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Libros sencillos que dicen cosas complejas

Libros sencillos que dicen cosas complejas

15 de diciembre de 2020

Rodrigo Coronel

Una tarde lluviosa, Manhattan se ve asediada por un ataque aéreo. Un avión privado sobrevuela la isla y su piloto, ocasionalmente, dispara sobre el paisaje. A su paso, el avión deja una estela de miedo y caos, mucho caos. En medio de ese ambiente enrarecido, la agente novata del FBI, Odessa Hardwicke, y el veterano Walt Leppo, se vuelcan a su caza. Intuyen de quién se trata y, más importante aún, su lugar de destino.

Cuando el avión finalmente aterriza, el tripulante, un político de medio pelo caído en desgracia, se dirige a su casa con las peores intenciones, sospechan los agentes. Pero justo cuando sus pronósticos son confirmados, un inesperado vuelco en la historia coloca a Hardwicke en la incómoda posición de ser la verdugo de su propio compañero. A partir de entonces, los planes de Odessa cambian por completo y la racionalidad pasa a segundo plano. A su vida llega Hugo Blackwood, un peculiar abogado británico de más de 400 años de edad —sí, 400 años de edad—, cuyo arribo viene acompañado por criaturas extraordinarias, como un ángel de origen mexicano, o un puñado de demonios antiguos y perversos que se deleitan en provocar sufrimiento y caos: los “seres huecos”.

Este es el comienzo de la más reciente novela de Guillermo del Toro y Chuck Hogan: Los seres huecos (Alianza de Novelas), cuyo desarrollo se segmenta en tres periodos históricos distintos y en tres zonas geográficas diferentes: 2020, entre Nueva York y Nueva Jersey; 1962, en la Delta del Misisipi; y 1582, en Londres. Cada periodo está reservado para explicar y ubicar a los personajes de la historia: de dónde viene cada uno y cómo fue que sus historias se entretejieron. Así conocemos el origen de Blackwood y su añeja relación con el agente Earl Solomon, el vínculo que, finalmente, pondría en contacto a la agente Hardwicke con el abogado extraordinario.

Al margen de las criaturas fantásticas, la intensidad del relato, la aparición de algunas religiones de ascendencia africana o los atractivos guiños de lo Oculto y sus formas, el libro de Del Toro y Hogan es también reflejo de las tensiones sociales en las distintas épocas consignadas en la novela. Monstruos como el racismo o la esclavitud son a ratos tan terribles como los demonios y sus asechanzas.

Por ejemplo, en 1962 un joven agente Solomon fue enviado a Gibbston —un pequeño poblado del Deep South estadounidense— para resolver una serie de linchamientos contra la comunidad negra. Sin embargo, su presencia en el pequeño poblado se justificó porque el último linchamiento tuvo por protagonista a un hombre blanco. Durante su investigación, además de las perniciosas fuerzas ocultas, Solomon también debió enfrentarse a los prejuicios de una sociedad ostensiblemente racista, respaldada, por cierto, por sus estructuras institucionales. ¿Qué habría de ser más terrorífico: la existencia de seres malvados e inmateriales o una turba de hombres ataviados con túnicas blancas y máscaras puntiagudas? Esa tensión se encuentra presente a lo largo de todo el libro, como telón de fondo a la acción, las batallas y las apariciones fantasmales.

Los seres huecos, y los malignos personajes que a su alrededor convocan, se aprovechan de las llagas del dolor abiertas en el pasado. El suplicio y la aflicción de la esclavitud, marcas que cruzan la geografía norteamericana, los atraen. De hecho, en no pocas ocasiones a lo largo de la novela, el escenario de las batallas entre el bien y el mal es un cementerio de esclavos. Blackwood es sensible a esa realidad, tanto que inmediatamente después de haber protagonizado una pelea estelar contra un espíritu maligno en el corazón de Manhattan, el abogado dice: “Si los errores del pasado no se abordan y se tratan con honestidad, los espíritus oscuros brotarán a través de las heridas sin sanar. Es lo mismo para las ciudades y los pueblos que para las personas”. Una declaración que bien podría rubricar cualquier activista estadounidense y de todo el mundo.

Insertar historias fantásticas en ambientes socialmente comprometidos es una característica del cine de Del Toro. En La forma del agua una mujer muda debe enfrentarse a la misoginia de un agente de seguridad; en El espinazo del diablo y El laberinto del fauno, la Guerra Civil Española es el correlato de un mundo poblado por seres mitológicos. Tal parece que —como si de una moraleja se tratara— detrás de la crudeza del odio cabe imaginar un mundo fantástico y quizá más amable.

Hay frases engañosamente sencillas que bien valdría la pena leerlas con los puños en guardia. Anécdotas intrascendentes que al contemplarlas mejor proyectan una luz peculiar. Libros que se han propuesto algo más que lo evidente: entretener. Los seres huecos abreva de esa infrecuente práctica. +

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