Donde nadie te oirá gritar (el horror de la ciencia-ficción espacial)

Donde nadie te oirá gritar (el horror de la ciencia-ficción espacial)
Hilario Peña

Por muchos años en México —y aquí me refiero a todo el país, no solo a su capital— la novela de ciencia ficción más disponible era Un mundo feliz, impresa hasta el hartazgo en ediciones económicas y accesibles. En segunda instancia estaban 1984, Fahrenheit 451, y Dune. Obras maestras, sin lugar a dudas, que denunciaban algo que era real y urgente, como los gobiernos totalitarios, el desprecio por la lectura, y los riesgos de la contaminación ambiental llevada a cabo por el ser humano. Esta situación nos decía que, como lector, si querías ir más allá, tendrías que invertir un poco más en ediciones importadas, y, número dos, que la ciencia ficción que llegaba a nuestro país debía tener un compromiso social y un mensaje claro. Los personajes, sus historias y la creación de mundos originales eran buenos solo en la medida en que fuesen capaces de llevar a cabo la denuncia requerida. Por ello la novela distópica es la rama de la ciencia ficción más conocida en México, muy por encima de otras vertientes igual de interesantes, como el horror espacial, el cyberpunk, el retrofuturismo, la ciencia ficción dura y el space opera. En este artículo, abordaré la primera de estas vertientes: el horror espacial.

Hilario Peña

Ya sea por las imprudencias del hombre o por la inminente, aunque lejana, expansión del Sol cuando entre en su fase de gigante rojo, la Tierra, como lugar habitable, dejará de existir. Cuadros de Carrington, películas de Kubrick, dramas de Shakespeare, fotografías de Horna, partituras de Mozart, invaluables obras de arte y todo registro de nuestra historia será pulverizado por los océanos de lava que tarde o temprano cubrirán al planeta.

Este es un hecho que por mucho tiempo ha fascinado a los autores de ciencia ficción. Colonizar otros planetas resulta una opción poco viable no sólo por lo costoso que son los viajes interestelares, sino también porque la fabricación de un traje que nos proteja de las inclemencias del espacio exterior tiene un valor mayor a los doce millones de dólares y esos trajes son confeccionados para astronautas que llevarán a cabo misiones extra vehiculares en estaciones y satélites en órbita. Algo similar a los trajes espaciales serían vitales a la hora de poner pie en cualquier planeta diferente a la Tierra, ya que la posibilidad de encontrar un mundo con una atmósfera similar a la nuestra es bastante remota.

Dependemos de muchas cosas que nos brinda nuestro planeta, principalmente oxígeno, agua, protección contra la radiación cósmica, gravedad para desarrollar musculatura, huachinangos fritos con salsa roja de molcajete, y de una temperatura que oscile entre los -20º y los 60º C, para no extrañar demasiado a Toluca en enero ni a San Luis Río Colorado en agosto.

Un concepto presente en la literatura de ciencia ficción es la terraformación. Terraformar implica modificar la atmósfera, la temperatura, la topografía, la flora y la fauna de otro mundo hasta convertirlo en uno habitable para la especie humana. Dicho concepto aparece en Herederos del tiempo, novela de Adrian Tchaikovsky, publicada en español por la editorial Alamut. En esa historia un planeta será terratransformado. Los simios serán infectados con un nanovirus que acelerará su evolución y asegurará el futuro de la especie humana. Los problemas comienzan cuando el nanovirus infecta a receptores equivocados: ¡arañas! Con el tiempo, los arácnidos se convertirán en criaturas inteligentes que se apoderarán del mundo que habitan y que enfrentarán a la tripulación del Gilgamesh, una nave-arca que busca planeta donde atracar y que naufraga en el espacio sideral transportando a los únicos sobrevivientes de toda la especie humana.

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Cuando no es viable transformar el planeta al que nos dirigimos, una alternativa es transformarnos a nosotros mismos. En el largometraje El titán (Lennart Ruff, 2018) un equipo élite del ejército estadounidense es modificado genéticamente para adaptarse a las condiciones climatológicas y atmosféricas en la luna de Saturno. El plan es crear un equipo de superhombres capaces de nadar en los lagos de metano, en Titán, como si estuviesen en la piscina de sus hogares. Conforme el programa de adaptación avanza, los soldados comienzan a perder pelo, a mudar de piel y su sangre se torna negra. Todo esto mientras se someten a un brutal entrenamiento. A lo largo del filme, algunos de los soldados convertidos en mutantes escamosos fallecen y otros pierden la razón.

La Tierra errante (Frant Gwo, 2019) aborda la migración de nuestra especie desde un ángulo distinto y novedoso. La historia está ambientada en un futuro cercano donde el Sol se expande y amenaza con consumir a la Tierra. Los gobiernos se unen para salvar a la especie humana instalando poderosos volcanes en una cara de nuestro planeta. Los volcanes funcionarán como turbinas que convertirán a la Tierra en una nave que viajará por el espacio en busca de un nuevo astro.

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Albert Einstein fue el primero en declarar que nada viaja más rápido que la luz —excepto el chisme—. Para las historias de ciencia ficción en las que la velocidad de la luz es un límite y tampoco se cuenta con la tecnología para hibernación, existe el recurso de las “naves generación”, las cuales serán tripuladas no sólo por los hijos de quienes emprendieron el exilio en un inicio, sino incluso por los hijos de los hijos.

En Dentro del Leviatán, novela del norteamericano Richard Paul Russo (publicada en español por La factoría de ideas), la nave Argonos lleva vagando por siglos a lo largo de la galaxia, hasta que registra una señal proveniente de un misterioso planeta. El equipo enviado a investigar encuentra los restos de una colonia masacrada en lo que parece ser una especie de sacrificio ritual. Poco tiempo después la tripulación del Argonos recibe otra señal proveniente de una nave abandonada. A partir de este momento el relato entra en la categoría de terror espacial: mi mero mole.

Además de Richard Paul Russo y Adrian Tchaikovsky, otro autor de terror espacial que aprecio es Alastair Reynolds. Un concepto que me fascina en los libros de Reynolds es el de la plaga fusionadora, un virus nanotecnológico que mata tanto a edificios, como a naves espaciales y personas. En el futuro propuesto por Espacio Revelación (saga publicada en español también por La factoría de ideas) la mayoría de los seres humanos cuentan con implantes nanotecnológicos. La plaga fusionadora deforma tanto naves, como humanos y edificios. Planetas como Ciudad Abismo, antes de morir, adquieren un macabro aspecto gótico, con pináculos muy puntiagudos y herrumbrosos.

En el terror ambientado en el espacio exterior, a diferencia de lo que acurre en la literatura de autoayuda, el universo no conspira a tu favor. Todo lo contrario: el vacío sideral es un monstruo con mil y una maneras de exterminarte, y que, además, te hace patente el lugar tan insignificante que ocupas en la gran vastedad del cosmos. Esta ausencia de cursilería y de maniqueísmo terrenal lo hace uno de mis subgéneros favoritos. Para asustarte el terror espacial tiene todo el frío y silencioso vacío sideral a su favor. No necesita de parásitos abraza-caras que incuban en tu interior alienígenas con sangre ácida que emergerán de tu pecho para causar más muerte y destrucción… pero vaya que uno agradece cuando estas criaturitas se hacen presentes en la historia.

El espacio no te quiere, pero eso no es lo peor. Lo peor es que allá nadie te oirá gritar. +

@hilariopenia

 

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