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Huracán que se llama violeta

“Un texto escrito de rodillas”
Gerardo Saravia, editor

Cuando se trata de la Violeta nunca he sido objetiva.
Este texto está, para robarle sus certeras palabras al
editor peruano Gerardo Saravia, escrito de rodillas.
De rodillas y con el alma descuerada, de la única manera
en que es posible sentir a Violeta Parra y habitar
sus canciones. Soy devota.

Sí, como millones, lo primero que escuché de ella
fue “Gracias a la vida”, en voz de la grandísima Negra
Sosa, pero no fue con “Gracias a la vida”, sino con
“Qué he sacado con quererte”, y en su propia voz,
con la que recibí la estocada. Transverberación. Qué
he sacado con la luna, ay, ay, ay, que los dos miramos
junto’, ay, ay, ay… Y el corazón, todo agua y sangre,
Violeta.

Duro y hermoso momento ése cuando una se encuentra
con quién rasgarse la herida: estrujarla hasta que
deje de sangrar y que sane. Después, rellenarla de oro,
como hacen los japoneses con los jarrones rotos. Sintonizan
los dolores, sin pudor, humanos; se acompañan los
dolores de sur a norte dejando a su paso la cordillera
craquelada. Un ayeo genuino y profundo puede bajarnos
en seco del mundo, y los de Violeta son toros
tristes, furibundos y tiernos. Embisten y lloran; embisten
llorando.

…no era uno el que plantaba, ay, ay, ay, eran dos
enamorados…

“Qué he sacado con quererte” remite en su estructura,
supe después, a un lamento mapuche aunque
de composición original suya. En esa pieza Violeta
suena a la tierra, no es exageración,
mapuche significa “gente de la tierra”.
Es posible, si se escucha con
atención, llevar el compás golpeando
el pecho con los nudillos
como se golpearía la madera de
una guitarra.

O como los dos cotiledones,
grupo bicardiaco que nos
dijo César Vallejo: pumpum.
Violeta Parra supo, como pocos
han sabido, escuchar e interpretar
el canto más sencillo y complejo,
el del folclore campesino
e indígena de un pueblo
entero que, se sabe,
son muchos pueblos. Canto primitivo, rústico, roto,
complejo, sí, porque (y no me cansaré de citar a Jerome
Rothenberg) lo primitivo es complejo. La Parra viajó por
Chile escuchando atenta, cantora, las voces diseminadas
por esa extensa geografía: entrevistó, transcribió,
grabó, reprodujo. Violeta, investigadora, es la historia de
su país, sí, también.

Qué he sacado con quererte, ay, ay, ay…

Será por la cordillera o porque vino al mundo en el ombligo
del Cinturón de Fuego del Pacífico, pero Violeta
nació fuerza de la naturaleza, como nacen los huracanes
allí donde en la cuenca oceánica lo frío se funde
con lo caliente. Cueca oceánica, Violeta. Es probable
que un huracán llevara su nombre y, sabemos, los huracanes
con nombre de mujer son los más iracundos.

Violeta compuso canciones con la modestia de la
gente de campo, pero con la desafiante actitud de los
vanguardistas y la intensa precisión de los genios.

“Qué he sacado con quererte” se canta rasgando la
garganta y rasgando los músculos; la cara se descompone,
los puños se aprietan, el cuerpo se lamenta:
Pero tú, palomo ingrato, ya no arrullas en mi nido.

Violeta vio la vida siempre a los ojos, sin pudor y sin
miedo, y con todo su dolor descarnado. A ella vengo
como los peregrinos van a su santuario cuando pierdo
el aliento si Run Run se va, porque así como
“Cartucho no dijo su nombre”, Run Run
siempre se fue.

Las heridas de la Violeta, topografía
áurea, jarrón precioso,
“corderito disfrazado de lobo”…

Violeta construyó un templo
con sus manos para que viniéramos
a llorar sin pena. Aquí estoy, Violeta,
de rodillas.

Por Isaura Leonardo

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