Por la independencia intelectual

La genealogía de la resistencia femenina encuentra uno de sus pilares más sólidos en la Inglaterra isabelina de finales del siglo XVI. En 1589, firmado por Jane Anger, se publicó el panfleto Jane Anger Her Protection for Women. Éste respondió con ingenio y firmeza a un texto misógino anónimo (posiblemente Hic Mulier o The Woman Hater, a veces atribuido a Joseph Swetnam), que atacaba a las mujeres y las tachaba de vanidosas, falsas y causantes de males. Anger (palabra inglesa que se traduce al español como “enojada”) fue una de las primeras mujeres que se atrevió a publicar una defensa pública y contundente de su sexo en la Inglaterra isabelina, usando la ironía y la lógica para desmontar los prejuicios de su tiempo. Su texto, breve, pero poderoso, se considera hoy un precursor del feminismo escrito.
Esta llama de independencia intelectual cobró una fuerza renovada a inicios del siglo XVIII, que atestiguó el trabajo de Mary Astell, una escritora y filósofa inglesa de familia anglicana de clase media alta con escasa educación formal. Su tío, Ralph Astell, la instruyó en filosofía clásica. Ya que no se casó, tras la muerte de su madre en 1688, se mudó a Chelsea, Londres, donde tuvo dificultades económicas como escritora, pero recibió apoyo de amigas, mecenas literarias e intelectuales, y del arzobispo de Canterbury, William Sancroft.
En su primer libro, A Serious Proposal to the Ladies (1694-1697), Astell propuso crear un “colegio” femenino para estudiar filosofía y ciencias, alejado del matrimonio y la vida doméstica, instituciones que criticó en Some Reflections upon Marriage (1700), texto en el que se preguntaba: “Si todos los hombres nacen libres, ¿cómo es que todas las mujeres nacen esclavas?”. Argumentaba que las mujeres se volvían esclavas por falta de preparación.
En 1709, Astell ayudó a fundar una escuela gratuita para niñas pobres en Chelsea. Los aportes de Astell sobre la educación de las mujeres y la igualdad intelectual la posicionan como una precursora fundamental del pensamiento feminista moderno. Su obra, redescubierta en el siglo XX, influyó en pensadoras como Mary Wollstonecraft.
“Dios ha dado a las mujeres, al igual que a los hombres, almas inteligentes, ¿por qué habrían de prohibirles mejorarlas?”
Mary Astell en A Serious Proposal to the Ladies (Parte I, 1694)
En el salón
A partir del siglo XVII, en Francia se consolidó un fenómeno cultural y político que redefiniría la influencia femenina: las salonnières, mujeres de la aristocracia y la alta burguesía que organizaban y dirigían tertulias intelectuales en sus residencias privadas.
El término se deriva del italiano salone, que significa “gran sala”. Estos salones ofrecían un espacio respetable en el que las mujeres podían manifestar su curiosidad intelectual; al principio se centraban en discusiones sobre obras literarias, pero, más adelante, ampliaron su alcance para incluir tanto a hombres como a mujeres en conversaciones sobre pensamiento político e ideas científicas.
Lejos de ser meras anfitrionas, las salonnières actuaban como mediadoras culturales y curadoras del pensamiento ilustrado, seleccionando a los invitados y ejerciendo un mecenazgo que permitió la difusión de ideas radicales. Una de las pioneras en establecer un salón en París en 1620 fue Catherine de Vivonne, marquesa de Rambouillet (1588–1665), cuya Chambre bleue (Sala azul), en el Hôtel de Rambouillet, se hizo famosa. Su éxito sentó un precedente e impulsó a otras mujeres a ejercer liderazgo intelectual y social como salonnières.
Ya en el siglo XVIII, los salones florecieron en toda Europa, incluso se abrió paso una variante de estos espacios: el salón científico. En este rubro destacan los organizados por Julie von Bondeli, en Berna, Suiza, y el de Henriette Herz, en Berlín, Alemania.
Figuras como Madame de Tencin y, más tarde, Madame Geoffrin, ejercieron una labor de mediación intelectual sin precedentes. Además, financiaban proyectos editoriales (como la Encyclopédie) y protegían a los filósofos más radicales de la censura estatal. En estos espacios, las salonnières crearon un territorio neutral donde la aristocracia y la intelectualidad plebeya podían mezclarse bajo el mando de una mujer. Al convocar a debates sobre política, religión y ciencia, estas mujeres desafiaron la exclusión femenina de las instituciones académicas oficiales. Su influencia fue tal que los salones se convirtieron en escuelas de diplomacia y pensamiento crítico, donde la agudeza mental de la mujer era el motor que impulsaba el progreso de las ideas ilustradas en toda Europa.
En la década de 1780 florecieron sociedades de debate femeninas, entre ellas La Belle Assemblée, el Parlamento Femenino, los Debates de Carlisle House y el Congreso Femenino. En ellas, las mujeres podían atraer la atención pública y expresar sus opiniones.
