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Shawshank y la emancipación de la esperanza

Shawshank y la emancipación de la esperanza

Por Gilberto Díaz

Dentro de las películas de culto de los años 90, Sueños de fuga (The Shawshank Redemption) ocupa un lugar peculiar, por ser una cinta que, si bien no tuvo un éxito arrasador a su estreno —no es fácil competir con fenómenos como Forrest Gump y Pulp Fiction—, logró captar la atención de generaciones que la recomendaron de boca en boca, ya sea porque la transmitían en los canales de televisión, o porque se podía comprar o rentar en el casi extinto formato VHS. Eso ayudó a que esta adaptación de la novela de Stephen King (Eso; El resplandor; Misery), dirigida por Frank Darabont (Milagros inesperados, The Walking Dead), se convirtiera en un fenómeno de preferencia de las audiencias, incluso llegó a colocarse silenciosamente como una de las mejores películas de todos los tiempos en rankings como los del sitio IMDB.

Más allá de contar la historia de una fuga carcelaria, la película construye, en primer lugar, una reflexión profunda sobre el sistema penitenciario estadounidense y, en segundo, nos habla de la redención como una meta posible y la bondad como un acto de resistencia que transmite esperanza hacia uno mismo.

Esta cinta se basa en el relato “Rita Hayworth y la redención de Shawshank”, una novela corta que Stephen King publicó en 1982 dentro de su colección Different Seasons (obra que además incluye “The Body”, que sería adaptada al cine en 1986 como la grandiosa Stand by Me), uno de los pocos relatos en los que el escritor oriundo de Maine (lugar recurrente de sus textos) se sale del estilo de fantasía y terror al que nos tiene acostumbrados, para explorar la vida en prisión desde la perspectiva de un narrador que da testimonio de este relato autocontenido, que tardó más de una década en llevarse al cine.

A pesar de que no ganó la categoría mejor película en la entrega de los Oscar de 1995 —un año bastante competido dentro de una revolución de estilo en Hollywood—, en 30 años ha sido valorada como una cinta indispensable debido a su profundidad; además, refuerza esa idea de redención que la propia película manifiesta, ya que, así como Andy Dufresne (interpretado por Tim Robbins) consigue por sus propios medios la libertad después de años de injusticia, esta cinta encontró el reconocimiento mucho tiempo después de su estreno.

Microcosmos social

Tanto el libro como la película realizan una crítica social severa a las instituciones penitenciarias, pero también, por extensión, a cualquier sistema de poder absoluto o que no rinda cuentas. La Shawshank State Penitentiary está diseñada para romper la voluntad de los prisioneros. Los guardias que golpean con saña a los recién llegados, como Dufresne, establecen un dominio basado en el miedo; mientras que los presos más antiguos que abusan de los más débiles cuentan con la complicidad tácita de la autoridad. 

Esta exploración del poder y la doble moral también puede aplicarse con el alcaide Norton (Bob Gunton), un personaje que preside sus reuniones matutinas con lecturas bíblicas y profesa las más cristianas virtudes, y, a la par, opera una red de lavado de dinero desde la prisión. El filme se encarga en denunciar la hipocresía institucional y el doble rasero moral que no nos resulta ajeno en la realidad. El inmovilismo y la indolencia son comunes en sistemas que han dejado de creer en la capacidad de transformación del ser humano, podemos tomar como referencia el documental mexicano de 1976 Lecumberri (El palacio negro),  del director mexicano Arturo Ripstein, que refleja la vida de los reclusos en el viejo panóptico poco antes de su clausura a finales de los 70.

Por su parte, Brooks Hatlen (James Whitmore) representa la mayor crítica al sistema penitenciario. Brooks queda libre para descubrir que el mundo exterior le resulta más ajeno que la propia celda donde vivió durante medio siglo. Esto nos lleva a pensar cómo la institucionalización, ese concepto que se refiere a la dependencia de los regímenes carcelarios, termina por ser no sólo un castigo físico, sino que nos amolda a una prisión psicológica de la que no hay salida. Lo anterior se reafirma cuando Ellis Boyd, Red, (Morgan Freeman), el narrador, enfrenta su propia liberación: el fantasma de Brooks lo acompaña como un recordatorio de que la libertad plena se ejerce en cuerpo y alma.

