Bueno, bueno… bueno
“¿Bueno?”, decimos en México para iniciar una conversación telefónica más como verificación que como saludo y “hoy hace bueno”, dicen en Madrid para elogiar el estado del tiempo. “Bueno, bueno” como asombro ante algo inesperado y “era buena persona” como placebo o reconciliación ante la inesperada muerte de un prójimo no necesariamente próximo. A diario hay quien prueba un sorbo de vino para decidir si está bueno, fingiendo catar con conocimiento de causa y la carretera siempre está buena para quien ya decidió viajarla.
Hace tiempo que el enrevesado mundo que habitamos parece haberse inclinado por la instalación de lo Malo, lo Falso y lo Horrible en vez de proseguir en la milenaria de lo Bello, Verdadero y Bueno. De la veracidad de la realidad y de la posible belleza que persiste en un pétalo de prosa o en la flor de algún verso nos ocupamos en otras páginas, hoy me preocupa el enigma de la bondad.
Viene de muy lejos el trinomio ideal de lo Bello, lo Bueno y lo Verdadero leído en Platón y en lo que escribió a nombre de Sócrates. En México fue el historiador Guillermo Tovar de Teresa, cronista de la Ciudad de México, quien formulara en su libro sobre La utopía de la Ciudad de México en el siglo xvi dos tercias admirables: por un lado, Tomás Moro y su libro Utopía, Erasmo de Rotterdam y su Enchiridion, y el Tratado de Arquitectura de León Battista Alberti, leídos, digeridos y adaptados a la Nueva España por fray Juan de Zumárraga, Vasco de Quiroga y el primer virrey de Mendoza como un juego de tres en tres para intentar enraizar en lo que sería México todo lo Bello del mestizaje, todas las verdades posibles en la dolorosa unión de dos civilizaciones divergentes y lo Bueno ya dicho en náhuatl o escrito en lengua castellana. Me concentro en lo Bueno que lleva conjugándose en México más de cinco siglos y que parece inasible quizá porque lectores y autores se han portado mal con todo lo bueno.
Se ha mancillado la palabra y las acepciones que pululan resultan confusiones o abierta ignorancia. Hay quien supone que la matanza de algún inocente resulta buena en tanto daño colateral imprevisible y quienes profesan las bondades de la corrupción como alicientes o confirmaciones del éxito político o comercial. Sigue en boca de muchos la profesión de la buena onda medio psicodélica, aunque ahora las letras de rolas en neón sean llamados incendiarios a la desatada anarquía o el desmadre en general.
Quienes seguimos adictos a la visita consuetudinaria de las librerías como si fuesen farmacias fermentamos una sana inclinación a la búsqueda callada de todo lo bueno: allí donde una buena lectura se vuelve recomendación y allí donde cedemos el último ejemplar de una novela anhelada que reposaba en el estante a milímetros de nuestro alcance, justo al instante en que llega una señora entrañable buscando ese mismo libro. Buena la madre que ayuda a sus hijas a elegir el cuento ilustrado y buenos los primos que prometen compartir ejemplares de una buena saga literaria que los ha hipnotizado. Bien por el encargado con gafete que procura orientar al lector desorientado y bien por los clientes que sacan su lista de antojos como quien intenta cumplir con la nómina del mercado.
Soy de los que postulan que el Bien debería convertirse en gerundio y conjugarse como el verbo que describe la labor de las enfermeras que se la viven bienando la salud ajena, tal como los médicos que lo dejan todo por volver a poner bien o bienar un hueso roto o la vesícula mala. Bueno, bueno de veras, el mecánico que afina un motor y garantiza bajar los niveles contaminantes que emita sin caer en la transa de cobrar una mordida para que parezca funcional y ¡qué buen café sirven en el local donde el tostado y molido del grano esencial se escancia debidamente entre humo delicioso!
El buen historiador procura viajar al pretérito y narrar la andanza con mirada contextualizada donde respetuosamente se olvida de los paradigmas o dogmas del presente. El buen abogado es quien incluso para interpretar el sentido de una ley o norma procura anteponer la ecualización de la justicia y no el acomodo engañoso del abuso. Muy buena receta la que logra pasar del recetario a la olla con sazón y cariño, herencia de ollas pasadas, a contrapelo de caldos y postres que sacrifican ingredientes o ahorran especias por razones de presupuesto y buenísima la película que se recomienda sin revelar el final y buenérrima la canción o la exposición de acuarelas anónimas o la coreografía de un ballet folclórico que parece narrar sin palabras la cultura autóctona de un paisaje por descubrir. ¡Qué buenos son los recuerdos que se vuelven tatuaje indeleble en la memoria! y ¡qué bueno que ya olvidé las desgracias que provocaron tanto dolor!
