Kiko Amat: el oficio sin glamour y la novela como instinto. Crónica de una charla desbordada

Kiko Amat: el oficio sin glamour y la novela como instinto. Crónica de una charla desbordada

Por Fernando Sanabrais

Kiko Amat llega a Guadalajara con una mezcla de ímpetu, curiosidad y cautela. Está en la fil para presentar Dick o la tristeza del sexo (Anagrama, 2025), pero en nuestra charla habla poco del libro como objeto y mucho de aquello que define su manera de estar en la literatura: la escritura como trabajo, la vida como material narrativo y la desconfianza hacia todo lo que suena a pose. Además, confiesa que cada vez que va a una feria “le suceden cosas fuera de lo común”.

La escena ocurre incluso antes de la entrevista y resulta reveladora. No le gusta el café, pero disfruta sus efectos: quería un espresso italiano; no lo hubo y lo sustituyó por Coca-Cola. El gesto funciona como una poética involuntaria: Amat no idealiza el entorno; trabaja con lo que hay, lo vive y lo incorpora. Esa lógica atraviesa toda su obra y su manera de entender el oficio: escribir no es construir un mito personal, sino insistir, incluso en condiciones poco favorables.

Amat se define como “novelista de personajes y situaciones, no de temas”. No escribe a partir de una tesis ni de una agenda intelectual previa: escribe para tratar de entender, incluso para entenderse a sí mismo. Por eso desconfía de la novela excesivamente teórica y también de la figura del escritor que se explica demasiado. La literatura, para Kiko, no nace de una idea definida y preconfigurada, sino del instinto en movimiento.

En la conversación insiste en algo que resulta central: una cosa es tomarse el oficio con absoluta seriedad y otra muy distinta es tomarse en serio la “vida artística”. Viene de una tradición (recuerda a Josep Pla) que desconfía de lo afectado, de la impostación bohemia, del escritor que parece más preocupado por representarse que por escribir. “El arte que más me interesa es el que parece no ser arte”. 

Cuando habla del proceso de escritura, Amat recurre a imágenes únicas, profundamente literarias y muy cercanas a su obra. Comparar escribir con ensayar ballet no es una metáfora ornamental: es una descripción precisa. El movimiento justo, dice, sólo aparece después de horas de repetición silenciosa. Escribir es eso: volver todos los días al mismo gesto, sin glamour, sin público, con una regularidad casi mecánica. No hay épica visible en ese proceso, pero sí una forma de discreto heroísmo.

Esa ética se sostiene en una tensión difícil de mantener: creer, al mismo tiempo, que se ha recibido un don y que no se está a la altura de él. Para Amat, el talento no es una garantía, sino una responsabilidad. Con un regalo se puede hacer muy poco o se puede trabajar durante años para estar a la altura de lo que se intuye. De ahí su sospecha hacia quienes hablan demasiado de su arte y su admiración por quienes pasan largos periodos en silencio y reaparecen sólo para decir: “estaba escribiendo una novela”.

En ese recorrido aparecen también los enemigos, una figura recurrente en su obra y en su pensamiento. Lejos de negarlos, Amat los asume como una forma de intimidad incómoda pero productiva. “Pienso en mis enemigos mucho más que en mi novia”, dice, sin ironía. Los enemigos, confiesa, lo ayudan a levantarse por la mañana. El despecho, la fricción y la rabia no son obstáculos para escribir, sino motores posibles. Muchas de sus novelas, admite, nacieron de ahí.

Dick o la tristeza del sexo, el libro que lo trae a Guadalajara, se inscribe en esa misma lógica: no como provocación calculada ni como gesto escandaloso, sino como el resultado de seguir a un personaje hasta donde la historia lo exige. Amat no parte de un programa ni de un mensaje; parte de una vida que avanza de forma accidentada y de una curiosidad obstinada por entenderla. Todo lo demás —lecturas críticas, etiquetas, interpretaciones— llegan después.

Hacia el final de la charla, Amat habla de lo que está escribiendo ahora: La tarea, un libro ensayístico sobre el oficio de escribir. No un manual universal, aclara, sino un registro personal de lo aprendido tras años de repetir los mismos movimientos en soledad. Un libro que hable de disciplina, regularidad y perseverancia, pero también de la dificultad real del proceso. De cómo nadie termina de aprender del todo. De cómo se muere escribiendo sin haberlo entendido por completo. 

Escucharlo es confirmar algo esencial: para Kiko Amat, la literatura no es un escenario ni una identidad, sino una práctica. Una tarea que se repite todos los días, incluso cuando no hay espresso, cuando no hay glamour. Cuando ya no existe ninguna certeza.+