Perderse para entender: Lidia Martín Torralba y el mapa emocional de La metáfora del bosque
Hay momentos del año —diciembre, enero, los aniversarios, las reuniones familiares— en los que las emociones se intensifican. Para algunas personas, la alegría se expande; para otras, el malestar se vuelve más evidente. De ese territorio complejo, a veces incómodo, habla La metáfora del bosque (Whitaker House, 2025), el libro más reciente de Lidia Martín Torralba, psicóloga y escritora española especializada en salud emocional y prevención psicológica.
Formada en Psicología por la Universidad de Málaga y con un máster en Psicología Clínica y de la Salud por la Universidad Complutense de Madrid, Martín Torralba ha desarrollado una trayectoria que combina práctica clínica, docencia, divulgación y escritura. Obras como Primeros Auxilios Psicológicos y La personalidad resiliente la han consolidado como una voz rigurosa, cercana y comprometida con trasladar el conocimiento psicológico al día a día. Ahora, con La metáfora del bosque —recientemente editado también en Estados Unidos— propone una imagen clara y potente para pensar la experiencia emocional contemporánea.
El bosque como experiencia compartida
La metáfora central del libro parte de una sensación ampliamente reconocible: la de estar perdidos. “Hay momentos en los que sentimos que estamos en un bosque oscuro y queremos salir cuanto antes”, explica la autora. El problema, señala, es que no existen atajos emocionales ni soluciones inmediatas. La única posibilidad real es atravesarlo.
En ese recorrido, muchas emociones se viven como enemigas, sobre todo aquellas que generan incomodidad. Frente a esa idea, Martín Torralba plantea uno de los ejes centrales del libro: las emociones no funcionan como una brújula que marque el camino correcto, sino como señales de alerta. “Son como el tablero de un coche: se encienden para avisar de que algo necesita atención”. Ignorarlas no resuelve el problema; suele hacerlo más persistente.
Desde esta perspectiva, la tristeza no es un error que deba eliminarse cuanto antes, más bien se vuelven una señal que indica que algo no encaja y que algún ajuste es necesario. A veces ese cambio será externo; otras, tendrá que ver con la forma de interpretar lo que ocurre, con los hábitos o con el apoyo disponible. La emoción no da la respuesta, pero orienta la mirada.
Las trampas emocionales de la época
Uno de los puntos más críticos del libro es el contexto cultural en el que hoy se habla de emociones. Para la autora, vivimos rodeados de mensajes que prometen bienestar constante, eliminación del malestar y soluciones rápidas. Redes sociales, discursos motivacionales y cierta autoayuda han reforzado la idea de que sentir tristeza, miedo o ansiedad es un fracaso personal.
“La felicidad permanente es una fantasía”, afirma. Para explicarlo, utiliza la imagen de una noria: nadie puede permanecer siempre en la parte más alta. Pretenderlo genera frustración, culpa y una desconexión profunda de la experiencia real. En consulta, señala, es habitual encontrar personas que llegan con la expectativa de dejar de sentir emociones legítimas ante pérdidas, cambios o duelos, lo que acaba intensificando el sufrimiento.
Emociones, vínculo y comunidad
La metáfora del bosque no se limita a la vivencia individual. El libro también explora cómo las emociones influyen en la relación con los demás. Bien comprendidas, facilitan la empatía, la comunicación y la adaptación al entorno. Mal gestionadas —sobre todo cuando se busca la euforia constante— pueden derivar en conductas compulsivas, hiperestimulación y desconexión interpersonal.
Martín Torralba advierte que vivimos en sociedades cada vez más rápidas, individualistas y distraídas, poco compatibles con los ritmos que necesita la mente humana para procesar lo que siente. Frente a este escenario, el libro propone detenerse y hacerse preguntas incómodas pero necesarias: ¿estoy reaccionando al presente o a heridas antiguas?, ¿mis emociones me ayudan a comprender al otro o sólo a imponerme?, ¿estoy eligiendo o evitando?
Elegir atravesar el bosque
Una de las ideas más contundentes del libro es que no elegir también es una forma de elección. Evitar, anestesiar o mirar hacia otro lado no detiene la experiencia emocional: la vida continúa. Por eso, la autora defiende la importancia de afrontar los procesos difíciles con acompañamiento, reflexión y criterio.
Lejos de ofrecer recetas rápidas, La metáfora del bosque propone un cambio de mirada: aceptar que las emociones forman parte de lo humano, que cumplen funciones claras y que atravesarlas con honestidad es una forma de cuidado. No promete eliminar el dolor, pero sí comprenderlo mejor.
En un panorama saturado de ruido, el libro se presenta como una invitación a recuperar el rigor psicológico, el pensamiento crítico y una relación más honesta con lo que sentimos. Porque, como sugiere Lidia Martín Torralba, sólo atravesando el bosque —y no negándolo— es posible encontrar una salida que no sea ficticia.+
Por qué leer La metáfora del bosque
- Una reflexión psicológica construida desde la experiencia cotidiana, que evita el lenguaje técnico y apuesta por una comprensión emocional clara y cercana.
- Una metáfora que no busca escapar del malestar, sino ofrecer una forma honesta de pensarlo y atravesarlo.
- Un libro concebido como acompañamiento, no como manual, que abre preguntas y deja espacio para que cada lector las habite desde su propio momento vital.
