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La insoportable brevedad del cine

La insoportable brevedad del cine

El despliegue y repliegue de los formatos audiovisuales

Gilles Deleuze explicaba en su libro El pliegue. Leibniz y el Barroco que el universo no está compuesto de sustancias fijas o separadas, sino de materia orgánica e inorgánica en un constante proceso de pliegue, despliegue y repliegue. El francés estudió el pensamiento de Leibniz y los rudimentos del Barroco para proponer que materia y espíritu operan como extensiones de una misma continuidad, donde ese “…plegar-replegar ya no significa simplemente tensar-destensar, contraer-dilatar, sino envolver-desarrollar, involucionar-evolucionar”. Me parece clave su idea del pliegue para comprender lo que sucede hoy con lo cinematográfico y lo audiovisual, espacios donde se captura a la perfección el vaivén de la materia a partir de la duración, al pasar de lo breve a lo extenso y de vuelta; cine y realidad tomados de la mano en una danza del tiempo.  

 

El cine surge breve con las vistas de los Lumière, las cuales produjeron un impacto emocional en los espectadores que contemplaron, por primera vez, esa salida de los obreros de la fábrica en La sortie des usines Lumière à Lyon Monplaisir o esa inconfundible llegada del tren, en L’Arrivée d’un train en gare de La Ciotat; ambos cortometrajes de 50 segundos fueron exhibidos al público a finales del siglo XIX, en París. 

 

Su brevedad no fue mero azar, sino producto de las limitaciones técnicas del cinematógrafo de 1895, pues las bobinas primitivas únicamente soportaban rodar y proyectar durante alrededor de 50 o 60 segundos. Cuando este invento capturó el tiempo real para llevarlo a los ojos de multitudes, superando así al quinetoscopio de Thomas Edison, –y si se me permite la comparación con lo literario– el cine conquistó ese principio que Edgar Allan Poe describiera en la poesía como “unidad de efecto”. Un único y poderoso impacto emocional, pero esta vez a partir de la imagen cinematográfica. ¿Pero qué sucede con la brevedad-cine en la era del reel o del tiktok? Para responder eso necesitaré citar algunos ejemplos.

 

Más allá de los Lumière, su colega Alice Guy-Blaché, primera mujer cineasta de la historia, en El hada de las coles (1896) logró en 60 segundos adaptar un popular cuento infantil dentro de la tensión dramática permitida por el formato. Por su parte, Georges Méliès dio un salto hacia la ciencia ficción, al mezclar trucos de ilusionista y carpa, para crear Viaje a la luna (1902), cinta que nos dio una de las imágenes más icónicas del cine: el rostro de la luna impactado por un cohete espacial. 

 

La emoción se consolidaba como un resorte en la imagen y la brevedad, paradójicamente, quedaba superada tras la evolución de los dispositivos, para al fin convertirse en un fin en sí mismo. Ser o no ser breve, esa es la cuestión. 

 

A medida que la semilla del cine eclosionaba, aparecieron obras de formato un poco más extenso, como Un perro andaluz (1927), de Luis Buñuel; que con sus 21 minutos añadió lo anómalo y lo surreal como nuevo recurso fílmico. Además de que Buñuel tiene un filme más breve: Comiendo erizos (1930), documental de 4 minutos, descubierto en 1988 por Román Gubern y colegas, en casa de la escritora catalana Anna María Dalí.

 

En plena Nouvelle Vague, La Jetée (1962), de Chris Marker, fue la prueba de ese pliegue y repliegue de lo breve vinculado a la necesidad de los creadores. Este clásico de 28 minutos, elaborado con fotografías fijas en blanco y negro, que sigue la historia de un hombre que, sin saberlo, contempla su propia muerte; se “desplegaría” más adelante como el largometraje Doce monos (1995), de Terry Gilliam.

 

Entre las bondades de lo breve, el filósofo François Niney afirma que es un formato idóneo para la experimentación y la representación pura de lo real. Chris Marker lo probó en sus cortos, pero también la entrañable Agnès Varda, quien además lo aprovechó para desarrollar su estilo de ensayo poético y político, en piezas como L’opéra-mouffe (1958); Black Panthers (1968) o Réponse de femmes (1975). 

 

Como el universo de Leibniz, el audiovisual (en duración) se expande o se contrae para enfatizar emociones, ideas, formas (a veces simple pastiche de redes sociales); a veces una brevedad que nutre de resonancia poética la imagen (aunque otras veces no). Algo que se contrapone a la saturación barroca del cine grandilocuente de Hollywood; esas franquicias de Marvel o Star Wars tan criticadas por el cineasta de Queens, Martin Scorsese; que en 2019 aseguró que no representan más que parques temáticos, alejados del principio del cine. ¿Pero cuál cine, el que se esconde detrás del formato o la emoción?

 

Piezas como el cortometraje The Alphabet (1968) de David Lynch, en tan sólo 4 minutos de recursos plásticos (con la actuación de Peggy Lynch), nos recuerdan que una propuesta desafiante puede habitar tanto lo breve, como cualquier largometraje; ya sea el Imperio (2006) o Mulholland Drive (2002). 

 

En 1995 se retó a 40 grandes de la escena noventera para homenajear a los inventores del cine, usando el formato del cineminuto, con la cámara primitiva de 1895. El proyecto se llamó Lumière y Compañía, y convocó a cineastas clave como Liv Ullmann, Abbas Kiarostami, Zhang Yimou o Jacques Rivette, entre otros. El resultado fue un hermoso despropósito de visiones frenéticas que intentaban adaptar poéticas extensas al formato de los primeros días. Aún guardo buenos recuerdos del corto de Theo Angelopoulos, conectado con su filme La Mirada de Ulises (1995).  

 

La brevedad sugiere también lo extenso, lo absurdo, lo necesario y lo irrelevante, Todo, en todas partes, al mismo tiempo. Ya lo dijo Scorsese –autor de El Irlandés (2019) o Los asesinos de la luna (2022), ambas de casi 4 horas–, sobre el respeto a que el cine de autor dure lo que tenga que durar. A la par que, por azares del capitalismo global, la imagen breve se democratiza por la incontrolable y omnipresente cámara del celular. 

 

En esta relación entre el filme y el tiempo ya nada es descabellado, sobre todo si revisamos lo que sucede con el séptimo arte en plataformas online. Y ni hablemos del almacenaje. Filmes y filmes no “desplegados” sino apilados en catálogos inabarcables, destinados al ocio del consumidor aburrido; plagados de publicidad, ese residuo no artístico, parásito utilitario de la brevedad, y que no obstante, al igual que el videoclip, también ha sido semillero de importantes cineastas, como David Fincher, Ridley Scott o Alejandro G. Iñárritu.  

 

Pero si de retos se trata, en 2011, anterior a la era TikTok, el coreano Park Chan- wook filmó con un iPhone 4 su Night Fishing, de 30 minutos; y en 2022 repetiría la hazaña con un iPhone 13 Pro, para entregarnos Life is but a dream, de 21 minutos, recordándonos que sí hay cine (y breve) en la era del teléfono móvil. 

 

Porque así como Tarkovski nos invitó a esculpir el tiempo, Bifo Berardi nos recuerda que lo real ha sido suplantado por un flujo infinito de imágenes fragmentadas; mientras que la tiktokmanía, en un nuevo nivel de despliegue-repliegue, nos sitúa como en El hombre de la cámara de Vértov: personas-cámara que filman el mundo en contenidos (entre publicidad, arte, monetización y locura invasiva), para redescubrir que la brevedad en el cine no se crea ni se destruye, sólo se transforma. 

 

Jorge Luis Tercero Alvizo