Un nuevo evangelio

¿De qué sirve una vida sin memoria? ¿Cómo comprender el valor de la existencia sin un pasado que otorgue sustancia al presente? Sin embargo, para algunos es necesario el don preciado del olvido para continuar con la vida y emigrar se convierte en la única forma de dejar atrás su pasado.

J. M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) parte de esta necesidad de borrar la memoria -“limpiarse”, le llama uno de los personajes-, para comenzar su más reciente novela: “La infancia de Jesús”.

La historia de dos migrantes viajando en contrasentido. Dos personajes en busca de respuestas en un mundo de atmósfera enrarecida, donde todos albergan el vacío, en donde los recién llegados buscan borrar su pasado.
Es la historia de David, un niño de pocos años -cinco le han asignado los servicios sociales-, callado y por instantes perturbador. Y la de Simón, un hombre mayor que se ha encontrado con el pequeño perdido en medio de una travesía marina. De ninguno de los dos conocemos nada, ni sus nombres reales: David y Simón son los que el sistema le ha impuesto al llegar a este país. Lo único que traen consigo es una necesidad, la de Simón por encontrar a la madre del niño, una mujer a la que no conoce. La de David por encontrar a su madre, de la que no recuerda casi nada. Una búsqueda destinada al fracaso desde su origen.

Poco a poco va surgiendo una paráfrasis de los evangelios católicos, sugerida por el título de la novela y, que de inicio suscita curiosidad. El mismo Coetzee sugirió que la publicación de este libro se realizara con portadas blancas, permitiendo que el título se develara hasta el final de la lectura, idea que por supuesto no prosperó con sus editores.
En esta versión profana, los personajes se van colocando en papeles que los conectan con los textos bíblicos: Simón como padre del hijo que no concibió; el Señor Daga, cuya presencia demoniaca insiste en hacer fracasar cada intento de los protagonistas; Elena, la imagen maternal que acoge al hijo que se le ha entragado. Pero el elemento más cautivante resulta ese niño de mirada ambigua e inteligente. El pequeño David que decide nunca más soltar su volumen del “Quijote” y que esgrime como guión de la travesía vital que vertebra la novela. “Yo soy la verdad”, escribe David en un acto de (¿planeada?) rebeldía y el lector se pregunta ¿quién es David? ¿qué lo motiva?

En esta novela, J. M. Coetzee deja a un lado los textos híbridos, donde combina narración y ensayo (Vida y época de Michael K, 1983; Elizabeth Costello, 2003), las biografías noveladas ("Infancia", 1998; "Juventud", 2002), para recuperar su narrativa pura, en donde las palabras golpean el rostro, como el aire seco de su natal Sudáfrica ("Desgracia", 1999; "La edad de hierro", 1990). “La infancia de Jesús” nos ofrece la memoria y la nostalgia, una novela que encuentra sin dificultad su posición en el corpus de la obra del premio Nobel 2003.

Por: Andrés Mayo Góngora 

Imagen: Portada del libro "La infancia de Jesús", de J. M. Coetzee.
Mascultura 06-Mar-14

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