Corea más allá de la mañana tranquila

Corea más allá de la mañana tranquila

Por Verónica González Laporte

En este inicio de primavera, la brisa arrastra pétalos rosados por las calles de Seúl. Son de los cerezos, capaces de llenar los corazones de alegría sin dar fruta alguna. Efímeros y delicados, duran apenas unos días. Las hormigas salen de su letargo, voraces. El ancho río Han muda su color chocolatoso y los sauces llorones se visten de verde tierno. Algunos días también corren vientos con el polvo proveniente del desierto de Gobi: “el dragón amarillo” desgarra los azules del cielo y devora las corolas.

Atrás quedaron los copos de nieve y las temperaturas negativas que obligan a sus habitantes a caminar envueltos en abrigos largos acolchados, rellenos de plumas, como si estuvieran en una misión espacial. Vendrá el monzón estival, los días de lluvias torrenciales y paraguas transparentes. Cuatro estaciones despliegan su manto sobre las montañas alrededor de Seúl significa “capital”—: tienen nombre y siguen siendo la morada de espíritus protectores. Ciudad de cerca de veinticinco millones de habitantes, con sus rascacielos similares a fichas de dominó verticales. Ciudad de vidrio y espejos, reconstruida sobre las cenizas del hambre que prevaleció hasta los años setenta. Entre sus anchas avenidas bien trazadas y sus callejuelas sinuosas, entre pantallas gigantes y templos budistas, se entrelazan herencia ancestral y paisajes futuristas.

Corea, “el país de la mañana tranquila”, mote poético heredado de la dinastía Joseon, ha conseguido lo extraordinario: dejó de ser uno de los países más pobres del mundo para convertirse en la cuarta economía de Asia. Su escaso territorio escarpado todo el país cabe en el estado de Oaxaca no es apto para el cultivo ni cuenta con recursos naturales, por lo tanto, su desarrollo se ha basado en la industria y en la tecnología. Avanza rápido, pali, pali, va varios años adelante del resto del mundo. Refrigeradores con pantallas interactivas que hacen un inventario de los alimentos y se conectan a internet, armarios que lavan y planchan la ropa durante la noche, sistemas automatizados de reciclaje que pesan los desechos y cobran su procesamiento: todo funciona bajo una lógica de eficiencia extrema. Samsung“tres estrellas” en coreano empezó siendo una pequeña exportadora de pescado seco, luego una fábrica de textiles y hoy millones de personas poseen un teléfono o un electrodoméstico de esa marca. Para dejar atrás las penurias, los coreanos apostaron por el esfuerzo y la educación. Tras décadas de entrega laboral, se redujeron las horas de trabajo máximo legal a cincuenta y dos por semana, aunque los alumnos de secundaria siguen estudiando en promedio dieciséis horas al día. 

Corea es también uno de los pocos países divididos en el mundo y donde no se ha firmado la paz. Volvamos un poco atrás en el tiempo. En 1905, la tierra donde florecieron varias dinastías, como la Silla o la Joseon (se pronuncia Chosún), se convirtió en un protectorado del imperio japonés, y cinco años después en una colonia. Oficinas del gobierno nipón fueron construidas dentro de los recintos sagrados. Los coreanos se vieron obligados a cambiar sus nombres, a esconder sus banderas y a hablar japonés. El objetivo era aniquilar la cultura coreana. El ejército imperial secuestró y desplazó a unas trescientas mil mujeres, una medida imperdonable a los ojos de los sometidos. Las “mujeres de consuelo” muchas eran menores de edad se vieron obligadas a prostituirse en burdeles para militares o “estaciones de confort”. 

En 1945, Japón capituló tras las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki. Los soviéticos “liberaron” el norte del territorio coreano, mientras el ejército estadounidense ocupaba el sur. En la víspera de la firma de la rendición del imperio nipón, los Estados Unidos y la Unión Soviética tomaron la decisión de partir en dos la península en el paralelo 38. Las familias fueron separadas. Más tarde, una invasión del norte al sur propició la sangrienta guerra de Corea (1950-1953), contó con el apoyo de los aliados de las dos partes, y ratificó esta división. El norte cultivó un régimen comunista y el sur una democracia que se tambaleó durante años. 

Hace unas semanas, tras su reelección a la cabeza del Partido de los Trabajadores, el camarada de Corea del Norte, Kim Jong-un, acusó a su vecina de ser “el Estado más hostil”. Prometió incrementar su arsenal: más ojivas nucleares, más misiles balísticos. Un “poder nuclear disuasivo de carácter autodefensivo”, según sus propias palabras. El líder también aprovechó para sentar a su lado a su hija adolescente, Kim Ju-ae. En Asia, las dinastías son largas… De nuevo, la posibilidad de una reconciliación entre las dos Coreas se esfuma. El Ministerio de Unificación Surcoreano, creado para ese efecto, afirmó que seguirá trabajando por la estabilidad y la paz. Aun si los intentos de reunificación son interpretados desde Pyongyang como una provocación.

