Rápido no es bueno. La velocidad en las transformaciones sociales y el horror en la literatura surcoreana actual
Por María Vargas Jiménez (@lafalsatortuga)
La primera vez que leí los cuentos del libro Conejo maldito (Alpha Decay, 2023), de la autora surcoreana Bora Chung, pensé que eran como tener insomnio, prender la televisión entre las dos y las cuatro de la mañana, que aparezca un collage de escenas rarísimas (fragmentos de Donnie Darko, la filmografía de David Lynch, alguna animación rusa de los ochenta), volver a dormir, soñar raro, despertar de golpe, que no haya nadie más en casa y resulte que ya es tarde para irte a trabajar. ¿Qué significa todo esto? Ésa fue mi pregunta cuento tras cuento. Aunque fuera un libro de ficción, las tramas rompían con ciertas lógicas de manera tan radical que hacían añicos mis expectativas, mis posibles interpretaciones: un zorro sangra oro, una cabeza se asoma por el inodoro y acecha cada vez que la protagonista va al baño, una mujer se embaraza como efecto secundario a los anticonceptivos que toma. No es que sus historias sean incomprensibles, pero me producían la sensación de estar perdiéndome de algo que me impedía llegar a conclusiones claras.
Tras reflexionar sobre esta extrañeza, reconocí que no se trataba de un problema de traducción, sino de un desconocimiento total sobre la autora, su obra y el panorama de la literatura surcoreana contemporánea. Y es que la literatura de Corea del Sur es, inevitablemente, sobre Corea del Sur. Esto conlleva preguntas fundamentales: ¿qué es Corea del Sur?, ¿qué define a su sociedad? En gran parte, la respuesta yace en traumas históricos: la ocupación japonesa, la Guerra de Corea y la consecuente división territorial, años de dictaduras militares y una modernización aceleradísima, el llamado milagro del río Han, que transformó una sociedad agraria en potencia tecnológica en apenas cuatro décadas (vaya tiempo récord).
Para dimensionar este cambio, hay que considerar que en 1953, Corea del Sur era más pobre que muchas naciones latinoamericanas o africanas. Para revertir esta situación, surgieron los chaebols (Samsung, LG, Hyundai), se normalizaron jornadas laborales extremas y la educación se volvió un proceso intensivo y muy competitivo. El resultado fue un trauma generacional: si a Europa le tomó un siglo y medio pasar de la Revolución Industrial a la digital, Corea del Sur lo hizo en una generación. Así surgió un nuevo individualismo tecnológico que no dialoga bien con la antigua familia confuciana, pues el éxito del linaje ya no depende del respeto a los ancestros, sino de cuánto escalan los hijos en las jerarquías corporativas. A esto hay que sumar la competencia capitalista, la alienación y el burnout.
Al retratar estos procesos, parte de la literatura surcoreana transitó del realismo social a las ficciones de la hipermodernidad. Y, en este complejo escenario, las mujeres alzaron la voz con contundencia. En años recientes, entre los libros coreanos que han llegado a México están La vegetariana (Random House, 2024), de la premio Nobel Han Kang; las novelas de Cho Nam-joo, como Lo que sabe la señorita Kim (Alfaguara, 2024), el ya mencionado Conejo maldito, de Bora Chung, o Your utopia (Alpha Decay, 2025), que trata de distopías tecnológicas, epidemias, inmortalidad y modificaciones genéticas; y Si no podemos viajar a la velocidad de la luz (Temas de hoy, 2022), de Kim Cho-yeop. Todas estas autoras buscan denunciar las violencias sistémicas y domésticas, así como las contradicciones e interrogantes de la actualidad y la pérdida de humanidad.
Sus propuestas tienden a señalar lo absurdo como resultado de la convivencia entre el folclore coreano (fantasmas, chamanismo) y la eficiencia tecnológica; entre el capitalismo tardío y el quiebre de la salud mental; entre la obsesión por el estatus, los lazos familiares y el patriarcado. Estas autoras exploran un terror que no necesita monstruos, porque los horrores ahora habitan entre nosotros: en las oficinas, en las familias, en la sociedad…
En la obra de Bora Chung, en particular, lo corporal y lo reproductivo se politizan de manera escalofriante. Ella afila su crítica hacia la mercantilización del cuerpo femenino y las expectativas reproductivas en una sociedad obsesionada con el legado y el éxito económico. Por increíble que parezca, lo que da miedo en sus textos no es lo sobrenatural per se, sino que tu propio padre, tu hija o tus vecinos te vean como un impedimento para su realización individual. Los lazos humanos son contratos; así que el cuidado no surge del amor, sino de obligaciones y resultados esperados por el sistema.
Me resulta infructuoso intentar describir las tramas de estos libros por la simple anécdota: lo relevante no es lo que sucede en la superficie, sino que sus historias funcionan como pretexto para leer y comprender su contexto histórico. La experiencia estética que proponen también es notable, una mirada cinematográfica fantástica y gore al mismo tiempo. Ya sea que se lea desde la Ciudad de México o Seúl, estas obras literarias se elevan en su ejercicio ficcional como actos de denuncia, liberación y crítica a las opresiones del mundo, a sus disfraces burocráticos, laborales, tecnológicos, aceleracionistas.+
María Vargas Jiménez. Estudió periodismo (no ejerce) y una maestría sobre Japón (otaku con credenciales). Le interesan la ficción, la tecnología y toda forma de rebeldía, temas que explora tanto en su investigación de doctorado, como en las clases y talleres que imparte. Lee, edita y escribe (ficción, no ficción, extraños híbridos). Para no enloquecer como el Quijote, nada, en la alberca y en el zafu.

