Sonidos y silencios en la casa-filme de Sentimental Value

Sonidos y silencios en la casa-filme  de Sentimental Value

Un manual intimista para homenajear (alimentar) a la sombra del cineasta-demonio de El séptimo sello

 

That’s the price of love 

Can you feel it? 

If we could buy it now 

How long will it last?

New Order

 

Valor Sentimental (2025), Sentimental Value o Affeksjonsverdi (en noruego) es un sincero homenaje que el director Joachim Trier (famoso por La peor persona del mundo, 2023 o Reprise 2006) hace a su abuelo materno, a la casa de la infancia, a la nostalgia, a la gente que resistió el nazismo en Noruega, pero, también, al sombrío e inmortal Ingmar Bergman. Y no sé si me encanta la idea de homenajear a este demonio cinematográfico de genio y maldad a la par enormes e innegables, pero el filme es definitivamente algo que hay que ver en pantalla grande. 

Un fantasma recorre el nuevo filme de Joachim Trier, como el fantasma del padre de Hamlet en Hamnet; es el fantasma del realizador legendario de El séptimo sello o Fresas salvajes, que “no era una buena persona”, según comentó Stellan Skarsgård para un artículo del Variety pero sí una importante influencia en el cine nórdico. Otros fantasmas también habitan este filme-casa que ha edificado Trier en su nueva entrega: el fantasma de un abuelo materno cineasta (Erik Løchen), la voz de una actriz de la tercera edad, casi olvidada (Bente Børsum) y los recuerdos (traumas) de la resistencia noruega ante el avance de los nazis en la Segunda Guerra Mundial.

Es importante recordar que la cinta noruega de Joachim Trier ha conseguido un logro histórico para el cine europeo, al concursar por nueve nominaciones en los Oscar 2026, y ser una de las obras más aclamadas de la década. Valor sentimental tiene presencia en categorías clave como mejor película, mejor dirección, mejor actriz (Renate Reinsve) y mejor actriz / actor de reparto (para Elle Fanning, Inga Ibsdotter Lilleaas y Stellan Skarsgård).

Casa-cine

Valor sentimental no es sólo una película sino una casa que se edifica en cada encuadre. No es la Casa de Muñecas de Ibsen, sino una que rememora a sus inquilinos, principalmente a las dos hermanas, Nora (Renate Reinsve) y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), que la habitaron no hace mucho, y también al padre-cineasta-ausente (deudor emocional, tal vez alimenticio), Gustav Borg (Stellan Skarsgård) con el que habrán de reencontrarse durante la ceremonia luctuosa dedicada a la madre fallecida.

La casa de Agnes y Nora no es la casa Usher que implotaba hacia el final del relato para consumar la maldición familiar, sino una casa con un error estructural, tallado en el tiempo cinematográfico, que se refleja en la nostalgia y el estado de ánimo de quienes la recorren. Mientras tanto, entre suspiros, los espectadores latinoamericanos que admiramos el filme pensamos, “bueno, al menos ellos sí tienen casa propia”. 

La trama sigue a Gustav Borg, un aclamado cineasta que no es para nada un buen padre, además de ser pésimo comunicando sus sentimientos y un neurótico insufrible. A pesar de ello, intenta acercarse a sus dos hijas a partir de la única forma que conoce: su pasión por el arte y el cine. Cosa que ellas comparten. 

A Nora, la hija mayor, que además es una reconocida actriz de teatro, le ofrece el papel protagónico de su nuevo filme, mismo que está basado parcialmente en la muerte de la madre del propio Borg; a Agnes, la menor, que es historiadora, le pide apoyo con detalles para la preproducción de la cinta. Entre estos deberes está el de investigar sobre el pasado de la madre que formó parte de la resistencia noruega antifascista y, en su momento, fue capturada por los nazis. Como buen Bergman (que es y no es al mismo tiempo), Borg es un gran manipulador que mientras desprecia asistir a las obras de Nora (bajo la excusa de que no soporta el teatro), le exige a Agnes que se someta a sus peticiones más excéntricas. 

