La tercera es la vencida
Allí mismo, sobre la cancha sagrada, sigue incansable el holograma de Franz Beckenbauer y su hombro dislocado, el silbato de Yamasaki, el trinomio de Gerson, Tostao y Rivelino, así como el coro monumental que le pedía a Bora que alineara al Abuelo… y ahora quizá se escuche una cantata por la Hormiga. Aquí se escenificó una venganza de Malvinas y ahora no parece posible que seamos sede para la apertura total del estrecho de Ormuz, pero volverán el jolgorio y la ilusión exagerada, la peregrinación a la columna del Ángel y la piratería desatada e ingeniosa de toda camiseta posible, pero no creo que vuelvan a ponerle brassiere a la Diana Cazadora y ya no existe la estatua de Colón al que le agregaron un balón con gajos de pentagrama cuando México se enfilaba a jugarse la Patria contra Italia y en Toluca.
Para esta edición enrevesada no habrá más sedes mexicanas que las de la ahora CDMX, otrora D. F., Guadalajara (en estadio rodeado de tumbas clandestinas) y Monterrey, así que no habrá batucada en Chapala, Alemania en León o Dinamarca en Ciudad Neza y España en Querétaro y, peor aún, no habrá boletaje accesible, pues la FIFA se ha descarado con el precio de las entradas. Asistir en vivo será una pensión difícil de financiar en términos medios o promedio y ver los partidos por televisión se ha consolidado como entretenimiento de paga. En ese mismo ánimo, ni un solo aficionado de todos los países cuyos equipos disputan la Copa 2026 debe olvidar ni perdonar que el corrupto Infantino que comanda el carnaval tuvo a bien lamerle las botas a uno de los orates más grandes de la Historia con un pútrido premio de la paz en sincronía con los bombardeos, invasiones y latidos bélicos que contradicen el sentido mismo del supuesto premio.
El balón de hoy no rueda ni vuela de igual manera a como volaba en el 1970 o rodaba en el 1986. La corrección política y la cancelación latente impiden que resurjan anuncios de cerveza por vía y visión de la pechuga de una modelo atractiva y desconozco si se prohíbe fumar en los estadios de México, tal como en los otros dos países que son sede, por lo que preocupa con qué placebos emocionales podremos los mexicanos calmar la intensa nerviolera durante los partidos de nuestros Niños Héroes que parecen poner en peligro la soberanía nacional.
De chisme nos advierten que no habrá garnachas dentro de los tres templos y que todo bastimento —líquido y sólido— sólo podrá comprarse al interior de los estadios y también de chisme nos avisan que el acceso generalizado a las gradas tendrá que ser pedestre, peregrinando desde al menos un kilómetro de distancia, y, en el caso del antiguo Azteca, por vía de un tren ligero que aún no parece del todo encarrilado o una ciclovía inviable. Ni hablar de los aeropuertos, las estaciones camioneras, las flotillas de taxis, los transportes urbanos, las goteras y sus lluvias o la actividad sismológica de siempre.
Con todo, parece que el mundo entero y México en particular necedad se resigna una vez más a contradecir los párrafos anteriores en abono de un alivio de fantasía en el que todos los males del mundo, todas las posibles contradicciones, quedan supeditadas al milagro inmarcesible de un gol que transforme para siempre el ánimo de un pueblo entero. La cuenta regresiva para el pitido inicial confirma la intensidad creciente que olvida todo, absolutamente todo lo que empaña al deporte más popular del planeta en abono de que durante cuatro semanas nos aprendamos de memoria los nombres y apellidos de los elegidos, el apodo en turno, la jugada congelada y el gol milagroso.
La metáfora podría narrarse así: al tercer intento por leer una inmensa novela siempre pendiente, el lector pausa toda distracción cotidiana y pone de lado las tribulaciones y pendencias de la realidad circundante. Asume la lectura como quien enfrenta un ancho prado verde y abierto, poblado por estorbos que barrenan y patadas diversas. Entra al área grande de su propia soledad y, en el punto penal de un silencio inexplicable, logra ejecutar en el último párrafo un tiro directo a la red de su intelecto, que sacude el marco de la memoria y de pronto, retiembla en su centro la Tierra, revolotean los ángeles con ojos de papel picado, suena el mariachi interior, se mueven los planetas y todo lo que parecía imaginario se baña con el oro del instante en que el sátrapa que tiene que entregar el trofeo tiembla en sus pañales ante la triunfadora ascendencia del capitán de un equipo conformado por migrantes.+
Jorge F. Hernández es escritor, periodista y aforista. Nació en 1962 y, desde entonces, no ha parado de contar historias.