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Tom Gauld artista, dibujante y payaso

Aunque la discusión acerca de si el cómic y la novela gráfica pertenecen o no al ámbito literario está bastante superada, siempre será interesante conocer la opinión de sus creadores. Mucho más cuando, como Tom Gauld, ganador del Premio Eisner 2018, recorren el camino de las letras y el de las imágenes creando puentes entre ambos.

Los grandes artistas del cómic buscan siempre la diversión a través del medio. Una y otra y otra vez. No es fácil, pues en el mundo moderno la exigencia en calidad va de la mano con la cantidad; los creadores deben producir constantemente, más quienes hacen viñetas diarias o semanales. Tom Gauld es uno de ellos: quienes hacen cómics cada semana, y quienes siempre buscan divertirse haciéndolo.

El originario de Edimburgo, una de las jóvenes escuelas en el arte del cómic europeo, lleva varios años dibujando cada semana un cartón para The Guardian y The New Yorker, así como para el New York Times y New Scientist, aunque ha encontrado el tiempo para producir sus propios libros.

“Me parece mucho más fácil hacer caricaturas cortas”, nos dice sobre la diferencia en su proceso creativo entre viñetas semanales y novelas gráficas. Y continúa: “La idea podría ser simplemente una oración, o una divertida yuxtaposición de dos cosas, y eso es suficiente. Pero para mantener una novela gráfica necesito un poco más que eso. Trabajar en un libro más largo lleva tiempo, lo que brinda muchas oportunidades para la duda y la distracción. Si las viñetas semanales son más parecidas a los 100m de sprint, entonces las novelas gráficas son maratones”. Metáfora que, obviamente, le vale al autor de Goliath (Drawn & Quarterly), En la cocina con Kafka (Salamandra) y Todos tienen envidia de mi mochila voladora (Salamandra), libros de amplia diferencia en longitud frente a una caricatura semanal con apenas cuatro viñetas o tan solo una.

Su entusiasmo es tal que muchas veces, apunta, se divierte más “con un artículo aburrido, pues siento que tengo más libertad para divertirme con la ilustra- ción y quizás me preocupe menos por ser fiel al texto y más por hacer algo genial”. Y tiene sentido, pues la presión de ilustrar grandes clásicos puede interferir y hacer el proceso más serio, menos lúdico: “Las portadas para novelas son lo peor: pienso en que una persona pasó años de su vida escribiendo este libro brillante y ahora tengo unos pocos días para hacer lo que será la primera impresión de la mayoría de la gente”, reflexiona.

Pero un acercamiento maduro al proceso es lo que también le ha permitido alcanzar, sin importar el cómo, altos estándares creativos. Un ejemplo del que habla para Lee+ son las fechas límite: “El gran ‘pro’ de la fecha límite semanal es el enfoque que me da. Me obliga a encontrar una idea y hacer que funcione, en lugar de intentar crear una caricatura perfecta”.

Sólo esta idea nos deja pensando: “Una idea que funcione” tiene preferencia sobre una “creación perfecta”. Bajo un análisis pragmático es más fácil de entender; sin embargo, al ver los resultados que “mecánicamente” consigue Gauld, vemos que lejos de limitarse, ha sabido canalizar su creatividad a través de estas “limitantes”. Sobre este tema, confiesa: “He aprendido que mientras estoy en el proceso creativo, no soy muy bueno para juzgar su calidad, por lo que un plazo me obliga a seguir adelante y hacerlo lo mejor que pueda. A veces mis ideas “menos malas” resultan ser bastante buenas”.

Gauld también sabe que la integración de otras disciplinas artísticas le nutre, y las disfruta. Su inicio básico fue “convertirse” en un escritor, además de ser ilustrador. “Cuando comencé a hacer cómics, me sentía como un ilustrador que tenía que aprender a escribir para hacer dibujos animados. Mantuve las palabras al mínimo y las mantuve muy simples. Pero, a lo largo de los años, me he interesado mucho más en escribir y me siento menos ansioso al respecto, por lo que soy más capaz de ser juguetón con las palabras y las imágenes”, nos comparte.

No puedo sino atreverme a preguntarle por un siguiente paso, posiblemente también a manera de juego. ¿Te gustaría escribir un libro para que otra persona lo ilustre y vea cómo sucede? A lo que responde: “Es una pregunta interesante en la que nunca pensé. He discutido la colaboración con un escritor para crear cómics que dibujaría antes, pero nada se ha unido aún. Para mí, uno de los aspectos más interesantes de los cómics es encontrar maneras de usar palabras e imágenes juntas para que creen algo que sea más que la suma de sus partes. Creo que echaría de menos tener el control total de eso, y probablemente sería un gran dolor trabajar con el pobre artista”.