El filme abre con la voz de la actriz Bente Børsum narrando desde el punto de vista de la casa, mientras se intercalan tomas sobre la infancia de Agnes y Nora, con un tono envolvente que nos da una poderosa sensación del paso del tiempo. Esta voz-casa surgió de un ejercicio escolar de Nora, cuando ella iba a la primaria, en donde le pidieron escribir un ensayo como si fuera un objeto. Ella eligió escribir como si fuera su casa y a partir de ello preguntarse si la casa siente el peso de ser habitada, si la casa siente cosquillas o dolor o si prefiere estar llena o vacía. ¿La casa siente la grieta que la atraviesa?

Es interesante la invitación a la actriz Børsum, de 91 años, para participar en Valor Sentimental, pues ella trabajó en el primer filme La caza (Jakten, 1960) de Erik Løchen, abuelo materno de Trier. El mismo Trier comenta que se encontró a la actriz en un gimnasio en el que imparten fisioterapia para adultos mayores, ahí se dio cuenta de que era una gran oportunidad para colaborar con alguien que conoció a su abuelo. Y aunque el realizador no tenía un papel para ella, decidió darle la narración con la que abre el filme. 

Música y silencios

Tras una secuencia en donde vemos a una Nora fuera de sí, en crisis y sin poder subir a escena en el Nationaltheatret (de Oslo), entra la música avasalladora. En esta película, en la que uno de los personajes principales es la casa, no es coincidencia que al corte de escena traiga a nuestros oídos el quinto movimiento de la de Sinfonía Fantástica, Op. 14, H 48: “Songe d’une nuit de sabbat” (Sueño de una noche de aquelarre) de Hector Berlioz, el cual todos recordamos por dar identidad a The Shining de Kubrick. 

Como siempre, desde Reprise a La peor persona del mundo, el uso de la música o de los silencios, en el cine de Trier es impecable. En Valor sentimental el manejo del sonido (los pasos de las niñas corriendo sobre el piso de madera de la casa, los gritos y susurros, los llantos, etc.), aunado a la selección de los tracks, como “Love theme from Spartacus”, de Yusef Latef, “Dancing girl”, de Terry Callier o “World (Price of Love), de New Order, nos conducen hacia imágenes potentes (como la recurrencia de la escena del suicidio de la madre de Borg) o íntimas (como las sombras de luz o la grieta de la casa) por igual. Todo está milimétricamente calculado por ese melómano obsesivo que es Trier. En su cine sólo nos queda reclinarnos en el asiento, mirar-sentir y analizar el drama sin temor a que nos receten de sorpresa una partitura trillada de Max Ricther.  

En una entrevista para el periodista Isaac Feldberg, del sitio rogerebert.com, Trier abunda sobre el uso del sonido y confiesa que una de las alegrías que más disfruta es poner a sonar buena música en un sistema de altavoces de gran definición, como los de las salas de cine: “Me encantan las piezas musicales fuertes; me encanta el ruido, pero también me encanta la dinámica de atreverse a ser silencioso y suave con el sonido. Es casi como si se atrajera al público hacia la imagen siendo muy cuidadoso con el sonido en ciertas zonas”, explica el realizador danés-noruego, nacido en Copenhague, Dinamarca, en 1974. 

Este uso del recurso puede verse en su máxima expresión hacia el final de Valor sentimental, en la secuencia llena de emoción y drama entre las dos hermanas, a la que Trier desposee deliberadamente de toda música. Con ello le imprime una fuerza expresiva especial, pues crea la sensación de presencia, de estar ahí; oír la respiración, todos los movimientos de la ropa. “A veces, cuando se habla de sonido, siempre se habla de películas con mucho volumen. Y creo que lo contrario también funciona igual de complejo e interesante”, señala en la misma entrevista para Feldberg. 

Padre Santo… cineasta 

Gustav Borg es un homenaje directo a Bergman, no tengo pruebas, pero tampoco dudas. Algunos podrían confundirlo con Dreyer, pero definitivamente no con Wenders ni con Godard. Una vez establecida esta relación, me parece justo traer a colación el retrato que Skarsgård ofreció sobre el monumental cineasta sueco para el artículo de Variety de Martha Balaga, al que aludí al comienzo del texto. 

