Abril en la literatura
Si hiciéramos un calendario hecho exclusivamente de versos, abril ocuparía las páginas más vibrantes y, a la vez, las más extrañas. Autores de todas las latitudes han sentido la necesidad de invocar este mes literalmente. Aquí te presentamos una pequeña muestra de las huellas de abril en la literatura.
1984, de George Orwell
Era un día brillante y frío de abril, y los relojes daban las trece. Winston Smith, con la barbilla pegada al pecho para protegerse del viento gélido, se deslizó rápidamente por las puertas de cristal de Victory Mansions, aunque no lo suficientemente rápido como para evitar que una nube de polvo entrara con él.
“18 de abril”, de Sylvia Plath
La baba de todos mis ayeres
se pudre en el hueco de mi cráneo
y si mi estómago se contrajera
por algún fenómeno explicable
como el embarazo o el estreñimiento
no te recordaría.
“La tierra baldía”, de T. S. Eliot
Abril es el mes más cruel: engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
recuerdos y anhelos, despierta
inertes raíces con lluvias primaverales.
A este lado del paraíso, de Scott Fitzgerald
—El verano no tiene un día —dijo ella—. No es posible tener un amor de verano. Lo ha intentado tanta gente que se ha convertido en un lugar común. El verano no es más que la promesa no cumplida en la primavera, un charlatán en lugar de las noches embalsamadas con que se sueña en abril. Es una estación triste en la que nada crece… No tiene un día.
“En abril, las aguas mil”, de Antonio Machado
Son de abril las aguas mil.
Sopla el viento achubascado,
y entre nublado y nublado
hay trozos de cielo añil.




