Carta Editorial 87: La ingeniería de la literatura

Hablar de ingeniería y de literatura es, en apariencia, como mezclar agua y aceite. Si usáramos un termómetro, la ingeniería se mantendría bajo cero, al ser una actividad racional, basada en las siempre frías matemáticas.

Por el contrario, la literatura elevaría el mercurio más allá de los treinta y siete grados que se consideran normales en todo ser humano, porque su creación responde a estímulos relacionados con el corazón, mediante una serie de mecanismos y procesos que a veces ni siquiera los propios escritores alcanzan a explicar. De acuerdo con esta explicación al vuelo, la literatura y la ingeniería tienen tanto que ver una con la otra como el vidrio tiene que ver con el acero. ¿Es verdad? ¿Es cierto que la ingeniería no tiene nada que ver con la literatura y viceversa? ¿Acaso el conocimiento de una técnica —pensemos en la construcción de un puente— no se parece un poco a la técnica que un escritor emplea al momento de armar una historia? Aunque es un lugar común, suele decirse que dentro de una novela, de un poema o de un ensayo existe una estructura que sostiene la trama; una serie de planos y máquinas que no se pueden ver y que han sido depurados una y otra vez por el escritor en busca de que su trabajo resulte verosímil. En términos constructivos, el objetivo es que el lector no vea los cables, los castillos, las trabes de esa ficción que está leyendo. Para hablar más acerca de las coincidencias entre la ingeniería y la literatura el escritor mexicano Luis Felipe Lomelí, quien además es ingeniero físico, escribe en este número de Lee+ un artículo sobre estas relaciones. José Stalin dijo alguna vez que “los escritores son los ingenieros del alma humana”, frase que podría parecer ingeniosa y que vuelve a tender puentes entre ambas disciplinas pero que, como se puede leer en el artículo del mismo nombre escrito por Leonardo Guerrero, tuvo graves consecuencias en la extinta URSS. Ingeniero proviene del latín ingenium, formada de in, “en”, y genium, “engendrar”. El ingeniero también crea objetos: máquinas o productos. Para el caso que nos ocupa, los colaboradores habituales de Lee+, como verdaderos ingenieros, han creado textos-puente para vincular estas actividades que ejemplifican las capacidades humanas.

Con una portada diseñada por Alejandro Magallanes, inspirada en carteles rusos, éste es un número de ingenio: incluye un plano de El Principito, el perfil de Margaret Hamilton (la programadora que hizo posible que el hombre llegara a la Luna), entrevistas a Rodolfo Neri Vela, el primer astronauta mexicano, y al arquitecto Felipe Leal; un listado de célebres mujeres ingenieras, además de las secciones conocidas. En este número todos nos ponemos el casco de ingenieros.
 

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