El actor también sueco define su complicada relación con Bergman como que el cineasta era mala persona y un gran manipulador. “Era un buen director, pero aun así se puede tachar a alguien de imbécil. Caravaggio probablemente también era un imbécil, pero pintó grandes cuadros”, declaró.

Es bien sabida la simpatía que Ingmar Bergman sintió de joven por el movimiento nazi, al que calificó de “divertido”, en un primer momento, y del cual renegaría, años después, al enterarse de los horrores cometidos por los alemanes en los campos de concentración. En ese complicado amasijo de sentimientos encontrados, Skarsgård lo recuerda como la única persona que lloró cuando murió Hitler. “Siempre lo excusábamos, pero tengo la sensación de que tenía una visión muy extraña de los demás. Pensaba que algunas personas no valían la pena. Se notaba cuando manipulaba a los demás. No era amable”, expresó. 

Inserto en la mente de un director ególatra y manipulador al estilo Bergman, Skarsgård desarrolla su papel en Valor sentimental con locura brillante al desdoblarse hasta encontrar la voz de Gustav en medio del caos familiar. “Empecé a pensar en otros directores que conocía y me dije: no te metas en eso, no tienes por qué hacerlo. Mírate a ti mismo. Soy artista, y a veces soy un buen padre, y a veces no tanto. Todos tenemos defectos. Puedes ser un buen padre, pero no perfecto, y tus hijos te acusarán de algo de todas formas”, explicó. 

Duelo de Actrices

Tres son las coordenadas actorales femeninas de este filme, en primer lugar, la enorme Renate Reinsve, luego la invitada estrella que da vida a una actriz de Hollywood, la genial Elle Fanning; pero definitivamente, la enorme actuación de Inga Ibsdotter Lilleaas, es el tesoro oculto de este filme. 

Empecemos con Renate Reinsve, una actriz descubierta tardíamente, cuyo bagaje viene del teatro. Y es curioso el paralelismo que nos regaña la película, a través de su personaje de Nora y su éxito como actriz de teatro. Pareciera un poco como si Trier quisiera aludir a la vida real de Reinsve y a la forma en que llegaron a conocerse. 

Según el artículo de El País de Ana Fernández Abad, cuando a Reinsve le llegó el papel que cambió su vida, Julie en La peor persona del mundo, estaba por tirar la toalla con la actuación, a pesar de su constante trabajo en teatro; pensaba dedicarse a otra cosa, hacerse carpintera. De pronto, la llamada de Trier cambió todo y la llevó hacia un éxito inesperado: en 2021 fue reconocida como mejor actriz en el Festival de Cannes, adquirió patrocinios, fue invitada a los Oscar de 2022, entre otros. 

Otra clave para entender al personaje de Renate la tenemos en la relación con su colega del teatro Jacob (Anders Danielsen Lie). Es ahí donde ella se reencuentra con su colega de La peor persona del mundo y actor fetiche de Trier, quien acá interpreta a un hombre casado que sólo sale con ella superficialmente, para pasar el rato. A partir de esta relación superficial y aquel texto de la niñez, en el que Nora escribe sobre la casa, entendemos que ella se volvió actriz porque no quiere ser ella misma, detalle que nos termina por revelar Agnes. 

El vínculo con la casa se establece cuando Borg revela que ha escrito una obra para Nora, pero ella lo rechaza. “No actuaré para ti, papá, ni siquiera podemos comunicarnos”, le reprocha. El guion de Gustav alude a la misma casa, a su historia, al paso de los años y a su posible futuro. Es aquí cuando aparece en escena Elle Fanning en su papel de Rachel Kemp.

Tras una función en Estados Unidos del filme más emblemático de Borg, a la que él mismo asiste como invitado de honor, se topa con la joven Kemp, quien, conmovida por este cine tan sincero, se interesa en él. De ahí surge una breve amistad que se mezcla con el proyecto del posible nuevo filme de Gustav. Valiéndose de este juego de metáforas, Trier no perdona la afilada burla a Netflix, al cine de plataformas ni al mundito hollywoodense: las nupcias del cine de autor con la maquila. Gustav y Rachel conectan y casi logran generar la mancuerna añorada por la joven estadounidense, hasta que la verdad se sobrepone. Él siempre quiso que su hija Nora desarrollara el filme. 

