El diario de un perro incomprendido

El diario de un perro incomprendido

En la literatura infantil actual abundan los libros que buscan traducir el mundo animal al lenguaje humano. Sin embargo, pocos lo hacen con la mezcla de ironía, desparpajo y ternura que logra Drew Daywalt en Mi nombre es ¡No, Sam! (FCE, 2025), ilustrado por Mike Lowery. A través de la mirada de un perro, el libro abre una ventana divertida hacia la vida familiar y construye una historia que, detrás de su tono ligero, propone una reflexión amable sobre la convivencia, la paciencia y la manera en que humanos y mascotas aprenden a entenderse.

El protagonista es un pug inquieto que llega a un nuevo hogar después de una experiencia poco afortunada con un “mono desnudo”, como el perro llama a los humanos. Adoptado por la familia Peterson, Sam comienza a relatar su vida en forma de diario, un recurso narrativo que permite al lector asomarse a su mundo interior y, sobre todo, a su lógica peculiar. Desde su perspectiva, el universo humano está lleno de normas incomprensibles: beber agua del excusado parece inaceptable, morder muebles provoca regaños y la alfombra “especial para la caca” resulta no ser tan especial como él pensaba.

El título del libro nace justamente de esa reprimenda constante: “¡No, Sam!”. La frase, repetida por sus dueños cada vez que el perro hace alguna travesura, termina convirtiéndose casi en su identidad. Daywalt aprovecha esta premisa para construir un humor que surge del contraste entre lo que Sam cree estar haciendo (proteger, investigar, cumplir con su deber) y lo que los humanos perciben como un desastre doméstico.

No obstante, la historia no se limita a una sucesión de chistes. Conforme avanza el relato, la narración adquiere un tono de aventura imaginaria en la que Sam se siente responsable de defender a su nueva familia de amenazas extraordinarias. En su mente aparecen cañones capaces de derretir cerebros, visitantes sospechosos que esconden intenciones dudosas y criaturas inquietantes como el temido Lobo Fantasma. Para los adultos, estas figuras pueden parecer simples malentendidos; para Sam, en cambio, representan peligros muy reales que requieren valentía.

Ese juego entre imaginación y realidad es uno de los grandes motores del libro. Daywalt entiende que la mente de un animal (o al menos la forma en que los humanos la imaginamos) puede ser tan épica como absurda. De este modo, una visita cotidiana puede convertirse en una conspiración inquietante y una simple paleta helada transformarse en un monstruo aterrador. La exageración funciona como un espejo cómico que refleja las ansiedades del propio perro.

Las ilustraciones de Lowery acompañan este tono con un estilo expresivo y dinámico. Sus dibujos no solo complementan el texto, sino que amplifican los malentendidos que sostienen la narración. El Sam que aparece en las páginas es, al mismo tiempo, un héroe autoproclamado y un pequeño torbellino de caos. Los trazos ágiles y las escenas llenas de detalles otorgan a cada página un ritmo visual cercano al de la historieta, lo que facilita la lectura para los más jóvenes.

Mi nombre es ¡No, Sam! termina funcionando como una celebración del caos doméstico que traen las mascotas. Porque detrás de cada lámpara rota, cada silla mordida o cada huella de lodo en el suelo hay también una presencia que llena la casa de movimiento y afecto.

Y, en el fondo, ahí reside la verdadera broma del libro: mientras Sam está convencido de que protege a su familia de peligros extraordinarios, son los Peterson quienes descubren que, con todas sus travesuras, ese perro es exactamente el guardián que necesitaban.+