México y su inesperado romance con Marruecos (y por qué Francia nunca ha dejado de conquistarlo)

Hay fenómenos editoriales que no nacen de una campaña de mercadotecnia ni de una adaptación cinematográfica. Simplemente ocurren. Un libro comienza a aparecer en clubes de lectura, otro se multiplica en recomendaciones de libreros, una autora se convierte en conversación recurrente en redes sociales y, cuando uno se da cuenta, ya existe una tendencia. Eso parece estar sucediendo con la literatura escrita por mujeres de Marruecos y Francia, dos tradiciones distintas que hoy encuentran en México un público cada vez más curioso y dispuesto a descubrir nuevas voces.
No es casualidad. En los últimos años, las mesas de novedades de las librerías mexicanas han comenzado a poblarse de autoras que escriben desde los márgenes, la migración, la memoria familiar o la tensión entre tradición y modernidad. Son libros que rara vez ofrecen respuestas sencillas. En cambio, invitan a recorrer ciudades, idiomas y culturas donde la identidad nunca es un territorio fijo.
Marruecos ocupa un lugar singular en este fenómeno. Situado entre África, Europa y el mundo árabe, el país ha producido una generación de escritoras que narran desde el cruce de culturas, una perspectiva que resulta especialmente atractiva para lectores acostumbrados a pensar la literatura como una forma de viajar.
La autora que probablemente abrió esa puerta fue Leïla Slimani. Nacida en Rabat y ganadora del Premio Goncourt, el reconocimiento literario más prestigioso de Francia, Slimani alcanzó notoriedad internacional con Canción dulce, una novela que convierte la aparente tranquilidad de una familia parisina en un inquietante estudio sobre la maternidad, las diferencias sociales y las obsesiones contemporáneas. Más tarde amplió ese universo con El país de los otros, donde reconstruye la historia de Marruecos a partir de varias generaciones marcadas por la independencia y el mestizaje cultural.
Si Slimani explora las fracturas de la intimidad, Laila Lalami dirige la mirada hacia las migraciones y el sentido de pertenencia. Aunque reside desde hace años en Estados Unidos, su literatura nunca pierde de vista sus raíces marroquíes. En novelas como Los otros americanos (The Other Americans) demuestra que una historia familiar puede convertirse, al mismo tiempo, en una reflexión sobre el racismo, la identidad y el sueño americano. Su reciente novela The Dream Hotel confirma que sigue siendo una de las narradoras más sólidas de su generación.
Antes de ellas, Leila Abouzeid ya había abierto camino. Considerada una de las voces fundamentales de la literatura marroquí contemporánea, fue una de las primeras escritoras de su país en alcanzar reconocimiento internacional escribiendo desde una perspectiva profundamente arraigada en la realidad marroquí. Su novela The Last Chapter ofrece una mirada íntima sobre las transformaciones sociales del país y el lugar que ocupan las mujeres dentro de ellas.
A esta conversación conviene sumar a Fatema Mernissi, una figura imprescindible para comprender el pensamiento contemporáneo del norte de África. Aunque fue socióloga y ensayista, su libro autobiográfico Sueños en el umbral posee la fuerza narrativa de una novela. En él reconstruye su infancia en un harén doméstico para mostrar cómo la imaginación y la educación pueden convertirse en herramientas de libertad.
Pero si Marruecos representa el descubrimiento, Francia continúa siendo un viejo amor para los lectores mexicanos. La literatura francesa ha acompañado generaciones enteras, aunque hoy lo hace desde voces que poco tienen que ver con el canon clásico.
La figura más representativa es Annie Ernaux, Premio Nobel de Literatura 2022. Su obra ha redefinido la escritura autobiográfica al demostrar que una vida individual puede convertirse en el retrato de toda una sociedad. Libros como Los años o El acontecimiento mezclan memoria personal e historia colectiva con una prosa contenida que encuentra en los pequeños detalles una enorme potencia emocional.
Junto a ella aparece Delphine de Vigan, autora de novelas donde las relaciones familiares funcionan como un territorio lleno de silencios y heridas. En Nada se opone a la noche convierte la historia de su madre en una investigación sobre la memoria, mientras que Basada en hechos reales juega con los límites entre autobiografía y ficción.
Muy distinta es Virginie Despentes, cuya escritura desafía constantemente las convenciones. Su trilogía Vernon Subutexes uno de los retratos más lúcidos de la Francia contemporánea: una novela coral donde conviven la desigualdad, la cultura popular y el desencanto social sin perder nunca el humor ni la ironía.
Y para quienes buscan una lectura más luminosa, Muriel Barbery sigue siendo una referencia imprescindible. La elegancia del erizo demuestra que la filosofía, la ternura y el humor pueden convivir en una novela capaz de emocionar a millones de lectores alrededor del mundo.
Quizá el verdadero punto de encuentro entre Marruecos y Francia sea precisamente ese: ambas literaturas están atravesadas por la pregunta sobre quiénes somos cuando pertenecemos a más de un lugar. Las autoras marroquíes escriben desde la convivencia entre culturas, mientras que muchas escritoras francesas exploran las transformaciones de una sociedad cada vez más diversa. En ambos casos, el resultado son historias profundamente humanas, alejadas de los estereotipos y cercanas a las inquietudes del lector contemporáneo.
México parece haber encontrado en ellas algo más que una tendencia editorial. Ha descubierto voces capaces de dialogar con un país que también se construye a partir de múltiples identidades, migraciones y memorias compartidas. Tal vez por eso sus libros encuentran cada vez más espacio en las librerías, los clubes de lectura y las conversaciones entre lectores.
Porque algunos romances literarios llegan sin hacer ruido. Comienzan con una recomendación casual, continúan con una novela imposible de olvidar y terminan convirtiéndose en una biblioteca entera. Marruecos ya ocupa ese lugar. Francia, en realidad, nunca dejó de hacerlo.
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