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Franz Kafka y el círculo imaginario

Franz Kafka y el círculo imaginario

Julio Trujillo

Hace cien años, el 3 de junio de 1924, Franz Kafka moría de tuberculosis con invasión a la laringe en el sanatorio Kierling en Klosterneuburg, una pequeña ciudad austriaca cercana a Viena. Él mismo hubiera escrito, no sin morbidez, un informe perfecto y detallado sobre su agonía, que no sólo lo privó de la voz, sino también de la posibilidad de comer. De hecho, la causa clínica de su muerte fue la inanición, ya que le resultaba demasiado doloroso ingerir alimentos dado el estado de su laringe. Que Franz Kafka haya muerto de hambre mientras corregía “El artista del hambre” es un hecho que nos sorprendería sobre cualquier otro escritor, pero no sobre el gran artífice de situaciones bizarras e imposibles cuyo apellido, acaso por las peores razones posibles, ha sido promocionado al estatus de adjetivo. Kafkiano es que, en su último suspiro, Kafka haya sentenciado al protagonista de “El artista del hambre”, quien vive en una jaula semiolvidado (recordemos su célebre aforismo: “Una jaula fue en busca de un pájaro”), muriendo de inanición y confesando, en su estertor final, que sus ayunos se debían, de hecho, a que no había encontrado la comida que le gustaba. Es el destino sesgándose, negándose, el castillo al que no se puede acceder, el proceso interminable, el escritor más grande del siglo xx muriendo sin reconocimiento ni, literalmente, voz…

Todo en los textos de Kafka apunta a la imposibilidad, o a la demencial sinuosidad, de conectar a con b. El ejemplo más evidente es que sus propias novelas nunca concluyen, pues siempre producen un nuevo postulado. En una entrada de su diario de 1922 podemos leer (con un tono que ya suena a póstumo):

La manera en la que conduje mi vida nunca demostró su valor en lo más mínimo. Fue como si a mí, como a cualquier otra persona, me hubieran dado el centro de un círculo y como si yo, al igual que cualquier otra persona, hubiera tenido que seguir el radio decisivo y luego dibujar el hermoso círculo. En cambio, he comenzado el radio perpetuamente, pero todo el tiempo he tenido que abandonarlo (ejemplos: el piano, el violín, los idiomas, los estudios germánicos, el antisionismo, el sionismo, el hebreo, la jardinería, la carpintería, la literatura, los intentos de matrimonio, un departamento propio). El centro del círculo imaginario se eriza con comienzos de radios, no hay espacio para un nuevo intento, y espacio significa edad, debilidad de los nervios, y no más intentos significa el final. Si alguna vez he llevado el radio un poco más lejos de lo acostumbrado, tal vez en el caso de mis estudios de derecho o en mis compromisos matrimoniales, todo fue sencillamente peor, y no mejor, por haber avanzado un poco más.

Estas líneas resultan tan reveladoras que valen como una poética o weltanschauung kafkiana. Es la cosmovisión de lo truncado, de un centro sin circunferencia, huérfano de radio. Y es algo más: el hecho de comenzar perpetuamente. Hay casi un heroísmo en esa perseverancia, una secreta felicidad que Kafka no ignoró cuando anotó que, si la expulsión del paraíso es eterna, “la eternidad del proceso (o expresado en términos temporales: la eterna repetición del proceso), sin embargo, hace posible que no sólo pudiéramos permanecer en el paraíso de manera duradera, sino también que estemos efectivamente allí de manera duradera”. Y Kafka, ese arquetipo de hombre traumado y atormentado, fue también un bromista e incluso un seductor, no lo olvidemos. Una rara foto suya, de traje de baño en la playa, sonriendo junto a su amigo Max Brod, es buena prueba de que a veces el círculo imaginario se trazó a sí mismo a pesar suyo.

Si hubiera quedado en sus manos, no hubiéramos tenido muchas posibilidades de circunferencia, dada la instrucción que le dejó Kafka a su amigo y albacea Max Brod de quemar sus textos después de su muerte, instrucción que Brod desobedeció para fortuna eterna de los miles de lectores que gozamos de sufrir con él. No obstante, Kafka ya había publicado algunas obras y es probable que la posteridad lo hubiera ido a buscar incluso sin la incansable promoción de Brod, ya que una de éstas fue Die Verwandlung: La metamorfosis. Sobreinterpretado hasta el delirio, en este relato la imposibilidad de conectar a con b resulta tan básica como no poder levantarse de la cama ni funcionar en sociedad, ya que su protagonista, Gregorio Samsa, ha amanecido convertido en un insecto gigantesco. El insecto es el escritor, el hijo, el individuo que se mueve con dificultad en el mundo opresivo de los años de la Gran Guerra. Es el hombre aplastado por el Estado, el burócrata acosado y abusado por su jefe y es también, y siempre, Franz Kafka prisionero en el infierno de su conciencia. Borges tradujo La metamorfosis como La transformación y postuló, con su característica lucidez, que son dos las obsesiones que rigen la obra de Kafka: la subordinación y el infinito, es decir, las jerarquías sin fin. También sentenció magistralmente que Kafka creó a sus precursores, que la paradoja de Zenón contra el movimiento (no llegar nunca de a a b), el unicornio de Han Yu (frente al cual podríamos estar sin reconocer que se trata de un unicornio), los escritos de Kierkegaard y un poema de Robert Browning (“Fears and Scruples”) se parecen a Kafka, pero no se parecen entre sí. Sólo la obra de Kafka nos hace reconocerlos retrospectivamente como precursores: “Cada escritor crea sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro”. Pero divago y no quiero que olvidemos a Gregorio Samsa, ni a su padre, el Señor Samsa, que, tal vez más asustado que enojado, le arroja manzanas al inmenso bicho que es su hijo, una de las cuales se le queda incrustada y se infecta. Tras ―sí― negarse a comer, Samsa morirá posteriormente con la manzana ya casi cómodamente incorporada en su cuerpo. La imagen es tan elocuente que no hay que agregar nada, salvo algo que ha declarado el propio Kafka: que de ese conflicto, de las “tenaces meditaciones sobre las misteriosas misericordias y las ilimitadas exigencias de la patria potestad”, procede toda su obra.

El hijo tiranizado, el burócrata esclavizado, el hombre en el centro del círculo incapaz de trazar su propio radio… Todos ellos fue Kafka, pero antes que nada fue un escritor y una literatura, un autor que no pudo ver el alcance de su influencia y que le escribió a Max Brod: 

El escritor que hay en mí morirá, naturalmente, enseguida, pues una figura semejante carece de suelo, de consistencia, no es ni siquiera de polvo; sólo es posible en la vida terrenal más absurda, sólo es una construcción de la sensualidad. Éste es el escritor. Yo mismo, sin embargo, no puedo seguir viviendo, puesto que no he vivido. He permanecido siempre barro, no he logrado que la chispa se convirtiese en fuego, sólo la he utilizado para iluminar al cadáver. Será un entierro peculiar: el escritor, algo, por consiguiente, inconsistente, entregará al viejo cadáver, al cadáver de siempre, a la tumba.

Franz Kafka murió a los 41 años de edad. Está enterrado en el nuevo cementerio judío de Praga, junto a sus padres y sus tres hermanas, que murieron en 1942 a manos de los nazis. No hay epitafio en su sencilla lápida, pero bien podría ser uno de los aforismos de Zürau: “Nuestra salvación es la muerte, pero no ésta”.+