Gauld también es consciente del inevitable vaivén entre editores, escritores, ilustradores, etcétera, propio de la industria editorial y periodística. De hecho, el tema mismo de la literatura ha sido constante en sus creaciones. Así como Gauld puede ser escritor, es también un consumidor, un lector.

“No me veo como un crítico literario. Admiro a algunos críticos realmente buenos quienes usan sus habilidades e inteligencia para hacer más con sus crí- ticas que simplemente decir ‘esto es bueno’ o ‘eso es malo’. En The Guardian me veo más como un payaso. La sección de reseñas está llena de críticos astutos e intelectuales que dicen cosas reflexivas, y mi trabajo no es hacerlos coincidir, sino burlarme de todo sin insultar la inteligencia de los lectores”, señala.

He ahí el payaso, quien sabe divertirse, reírse de todo. El artista debe saber burlarse, sin miedo ni límites, pues en esa osadía se descubren ideas claves: “A veces, cuando los críticos se vuelven demasiado intelectuales o serios, me burlo de ellos. Pero eso viene de un lugar de amor, no de odio. Es la burla de un amigo”.

Comento con Gauld acerca de su efectividad al simplificar símbolos, característica fundamental del cómic cuando tienes poco tiempo para comunicar la idea, sobre todo en cómo termina usando estereotipos y clichés, algo nada sencillo, de una forma ejemplar, a lo que responde: “Los estereotipos y clichés pueden ser realmente útiles porque el público los conoce y puedo usarlos sin tener que explicar demasiado, y también puedo divertirme subvirtiendo las expectativas de la audiencia. Si las cosas se vuelven emasiado locas, y todos están confundidos, entonces es más difícil encontrar el conocimiento común para jugar”.

A esto se agrega la frialdad del dibujante para divertirse, incluso, con la tragedia. Todo artista es un ser humano susceptible a los altibajos de la vida. Y un caricaturista, un payaso, puede darse el lujo de aprovechar esos negativos lugares comunes de la cotidianidad: “Así es. Las cosas malas en la vida no siempre son malas para un dibujante. Hoy estaba haciendo una caricatura ambientada en un futuro distópico y me di cuenta de que no necesitaba explicar que el gobierno era malo, porque en este momento simplemente puedes escribir ‘gobierno’ y la audiencia asume que son malos”, señala Gauld.

Esto adquiere mayor sentido al considerar que una de sus mayores influencias es William Heath Robinson, un ilustrador inglés de inicios del siglo pasado, quien presentaba artefactos y maquinarias ultra complicadas que tenían por objeto producir o solucionar una sola cosa.

“Lo que me gusta de los dibujos de artefactos de William Heath Robinson es que, en un nivel, tienen perfecto sentido: lo planeó con mucho cuidado, presentó la idea con claridad y demostró que funciona bien. Pero el plan que está mostrando es una solución colosalmente complicada y derrochadora para un problema que podría resolverse fácilmente por un método mucho, mucho más simple (o realmente no es un problema en absoluto). Entonces, sí, a veces pienso que esta es una buena metáfora para nuestro mundo de hoy”, nos comparte. Al mis-
mo tiempo, este gusto por las máquinas de William Heath Robinson se ve reflejado en sus sencillos cómics y caricaturas. Gauld gusta de la simplicidad: ser directo y acertar.

En este sentido, Gauld apunta: “Cuando comencé a hacer comics, me inspiraban los cómics artísticos que parecían pinturas y se leían como novelas experimentales y parecían gritar ‘¡Soy arte fino!, no sólo un comic’. Con el paso del tiempo, mi gusto se ha simplificado. He decidido que el arte en un cómic no son los dibujos o las palabras, sino la forma en que se combinan en la página. Me doy cuenta de que gran parte de la historia proviene de diseños de paneles y colocación de burbujas de discurso y otras decisiones sutiles”.

Sin duda, con el paso del tiempo, ha conseguido concretar esto. Muchas portadas en The New Yorker así lo prueban, y sus últimos libros, como En la cocina con Kafka. De discurso sutil, ligero en cada viñeta, pero profundo en su totalidad, Tom Gauld es un artesano del cómic que ha sabido ser artista y payaso.

Este texto fue escrito por Juan Cárdenas y publicado originalmente en el número 111 de Revista Lee+. Pueden leerlo en su versión digital dando clic aquí o en su versión física, disponible en todas las Librerías Gandhi del país.

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