El tema central de La cola de la serpiente es la memoria. No la trama policial ni el sabor y color cubanos, tan propios de sus otras novelas, sino la manera en que el pasado retorna a nuestras vidas. La historia comienza con la visita de Mario Conde, ese “cabrón recordador” como le gusta llamarse a sí mismo, al Barrio Chino de La Habana, o mejor dicho, a sus ruinas. La decadencia de aquel sitio –con sus basureros desbordados y sus delincuentes de todos colores- lleva a nuestro héroe a reconstruir aquellos años en que aún era detective. En ese entonces, dice, tuvo que enfrentarse al caso de un chino que apareció colgado de una viga y con demasiados signos raros en el pecho. Un caso que lo lleva a interrogar a una comunidad renuente a dar declaraciones y ejecutante de una lengua que, según Conde, es como un “abejeo continuo”.
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