El diablo viste a la moda, de Lauren Weisberger
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El semáforo ni siquiera había cambiado oficialmente a verde en la intersección de la Diecisiete con Broadway cuando un ejército de taxis amarillos demasiado confiados pasó rugiendo junto a una minúscula trampa mortal que yo intentaba sortear por las calles de la ciudad. Embrague, acelerador, cambio de marcha (¿de punto muerto a primera? ¿O de primera a segunda?), soltar embrague… No paraba de repetirlo en mi mente, un mantra que apenas aplacaba mis nervios y mucho menos ofrecía orientación, en medio del tráfico chirriante del mediodía. El coche dio un par de sacudidas violentas antes de lanzarse a trompicones por la intersección. Sentí que me daba un vuelco el corazón. Sin previo aviso, el movimiento irregular se estabilizó y empecé a acelerar. A toda mecha. Bajé la vista para asegurarme visualmente de que solo estaba en segunda, pero la parte trasera de un taxi se veía tan descomunal en el parabrisas que no me quedó más remedio que pisar el freno con tal fuerza que el tacón se me rompió. ¡Mierda! Otro par de zapatos de setecientos dólares sacrificado en el altar de mi nula e irremediable falta de gracia cuando estoy bajo presión… y con estos, la cuenta ascendía al tercer par destrozado del mes. Casi fue un alivio cuando se me caló el coche (sí, claramente había olvidado pisar el embrague al frenar para salvar mi vida). Tuve unos segundos, unos preciosos segundos de paz, si una pudiera ignorar los pitidos cabreados y las diversas versiones de «imbécil» que me venían de todas partes, para poder quitarme los Manolo y lanzarlos al asiento del copiloto. No tenía dónde secarme el sudor de las manos, a excepción de mis pantalones de ante de Gucci, que se ceñían tantísimo a las caderas y los muslos que apenas unos instantes después de abrochar el último botón ya me habían empezado a hormiguear. Los dedos dejaron unas rayas húmedas sobre el suave ante que envolvía la parte superior de mis ahora entumecidos muslos. Me resultaba imposible conducir este descapotable de 84 000 dólares a través de las calles atiborradas de obstáculos a la hora de comer sin fumarme un cigarro.
—¡Joder, muévase, señora! —gritó un conductor moreno cuyo vello del pecho amenazaba con tragarse la camiseta de tirantes que llevaba—. ¿Qué te crees que es esto? ¿Una puta autoescuela? ¡Apártate!
Levanté una mano temblorosa para sacarle el dedo y volví a concentrarme en lo que me traía entre manos: conseguir que la nicotina fluyera por mis venas lo más rápido posible. Volvía a tener las manos húmedas por el sudor, prueba de ello eran las cerillas que no paraban de caerse al suelo. El semáforo se puso en verde justo cuando conseguí prender el cigarro. No me quedó otra opción que dejarlo entre los labios mientras lidiaba con los enrevesados movimientos de embrague, acelerador, cambio de marcha (¿de punto muerto a primera? ¿O de primera a segunda?), soltar embrague… el humo entraba y salía de mi boca con cada respiración. Solo tuve que conducir tres manzanas más antes que el coche se moviera con la suficiente suavidad como para poder quitarme el cigarrillo, pero ya era demasiado tarde: la larga y precaria línea de ceniza se las había arreglado para llegar a la mancha de sudor de mis pantalones. Genial. Pero antes de poder pensar en eso, si tenía en cuenta los Manolo, me acababa de cargar unos productos por un valor de 3 100 dólares en menos de tres minutos. El teléfono empezó a tronar. Y como si la mismísima sustancia de la vida no fuera lo bastante miserable en ese preciso instante, el identificador de llamadas confirmó mi peor pesadilla: era Ella. Miranda Priestly. Mi jefa.
—¡An-dre-aaa! ¡An-dre-aaa! ¿Me oyes, An-dre-aaa? —trinó en cuanto abrí mi Motorola, toda una proeza, teniendo en cuenta que tanto mis pies (descalzos) y mis manos ya estaban bregando con varias obligaciones. Encajé el teléfono entre la oreja y el hombro y lancé el cigarrillo por la ventanilla, al que le faltó muy poco para aterrizar sobre un mensajero que iba en bici. Vociferó unos cuantos «que te jodan» nada creativos antes de perderse en el tráfico.
—Sí, Miranda. Hola, te oigo perfectamente.
— An-dre-aaa, ¿dónde está mi coche? ¿Ya lo dejaste en el garaje?
Por suerte, el siguiente semáforo se puso en rojo y tenía pinta de que iba a ser de los que duraban un buen rato. El coche frenó en seco sin atropellar a nadie ni nada, y dejé escapar un suspiro de alivio.