Este modelo de soberanía intelectual francesa cruzó el canal de la Mancha e inspiró nuevas formas de organización. Hacia mediados del siglo XVIII, el activismo femenino se desplazó con fuerza hacia las esferas del pensamiento y la política.
Bluestocking
En la década de 1750, mientras en Estados Unidos las Hijas de la Libertad demostraban que la participación femenina era crucial en la lucha por la independencia, en Gran Bretaña surgía la Sociedad Bluestocking. Este grupo informal de discusión encontró en Elizabeth Montagu (1718–1800) a su figura más influyente.
Montagu desafió las convenciones convirtiendo su residencia en Mayfair en un centro de gravedad intelectual. Gracias a la estabilidad económica de su matrimonio con Robert Montagu en 1742, pudo organizar, a partir de 1750, reuniones periódicas diseñadas bajo la premisa de la “conversación racional”. En estos salones, que prosperaron durante cinco décadas, mujeres instruidas y hombres seleccionados dialogaban como iguales sobre literatura, filosofía y moral, transformándose en uno de los focos culturales más potentes de la Gran Bretaña del siglo XVIII.
Más que un club formal, las Bluestocking fueron una red de mujeres instruidas —acompañadas por hombres invitados— que defendían la educación, la conversación ilustrada y la mejora moral de la sociedad.Estos encuentros se celebraban, por lo general, por la tarde y se distinguían por evitar el consumo de alcohol y las apuestas, prácticas habituales en otras reuniones sociales de la época. En su lugar, se ofrecía té y limonada, mientras se entablaban discusiones sobre obras literarias, arte y asuntos éticos. De esta manera, las mujeres encontraban un espacio respetable para ejercer su influencia intelectual sin tener que renunciar por completo a su rol en la esfera doméstica.
Propósitos fundamentales de las reuniones
- Fomentar el debate en torno a la literatura y las artes.
- Ofrecer un entorno donde hombres y mujeres pudieran interactuar y conversar en pie de igualdad.
- Servir de red de apoyo para aquellas mujeres con aspiraciones de escribir y publicar sus trabajos.
- Promover un tipo de interacción social basada en el pensamiento crítico, lejos del ocio superficial.
La labor de Montagu no fue sólo como anfitriona, sino como una pensadora activa y una defensora de la red intelectual femenina. En 1769, publicó su An Essay on the Writings and Genius of Shakespeare, en el que defendió el valor del dramaturgo frente a críticos contemporáneos con una agudeza que reafirmó su autoridad literaria. Su legado, además de su apoyo decidido a otras escritoras de su tiempo, quedó plasmado en una vasta red de correspondencia; se conservan alrededor de ocho mil cartas que dan testimonio de la infraestructura intelectual que ayudó a construir para las mujeres de su siglo.
La conquista de la esfera pública
Con el estallido de la Ilustración y el auge de las revoluciones que prometían sacudir los cimientos del viejo mundo, el discurso sobre los derechos naturales del hombre comenzó a dominar la esfera pública. Sin embargo, en este nuevo orden que se gestaba, la libertad parecía ser un privilegio masculino. Fue precisamente en este clima de contradicciones donde las voces femeninas pasaron de la crítica aislada a la exigencia sistemática. El fin del siglo XVIII consolidó la base teórica del feminismo moderno.
A lo largo de este periodo, las mujeres a ambos lados del Atlántico buscaron nuevas plataformas para integrarse en los diálogos intelectuales de su tiempo y evidenciar que su capacidad racional era igual a la de los hombres. En el Londres de 1780, esta necesidad de expresión dio paso a la creación de sociedades de debate exclusivamente femeninas o mixtas. Instituciones como La Belle Assemblée, el Parlamento Femenino, el Congreso Femenino y los debates de Carlisle House se convirtieron en escenarios públicos donde las mujeres, desafiando el silencio impuesto, expresaban sus opiniones con autoridad y atraían el interés de la sociedad.
En 1790, Judith Sargent Murray reafirmó la igualdad de la inteligencia femenina en tierras americanas. Un año después, en Francia, Olympe de Gouges redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, exigiendo una ciudadanía plena, mientras que en 1792, Mary Wollstonecraft publicaba su fundamental Vindicación de los derechos de la mujer, centrando el debate en la educación como la herramienta definitiva de emancipación.
Finalmente, el siglo XIX expandió estos horizontes hacia la educación comunitaria y la prensa. En 1830, en el norte de Nigeria, Nana Asma’u formó a las jaji, una red de educadoras itinerantes que transformó la vida de las mujeres en el Califato de Sokoto. Poco después, en 1832, Francia vio nacer La Tribune des femmes bajo la edición de Suzanne Voilquin, el primer periódico feminista de clase trabajadora, consolidando así una voz colectiva que ya no solo pedía igualdad, sino que se apropiaba de los medios para exigirla.+
