Fervor: la intensidad que empieza sin avisar

Fervor: la intensidad que empieza sin avisar

Antes incluso de que la historia comience, Fervor ya toma postura. Antes del prólogo, antes de cualquier escena, aparece una dedicatoria que funciona como advertencia y como abrazo: A todas las personas que han sobrevivido a un amor romántico. No es una frase decorativa. Es una declaración de principios. Y justo después, una cita inesperadamente pop de Charli XCX: I was busy thinking about boys. Entre ambas líneas se dibuja el territorio emocional que la novela va a recorrer: intensidad, memoria, ironía, deseo y, sobre todo, supervivencia.

La novela de David Moragas arranca con un encuentro en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) . Nada extraordinario en apariencia: una charla, un cruce de miradas, la posibilidad de seguirse en redes. Pero Moragas sabe que el enamoramiento nunca anuncia su magnitud en el primer acto. Empieza como empiezan casi todas las cosas importantes: con ligereza. Con la sensación de que no hay nada en juego.

Lo perturbador (y también lo hermoso) es cómo esa ligereza se transforma en intensidad sin que el protagonista pueda señalar el momento exacto en que ocurrió. De pronto, lo que era casual se vuelve central. Lo que parecía anecdótico se convierte en expectativa. Y el lector, casi sin notarlo, empieza a compartir esa misma ansiedad sutil (¿qué significa todo esto? ¿está pasando lo mismo del otro lado?).

Lo que más se agradece de Fervor es su precisión emocional. No dramatiza de más, no exagera los gestos, no convierte cada escena en una declaración grandilocuente. Al contrario: trabaja con la materia más frágil del amor contemporáneo (los mensajes enviados y no respondidos, las interpretaciones silenciosas, la esperanza que se filtra incluso cuando uno intenta ser racional) y la convierte en literatura sin artificio.

Hay algo profundamente reconocible en esa transición de lo digital a lo físico. El momento en que la pantalla deja de ser suficiente y el cuerpo entra en escena. La novela no lo plantea como dilema generacional sino como experiencia íntima. Ese salto mínimo (de la conversación escrita al encuentro real) concentra una tensión que cualquiera que haya atravesado algo parecido puede identificar. La expectativa no es abstracta: tiene temperatura.

Barcelona aparece como una presencia discreta pero constante. No es una ciudad monumental, sino cotidiana. Espacios culturales, trayectos urbanos, encuentros en la playa. Moragas entiende que cuando uno está enamorado el paisaje no cambia (pero se resignifica). Los lugares dejan de ser escenarios y se convierten en memoria futura.

Lo que sostiene la novela no es la trama (que avanza con naturalidad) sino la conciencia emocional del protagonista. Esa voz que intenta comprender lo que siente sin lograrlo del todo. Esa necesidad de ponerle palabras a algo que, precisamente, escapa a las palabras. Hay una vulnerabilidad sincera en esa búsqueda. No hay pose. No hay distancia irónica.

Y aquí la dedicatoria inicial vuelve a cobrar sentido. Sobrevivir a un amor romántico implica haberlo vivido con intensidad. Implica haber creído. Haber esperado. Haber proyectado. Fervor no ridiculiza ese impulso ni lo minimiza. Lo toma en serio. Reconoce que, aunque el desenlace no siempre coincida con la fantasía, el proceso transforma.

Quizá por eso la cita de Charli XCX no resulta superficial, sino precisa. Pensar obsesivamente en alguien (estar ocupado pensando en alguien) es una experiencia casi universal. Y la novela captura ese estado mental donde todo gira alrededor de una posibilidad afectiva.

Al cerrar el libro queda una sensación concreta (no de devastación, tampoco de euforia). Más bien de reconocimiento. La de haber acompañado un proceso real. No una fantasía idealizada, no una tragedia desmedida. Algo más cercano. Más posible. Más humano.

David Moragas no ofrece respuestas sobre cómo amar mejor ni intenta convertir el enamoramiento en moraleja. Lo que hace es observar con honestidad ese momento en que uno descubre que ya está involucrado demasiado tarde para fingir indiferencia.

Y en esa honestidad (serena, contenida, pero profundamente vibrante) reside la fuerza de Fervor. Una novela que entiende que la intensidad no necesita ruido para ser devastadora. Basta un mensaje. Una cita. Una certeza que llega sin permiso.+