La trenza de Sor Juana | Fantasmas encarnados

La trenza de Sor Juana | Fantasmas encarnados

Por Eve Gil

Amor y locura. Temas neurálgicos de la literatura desde sus primeros fogonazos, trazados u orales. No digamos las grandes obras de Shakespeare, de Goethe, de Flaubert, de Murasaki Shikibu. El secreto para la originalidad, dirían algunos, estriba en su tratamiento… o, como en el caso que nos ocupa, en separar sus motivaciones, aunque cohabiten en la cotidianidad de una pareja que se siente dolorosamente humana. Cercana. 

El hombre en el jardín (Hachette, 2025) es la quinta novela publicada de Gilma Luque (México, 1977), con la que obtuvo el Premio Internacional de Novela Breve Rosario Castellanos 2023. Podría ser descrita como la historia de un íntimo apocalipsis; la historia de una casa, de cómo esta habita a sus inquilinos… o, volviendo a la idea de arranque: una historia de amor y locura. Y resulta que es todo esto, que incluso puedes leerla desde la perspectiva que más te interese y cualquiera de ellas resulta en verdad apasionante.

Inés, protagonista y narradora, es una mujer afortunada a quien le suceden cosas terribles, pero también, lo opuesto: una mujer desafortunada con experiencias maravillosas que dan sentido a su existencia. El abandono de una madre a la que jamás volvió a ver la persigue en sueños y pesadillas; determina su carácter y sus decisiones. Sus abuelos, favorecidos por un pariente que no parecía destinado a bendecirlos, propietarios del caserón donde transcurre la mayor parte de la trama, se hacen cargo de ella y lo hacen con mucho amor e imaginación. Inés no lo sabe, pero ya desde aquellos tiempos de estrellas, globos terráqueos y mascotas vinculadas a los astros, la escenografía de la felicidad comenzaba a morir, “…nadie corta el césped que ha crecido disparejo, sin rumbo, como nuestra historia…”. 

Durante un viaje rumbo a Rosarito, cerca de Mexicali, donde vive su padre biológico, Inés tendrá un encuentro decisivo en el aeropuerto. Experimenta una fuerte atracción por un individuo, más o menos de su edad, con cejas y barba muy negras que, de entrada, no da señales de corresponder a su intriga; sin embargo, al término del vuelo, en el que él va también, se le acerca para entregarle una novela que ha dejado olvidada en su asiento, con el separador en las últimas páginas. A partir de ese instante, Inés y Emilio no se volverán a separar. Realizan este viaje, y muchos más, juntos, como predestinados a cruzar los mismos umbrales, los mismos problemas, los mismos derrumbes. “Siempre vivimos en casas ajenas. No construimos nada…”.

Inés señala que “todas las historias de amor se parecen”. Ésta, no tanto.  A veces, la felicidad se parece a la inercia. A la rutina. A veces, la seguridad se torna complicada. ¿Qué pasa cuando cambios ambientales, ajenos a nuestra voluntad, amenazan con trastocar lo que creíamos fijo? De pronto la casa del abuelo, ésa donde habitan Inés, Emilio y la gatita Feliciétte, se vuelve ruidosa, se cimbra como a punto de desbaratarse. Y, a la par de esas señales de “modernidad”, se derrumba también la pareja. El Amor. Aquí la locura se instala, para mal, en la más frágil de sus partes. Emilio ya no quiere estar con Inés. No porque haya dejado de amarla, sino porque su vida, su mundo, su casa, se han puesto de cabeza. Y él opta por refugiarse en el jardín. Se trata de una mudanza paulatina, con la que, sabiamente, la autora metaforiza el proceso de resquebrajamiento de un matrimonio, emparejado al del Hogar, tanto físico como institucional. 

Las “reformas” urbanas comienzan a expulsar a los más antiguos y legítimos habitantes de la colonia Nápoles; suplantan los caserones con altísimos edificios que obstruyen el paso del sol y tienden una tenebra en aquella casa tan llena de historias y de calma. Esa ausencia de energía y de luz parece la responsable de que Emilio haya perdido las ganas de vivir. Y de vivir al lado de Inés, quien sale a procurarle sus necesidades, como inventándose una nueva lengua a través de la cual lo invita a regresar. Aun así. Con esa fetidez que ella está resuelta a tolerar: “El amor y el miedo son compromisos que se adquieren juntos. Amas e inmediatamente temes por el otro, no quieres que muera, que sufra, que desaparezca, dejarlo de amar, que te olvide, un día ya no recordarlo”.

El hombre en el jardín está narrada con la precisión y simplicidad de una novela japonesa, aunque ignoro si Gilma sea consciente de ello. Me hizo recordar, esencialmente, a Banana Yoshimoto y Sayaka Murata. Como ellas, además, escribe desde lo sensorial y lo conceptual, más que desde lo racional. Ha escrito una novela de fantasmas sin fantasmas, acaso porque entiende que, en ocasiones, lo carnal y lo tangible no implica estar ausentes o presentes.+

Eve Gil (evelina__mora) nació en Hermosillo, Sonora, en 1968. Autora de la saga de novelas “mángikas” Sho shan y la dama oscura, así como de Réquiem por una muñeca rota, Evaporadas: las chicas malas de la literatura y, recientemente, Las calladas del Boom.