Esperanza y un poco de bondad

Andy Dufresne es un personaje que contrasta y desafía las reglas sin confrontación. Condenado injustamente por un asesinato que no cometió, pudo convertirse en una víctima más del sistema, pero prefirió construir, desde su cautiverio, una resistencia silenciosa que sus compañeros tardan en comprender. Resulta fascinante verlo lograr que los vigilantes le permitan a él y a sus compañeros tomar cerveza en el tejado después de una jornada de trabajo, para recordarles a los demás prisioneros que siguen siendo humanos. No hay que olvidar el momento en el que suenan Las bodas de Fígaro sobre el patio de la cárcel, un acto que podemos leer como el negarse a aceptar que la prisión tenga la última palabra sobre una vida.

En la película, la bondad de Andy trasciende la ingenuidad para convertirse en una forma de estoicismo, al no permitir que su entorno lo transforme en lo que este sistema penitenciario quiere. Tal vez por eso la famosa frase que dirige a Red resuena en el centro de la película: “La esperanza es algo bueno, tal vez lo mejor de todo, y lo bueno nunca muere”. Con esa reflexión la esperanza se eleva a un elemento espiritual dentro de la historia. 

Andy funciona como un catalizador de la bondad y la esperanza, y su influencia se manifiesta en el personaje de Red, quien experimenta un arco de redención más complejo. Red es el hombre que consigue lo que sea, es el intermediario que ha aprendido a sortear las reglas no escritas, pero también representa el escepticismo. Cuando Andy habla de esperanza, Red señala que la esperanza es peligrosa, ya que puede volver loco a un hombre; su escepticismo es consecuencia de las décadas que ha pasado dentro de la cárcel y en las que ha visto muchas ilusiones ahogarse en el abismo del cautiverio.

Pero la redención de Red ocurre en libertad, cuando debe decidir si cruza la frontera hacia México para reunirse con Andy. Al elegir honrar la amistad que lo sostuvo durante años muy duros, termina por emancipar su propia historia. Red era culpable, pero tras la experiencia en prisión, y gracias a su amistad con Andy, pudo transitar del escepticismo a un valor más noble que nació de la sinceridad: el entenderse a sí mismo desde la compasión, a pesar de los errores del pasado, y conseguir con ello un perdón auténtico que viene desde el fondo. 

Ése es el punto de inflexión de Red para reconstruirse y emanciparse de la culpa por el pasado, objetivos para los que necesitaba un acompañamiento que lo contuviera y al mismo tiempo, lo impulsara a ver las cosas de un modo distinto. La constancia de Andy le enseñó sobre la integridad, y así Red comprendió que requería paciencia para abrirse y encontrar su propia bondad innata. Tras compartir los principios de su amigo, logra entenderse para al fin construir su propia idea de lo que es la libertad. 

Romper hacia la libertad

The Shawshank Redemption es una película sobre los distintos tipos de encierro que todos los seres humanos enfrentamos, pero también habla acerca de las diversas formas para emanciparnos de ellos. Además, plantea una serie de paradojas, la más importante es la de Brooks quien incluso tras lograr la libertad seguía preso en lo más profundo de su alma, mientras que Andy, a pesar de estar tras las rejas, siempre se supo libre. Esto nos dice que si no contamos con la capacidad de sostener la voluntad, si no interiorizamos la esperanza y la convertimos en un motor, en el núcleo de la fuerza, la perseverancia y la paciencia, ninguna libertad material será suficiente. 

No podemos dejar de mencionar la metáfora más grande de la película. Andy escapa de la prisión mediante el túnel que cavó durante veinte años, que lo conduce a un ducto por donde sale toda la suciedad de la prisión. Finalmente, se lava en un sitio donde yace el agua más pura, limpiando su pasado, su reputación y su dignidad recuperada. Cuando Red llega, por fin, a la playa de Zihuatanejo y camina con su amigo, comprende lo que significan la esperanza, la libertad a conciencia, tener un propósito y creer en uno mismo. 

Al final esa redención hacia la bondad no necesita de un escapismo introspectivo al estilo Inception (2010), porque sanar aquello que nos llevó a la noche más oscura del alma requiere sobre todo de aliados que nos motiven y nos recuerden esa esencia que somos, un espíritu fraterno, como la amistad juvenil de Stand by me, o, ¿por qué no?, un Andy Dufresne que nos inspire a mantener la esperanza de que una reinvención es posible.

 Tal vez todos necesitamos un Zihuatanejo.+