En Seúl, el individuo se entiende en función del grupo y se resume en una palabra: woori, “nosotros”. Se manifiesta en la limpieza de los espacios públicos y el respeto por las normas. También se refleja en el cuerpo, por ello la apariencia es fundamental. El distrito de Gangnam se ha convertido en la meca de la cirugía plástica. Clínicas de varios pisos proponen todos los procedimientos: desde la cirugía de párpados hasta las dolorosas reconstrucciones faciales. Uno de cada cinco coreanos ha recurrido al bisturí para mejorar sus oportunidades laborales o sociales. 

La industria de la belleza mueve millones de dólares y se apoya en una constante innovación tecnológica. Aplicaciones móviles permiten comparar resultados, acceder a promociones y evaluar clínicas. Robots personalizan cosméticos: analizan el estado emocional del usuario y ofrecen productos a la medida. El ritual diario del cuidado de la piel implica más de diez pasos y no es exclusivo de las mujeres, los hombres también participan activamente. Rostros afinados, piel clara, ojos grandes y rasgos delicados dominan el imaginario colectivo. Y es fácil caer en la tentación cuando una inyección de bótox cuesta lo mismo que un café en Starbucks.

Sin embargo, detrás de esta cultura estética basada en la uniformidad, el sistema confucionista y patriarcal, arraigado desde hace siglos, deja poca libertad a las mujeres. Ni los incentivos económicos, ni los subsidios ni la oferta de guarderías logran persuadirlas de tener hijos. Mientras la población envejece, ellas obtienen títulos y acceden a profesiones que antes estaban fuera de su alcance. El llamado “milagro coreano” tiene costos: una de las tasas de natalidad más bajas del mundo y una de las más altas de suicidio, largas jornadas laborales y una presión constante por el rendimiento. 

Las escritoras abren sus bocas y sus corazones para contarlo y contarse. El premio Nobel otorgado a Han Kang es muy merecido. Mi novela favorita de ella, La vegetariana (Random House, 2024), ganadora del Premio Booker Internacional, puso a la literatura coreana en las vitrinas de las librerías de todo el mundo. No sólo es la historia de una mujer empeñada en dejar de comer carne; también narra cómo siente opresión y asfixia y, por ello, prefiere convertirse en un árbol. Aprecié particularmente Kim Ji-young, nacida en 1982 (Alfaguara, 2019), de Cho Nam-joo, una denuncia a la misoginia, retratada en sus gestos cotidianos, como cuando se reserva la leche para el niño por ser varón. Entre muchos títulos se pueden mencionar Pachinko (Quaterni, 2018), de Min Jin Lee; La tienda de los sueños del tiempo libre (Océano Gran Travesía, 2023), de Miye Lee; Almendra (Océano Gran Travesía, 2025) de Won-pyung Sohn, y El buen hijo (Reservoir Books, 2019), de You-Jeong Jeong. 

En otro registro, la obra de Hwang Sok-yong, Mater 2-10 (W. F. Howes Ltd., 2024), aborda la colonización japonesa, la división del país y las luchas laborales. La sociedad de la transparencia (Herder, 2013), del filósofo Byung-Chul Han Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, critica el neoliberalismo, la tecnología y el cansancio imperante que suscita la “sociedad del rendimiento”.

En cuanto al cine, los proyectores apuntaron hacia Seúl tras la aparición de Parásitos de Bong Joon-ho. Galardonada con la Palma de Oro en Cannes, en 2019, y los Golden Globes en 2020, la cinta hizo historia en la 92.ª edición de los Premios de la Academia al recibir al mismo tiempo el Óscar por la mejor película y por la mejor película extranjera, además de mejor guion y mejor director. Los coreanos, con sus cien años de historia cinematográfica y poco reconocimiento internacional, estaban locos de contentos.  

¿Existe esa Corea que exhibe el cineasta? Algunos capitalinos ricos se negaron a verse retratados tan crudamente: amurallados en sus casas rodeadas de jardines orientados según las reglas del pungsu (el feng shui local), con sus sótanos reforzados por si se presenta una emergencia nuclear desatada por el impredecible vecino del norte. Apenas unos setenta kilómetros separan la frontera del barrio más elegante de la ciudad. En el día a día, los seulenses procuran olvidar que un misil podría pasarles encima, a manera de “ensayo”, o peor aún, destruirlos. 

