José Ignacio Valenzuela: la literatura infantil también puede hablar de lo que duele

Hay libros que no intentan proteger a los niños de la realidad. Hacen algo más difícil: les ofrecen palabras para entenderla. Esa parece ser la convicción que atraviesa Mi casi casi mamá, el nuevo libro de José Ignacio Valenzuela, mejor conocido como “Chascas”, una historia que convierte el humor, la imaginación y la ternura en herramientas para hablar de temas que durante mucho tiempo parecieron demasiado complejos para la literatura infantil.
Para el escritor chileno, esta novela no es únicamente un libro para niños. Prefiere definirla como una historia familiar, capaz de reunir a lectores de distintas edades alrededor de preguntas que no tienen respuestas sencillas.
Mi casi casi mamá completa una trilogía iniciada con Mi abuela la loca y continuada con Mi tío Pachunga. Los tres libros parten de una idea común: explorar las distintas formas que puede adoptar una familia sin convertir esa diversidad en un discurso solemne. Valenzuela prefiere acercarse a esos temas desde la excentricidad, la risa y personajes que desafían los estereotipos.
En esta ocasión, la protagonista conoce a Luisa, una madrastra que rompe con la imagen tradicional que la literatura y los cuentos populares han construido durante generaciones. No llega para ocupar el lugar de nadie ni para convertirse en antagonista. Su presencia abre una pregunta mucho más profunda: ¿qué convierte realmente a alguien en madre o en padre?
Para Valenzuela, la respuesta no está necesariamente en la biología. Está en la presencia cotidiana, en el cuidado, en las noches sin dormir, en acompañar, alimentar, escuchar y permanecer. Es una reflexión que nace tanto de la ficción como de su propia experiencia como padre y que termina convirtiéndose en el corazón emocional del libro.
Lejos de evitar asuntos difíciles, Mi casi casi mamá también incorpora la enfermedad y la pérdida. Pero el autor rechaza la idea de que esos temas deban ocultarse a los lectores más jóvenes. Al contrario, considera que los niños perciben mucho más de lo que los adultos suelen creer y que la literatura puede ofrecerles un espacio seguro para conversar sobre aquello que inevitablemente encontrarán en la vida.
La diferencia está en el modo de contarlo. En lugar del melodrama, Valenzuela apuesta por la imaginación y el humor. La enfermedad no define la historia, sino que forma parte del contexto desde el cual los personajes aprenden a relacionarse y a crecer.
Ese equilibrio también aparece en uno de los recursos más memorables del libro: la frase “Luces, cámara y acción”. Más que una referencia al mundo del espectáculo —territorio que el autor conoce bien gracias a su trabajo como guionista de televisión y cine—, funciona como una especie de contraseña emocional. Un pequeño hechizo capaz de recordar que incluso en los momentos más difíciles la imaginación puede abrir una puerta distinta para mirar la realidad.
Quizá por eso sus personajes permanecen tanto tiempo en la memoria. No son héroes perfectos, sino figuras llenas de contradicciones. Luisa es una madrastra que desafía todos los prejuicios asociados a esa palabra; una mujer generosa que, mientras enfrenta una enfermedad, encuentra fuerzas para cuidar de alguien más. Para Valenzuela, son precisamente esas contradicciones las que convierten a un personaje secundario en alguien imposible de olvidar.
Al final de la conversación, el escritor deja una reflexión que resume su manera de entender la lectura. Si pudiera esconder una nota entre las páginas de cualquiera de sus libros, escribiría una frase inesperada: “Si este libro no te está gustando, cámbialo”. No como un gesto de resignación, sino como una defensa apasionada del placer de leer. Nadie debería pensar que la lectura no es para él simplemente porque un libro no logró emocionarlo. Siempre habrá otra historia esperando al lector correcto.
En tiempos donde la literatura infantil suele debatirse entre entretener o enseñar, Mi casi casi mamá propone una tercera posibilidad: acompañar. Lo hace sin respuestas absolutas, sin moralinas y sin subestimar la inteligencia de quienes apenas comienzan a descubrir el mundo. Porque crecer, parece decir Valenzuela, no consiste en evitar las preguntas difíciles, sino en encontrar historias que nos ayuden a hacerlas un poco más llevaderas.
