin y al cabo, no es una visión de los vencidos, una reminiscencia del “divino fracaso” que —en palabras de Rafael Cansinos Assens— ata por igual las realidades y los mitos, a los héroes vivos y a los dioses muertos, al autor y a los lectores? 

Compartir ese fracaso tiene sus riesgos. La tentación, por ejemplo, de cerrar a toda costa sus heridas abiertas, de convertir su trayectoria errática en un destino edificante: una ambiciosa alegoría en lugar de una sola metáfora, más modesta y eficaz. La tentación de una superioridad moral que juzga, literalmente, sin miramientos. Marcel Schwob, en su “Prefacio” a Vidas imaginarias (Godot, 2016) —un modelo, sospecho, para la prosa de este libro de Toscana—, sostiene que “el arte está en oposición con las ideas generales, no describe sino lo individual, no desea sino lo único. No clasifica: desclasifica”. 

Así, un ejército de quince mil prisioneros búlgaros, condenados a la ceguera y devueltos a su patria por el emperador Basilio de Bizancio para humillar al zar Samuel, se transforma en un conjunto de perfiles nítidos e inolvidables: Moskono, el ceramista; Nikiflor, el panadero; Prémeld, el hacedor de muñecas; Igorón, el sibarita; Bromo, criador de cerdos; y, sobre todo, Kozaro el copista, sin cuya fe en el testimonio y pasión por la escritura no tendríamos más que un solo párrafo de Skyliztes, un par de nombres de monarcas y una cruel estadística. Si un ciego fundó la épica occidental, ¿por qué no concebir un nuevo cantar de gesta narrado y protagonizado por ciegos? Toscana responde al desafío con su obra mayor. Una pieza polifónica sostenida, en el fondo y en la forma, por voces únicas e individuales.

En su ensayo “La ceguera”, Borges anota que todo cuanto le ocurre a un escritor, “las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte”. Todo cuanto ocurre en El ejército ciego nos ha sido dado a sus lectores como arcilla, como material para el difícil arte de vivir —y de poder contarlo— con los ojos abiertos y las cuencas vacías. (“Como si uno viniera al mundo sólo a ver”, según estima otro personaje de Toscana.) 

Leer en plena noche del mundo una novela así nos devuelve algo mejor que la vista: la dicha, aquella “insólita felicidad”, de lo invisible. Kozaro el copista lo anuncia inmejorablemente: “Voy a narrar lo que no vi para que lo vea quien me escuche”. Pensándolo bien, antes que una metáfora modesta y eficaz de la ceguera, lo que propone David Toscana es una singular y potente metonimia de los sentidos. Una inversión de términos. O sea, la nueva versión y el inesperado comienzo de un episodio que desconocíamos.+