“De lo bueno, si breve: dos veces bueno”, dice el refrán que alaba la brevedad en estricto paralelo a quienes elogian un concierto o una sobremesa con el elogioso deseo de que hubieran durado mucho más, que se prologara el tiempo en aras de la bondad. Los buenos detalles —minúsculos y apenas perceptibles— no merman o atentan contra la buenísima inmensidad; “bien bajado ese balón” para la interjección atinada al instante y bien jugado cuando la estrategia anímica o emocional se aleja del conflicto para convencer en conversación en vez de vencer a gritos.
¿Qué es entonces lo Bueno o eso que llamamos Bondad? ¿Un ánimo o credo, deseo o consigna? Si su definición allende el Diccionario no es moldeable, se trata de algo inalterable, aunque una rápida encuesta entre familiares, amigos y conocidos arrojaría una ensalada variada de acepciones. Pausa para pensar en el supuesto de que hay gobiernos que proclaman su afán por el Bien Común y madres que aconsejan en voz baja exclusivamente por Tu bien; “estamos todos bien” como frase para no entrar en detalles y “ya está bien” o “ya estuvo bueno” para cortar una retahíla de necedades… y quizá también como sinónimo de Esperanza, precisamente para un mundo donde lo Horrendo, Falso y Malo parece multiplicarse sobre un paño nebuloso.
Espera el Bien que tarde o temprano se instalará contra toda injusticia y espera que todo salga bien como mensaje lanzado a la mar; espera cumplir el buen azar que jamás abolirá el verdadero azar y espera, espera, te digo que ya viene lo Bueno. Juega o navega o sobrevive con la esperanza de que incluso pasado el resultado final falta la buena, ese punto extra que añadíamos de niños en los juegos que parece justificar la prolongación moderna de los tiempos extras.
Buenos días y buenas noches seguimos expresando a menudo sin pensarlo como buen deseo para conocidos y transeúntes; buen provecho para quien come al lado y buena suerte para el protagonista de todo lance o empeño. Buen viaje para quien emprende la lectura de un libro o anuncia una aventura en automóvil, avión, tren o velero, “¡bienvenida!” en cuanto vuelva y “¡bienhallado!” el que llegue… bendecidos los bienaventurados y vientos huracanados dice la banda que celebra la lectura de un poema en medio de una buena librería donde predomina la presencia de la buena literatura aunque no todos los libros sean buenos y “bien dicho!” exclama el lector atento ante una frase legible o bien dicha y para bien de estos párrafos busco ya una buena salida que contagie como consigna el deseo de que seamos buenos como quien juega al ajedrez sin necesariamente tener que ganar siempre como bien pasan el tiempo los fantasmas que siguen citándose en una librería que se pasó a la acera de enfrente para seguir siendo buenos amigos, tal como la pareja que empezó a visitar la ahora modernizada librería y sus diversas sucursales exactamente como lo hicieron el primer día por el bien de la relación y en busca del Libro de Buen Amor.
¡Qué bien que parece que me acerco al punto final de un soliloquio quizá no tan bueno, pero a la espera de la bondadosa lectura que ayude a conjugar al otro lado de la página, a través del espejo de la tinta, la buena definición común de lo Bueno… eso que llevamos en la piel y pensamiento, que abona memoria y deseo y que podría finalmente ser el antídoto perfecto, la esencia indescriptible que finca nuestra variada esperanza para todo bien, aunque uno nunca sabe y puede ser no más que buen deseo… Pero, bueno.
Jorge F. Hernández es escritor, periodista y aforista. Nació en 1962 y, desde entonces, no ha parado de contar historias.
Highlighs:
- Quienes seguimos adictos a la visita consuetudinaria de las librerías como si fuesen farmacias fermentamos una sana inclinación a la búsqueda callada de todo lo bueno.
- ¡Qué buenos son los recuerdos que se vuelven tatuaje indeleble en la memoria! ¡Qué bueno que ya olvidé las desgracias que provocaron tanto dolor!
- ¿Qué es entonces lo Bueno o eso que llamamos Bondad? ¿Un ánimo o credo, deseo o consigna?
Libros
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- La utopía de la Ciudad de México en el siglo xvi | Guillermo Tovar de Teresa | UNAM | Explora cómo el primer virrey, Antonio de Mendoza, buscó crear una ciudad ideal renacentista en la Nueva España.
- Utopía | Tomás Moro | Rialp | Describe una sociedad ideal y comunitaria en una isla imaginaria, contrastándola con el caos político y social de la Europa renacentista.
- Enchiridion | Erasmo de Rotterdam | Universidad de Valladolid | Propone una reforma espiritual basada en la piedad interior, la lectura de las escrituras y rechaza las prácticas religiosas superficiales y ritualistas.
- Tratado de Arquitectura | León Battista Alberti | Akal | Define la arquitectura como un arte intelectual de diseño, proporción y armonía (concinnitas), priorizando la belleza funcional y el bienestar humano.
- Libro de Buen Amor | Juan Ruiz | Akal | A través de las aventuras amorosas del narrador, el libro contrapone el “buen amor” (a Dios) con el “loco amor” (instinto carnal), ofreciendo una lección moral sobre los peligros de este último.