En esta triada de actrices, entra en juego la profunda mirada de Inga Ibsdotter Lilleaas, quien da vida a Agnes, la hija menor de Borg. De hecho, en el filme del padre que conmovió a la estadounidense, es Agnes quien interpreta a Ana, una pequeña que sube a un tren para escapar de los nazis. En la secuencia en que Gustav trae a Kemp a su casa en Noruega y le presenta a Agnes entendemos la complicidad que la hija menor mantiene con el padre, tras una broma oscura que el viejo director le juega a la estadounidense sobre la escena de suicidio de su madre. 

Agnes Borg Pettersen es historiadora y en su encomienda de investigar para el filme se sumerge en los archivos históricos noruegos para recabar información sobre la presencia alemana en el país. Resulta que la madre de Gustav fue sentenciada durante los años 30 o 40 por hacer propaganda antinazi en la Noruega fascista. Esto nos trae una nota interesante (según el propio Trier en entrevistas), sobre “la era en que habitamos”, en donde los migrantes latinoamericanos en el país vecino de México son detenidos por las fuerzas de ICE. 

Después de que Rachel se da cuenta de que sobra en el proyecto de Borg y rechaza el papel porque sabe que no es para ella, Agnes se convierte en la persona que intenta reconstruir el vínculo familiar, pues le lleva el guion a su hermana Nora quien se encuentra en un estado de crisis. Nora interroga a su hermana menor, le pregunta si le contó a su padre sobre su intento de suicidio, su secreto de hermanas. Agnes le dice que no. Se crea un momento íntimo. Recuerdan el pasado, cuando su madre estaba mal y Nora cuidaba de Agnes. Se abrazan. Trier ha confesado en entrevistas que se siente particularmente identificado con el personaje de Agnes. 

Gracias a la intervención de Agnes se conectan la historia original de la madre de Gustav con la investigación para el filme con la posibilidad de que Nora actúe en el filme; une a Nora, Agnes y al padre. Esto se plasma de manera explícita en esa breve secuencia de disolvencias, claro homenaje a Persona de Bergman, en donde las caras de los tres protagonistas son combinadas en una cosa. 

Otro de los puntos cruciales del filme es el gran sentido del humor de Trier, como la secuencia de la fiesta del hijo de Agnes, cuando el abuelo Gustav le regala al chico de 9 años varios dvd’s, entre ellos los terribles Irreversible y La pianista. Una vez más es la casa el elemento que aglutina a todos estos personajes en su núcleo, desde el intento de suicidio de la madre de Borg, las infancias de las hermanas, estos pequeños espacios de convivencia hasta la remodelación de la casa que la misma Agnes realiza cuando Borg cae en crisis. 

Desde la metáfora de la casa fracturada, la película reflexiona sobre la imposibilidad / posibilidad de amar a alguien que nos provoca ira, como les sucede a las hijas con Gustav. Si bien la mayoría de las personas (y hablo desde lo personal) que venimos de hogares con padres ausentes no tuvimos un papá como Bergman (con todo lo que eso implica), las heridas, los traumas y las cicatrices están ahí, permanentemente visibles en cada momento de nuestras vidas. Y a pesar de esta visión del filme, de país primermundista burgués (donde es más fácil hacer cine), desde una familia de artistas acomodados, con problemáticas muy ajenas a las de la mayoría de los espectadores latinoamericanos, se logra establecer una conexión, se cumple el pacto de empatía. 

Hacia el final de la cinta, somos invitados como espectadores al momento cúspide en que Nora, al fin, filma la escena terrible, la muerte de la mujer que representa (y no) a la madre de Borg; la mujer que también pudo haber sido ella misma, si Agnes no la hubiera salvado. Termina la escena, ella se despoja de la tensión del papel y sonríe a su padre. Se miran y charlan en medio del set en movimiento, mientras los técnicos comienzan a desmontar la casa bergmaniana. Porque la casa no está en ningún lado, es sólo un set que puede replicarse en cualquier lugar, mientras los seres humanos lo atraviesan, lloran, ríen, reconstruyen su pasado o aman. Y como buena receta musical de Trier, entra el track “Cannock Chase” de Labi Siffre antes de irnos a negros.