Vinieron otras películas exitosas: Minari (2020), sobre una familia inmigrante coreana en busca del sueño americano; Night in Paradise (2021), presentada en el Festival de Cine de Venecia; Decision to Leave (2022), de Park Chan-wook, ganadora del premio a mejor director en el Festival de Cine de Cannes, y Baby Broker (2022), entre muchas más. 

Por no hablar de las series de Netflix, que tienen a la mitad de sus suscriptores colgados de la pantalla. El juego del calamar, verdadero fenómeno, ha contribuido a consolidar la fascinación por Corea. Woo, una abogada extraordinaria, El arte de Sarah, Defensores de fantasmas, Crash Landing on You (en la que una chica surcoreana se enamora de un guapo soldado norcoreano), La reina de las lágrimas o BTS: el regreso alargan la lista de éxitos rotundos. 

¿Y qué sería de Corea sin el K-pop? Pasó de ser un género local a finales de los 90 a convertirse en el referente cultural más conocido. Por contrato, los idols suelen vivir juntos: chicos con chicos y chicas con chicas, para alimentar las fantasías de sus fans y facilitar el trabajo de su mánager. Se desplazan en el mismo autobús, se visten igual y se apegan a estrictos estándares de belleza. Además de ejecutar coreografías impecables, deben promover valores morales. No se les permite tener relaciones amorosas mientras cultivan los rasgos de su personaje: el tímido, el enigmático o el travieso. Bajo nombres occidentalizados, tipo BLACKPINK, TWICE, Stray Kids y Seventeen, los artistas se someten a un riguroso entrenamiento

Tras diversas demandas por abuso, la duración de los contratos se redujo de diez a siete años, al cabo de los cuales los grupos se disuelven, pierden integrantes o enfrentan crisis severas, como ocurrió con 4Minute, Sistar, Miss A y GFRIEND. Es la llamada “maldición de los siete años”. A veces la presión resulta insoportable: el olvido, el acoso en redes sociales y las jornadas extenuantes han llevado a varios artistas al suicidio. Aun así, los ídolos coreanos siguen llenando los estadios. Los integrantes de BTS, pese a su pausa obligada por el servicio militar, han demostrado su notable capacidad para mantenerse en la cumbre del rating.

Por medio del Hallyu, la ola coreana, término acuñado por la prensa china en los años noventa, Corea pretende alcanzar las orillas del mundo. Invierte cerca de 300 millones de dólares cada año en diferentes proyectos destinados a promover su cultura: creación de contenidos (K-Contents), música (K-pop), series (K-drama), películas, cocina, moda y belleza (K-beauty). También promueve tradiciones, como el taekwondo, a través de vistosos institutos culturales. El soft power rinde sus frutos: basta recordar el “Gangnam Style” de PSY (2012), el video más popular en su momento, rebasado por “Baby Shark”, cuatro años después, con más de seis mil millones de vistas en YouTube. Las obras de artistas contemporáneos se cotizan cada vez más alto y sofisticados restaurantes proliferan en distintas capitales. Desde una ampolleta para el rostro hasta un hit que suena en la radio, la “K” se ha convertido en un sello de calidad. Los fans de los idols tal vez no sepan que el K-pop forma parte de un engranaje cuidadosamente diseñado en Seúl, respaldado por inversiones millonarias y un ejército de profesionales, para posicionar a Corea en los escenarios internacionales. Poco importa, los boletos de sus conciertos se venden a destajo y el ARMY de BTS se organizó en la Ciudad de México para protestar contra la reventa. 

Para tener una probadita de Corea, basta acudir a la Zona Rosa. A veces yo también voy, en un ataque de nostalgia. Aunque, después de vivir casi seis años en Seúl, hay algunas especialidades que no echo de menos. El pulpo vivo es una de ellas. Ay, cómo se defienden sus retorcidos tentáculos entre los dientes… En la pequeña Corea mexicana, los restaurantes compiten por la clientela con versiones de bibimbap y de bulgogi. Son servidos con palillos de metal importados y acompañados de atractivas botellas de soju. Nunca hay que fiarse de su inocua transparencia: mezclado con cerveza, se convierte en somek. Dos o tres de esos y termina una bailando sobre la mesa. También se pueden aderezar los diversos platitos, banchan, con una bebida fermentada de arroz que me recuerda al pulque: el makgeolli (se pronuncia “ma-co-li”).

Las tiendas ofrecen botanas sabor cangrejo o camarón, bebidas promovidas por los idols, ropa, cremas y muchas mascarillas. Varios edificios de la Zona Rosa pertenecen a empresarios coreanos que rentan departamentos a inquilinos coreanos. Suelen quitarse los zapatos a la entrada, igual que allá. 

Corea es, en muchos sentidos, un espejo amplificado de lo que quisiéramos ser. También de lo que preferimos no ver. Quizá por eso nos fascina.+