Tocar lo que se escribe. Cartas

Tocar lo que se escribe. Cartas

Contra el mito del genio solitario, las cartas aparecen como la prueba de que ninguna obra nace en el vacío y de que, a veces, el amor es un objeto que se puede tocar.

Tal vez porque hemos estado rodeados de imágenes que muestran a un escritor solo frente a la página en blanco, o a un pintor en medio de un estudio frío, o a una soprano en la soledad de su camerino solemos asumir que los genios se hacen a sí mismos. Sin embargo, los artistas y sus creaciones resultan de conversaciones largas, de vínculos que, a pesar de la distancia, los conflictos o el tiempo, se niegan a soltarse.

Para acceder a las zonas de contacto, decidimos poner nuestra mirada en un objeto que hoy, gracias a la preponderancia de mails o DMs, nos parece un vestigio arqueológico: la carta, ese trozo de papel que conserva tachaduras, una lágrima furtiva o la mancha de un café que bebemos mientras sostenemos una conversación en ausencia. La carta como una prueba de que el amor se puede tocar, como una muestra del esfuerzo de dos seres que no quieren soltarse.

Aunque en una de sus cartas a Milena Kafka decía que escribirlas significaba “desnudarse ante los fantasmas”, el escritor checo también sabía que el intercambio epistolar intentaba vencer la distancia, bajo el riesgo de que los besos escritos “no [lleguen] a su destino [y] se los [beban] por el camino los fantasmas”. A pesar de ese miedo, seguimos haciendo cartas.   

Mientras ensamblábamos este texto, fue inevitable preguntarnos si no hay algo de voyerismo en el hecho de asomarnos a misivas que no son para nosotros. Si bien admitimos nuestro papel de espías, también reconocemos que el leer y compartir estas misivas nos permitió comprender que para crear necesitamos acoger al otro. 

Las cartas que hicieron famoso a Vincent 

A Theo van Gogh. Nuenen, jueves 9 de abril de 1885.

Mi querido Theo,

…la fortuna favorece a los audaces, y sea como sea […] hay que trabajar y ser audaz si de verdad se quiere vivir. Y yo digo: pintemos mucho y seamos productivos, y seamos nosotros mismos con defectos y cualidades.

Vincent van Gogh

Para comprender la relación entre Vincent y Theo van Gogh (una de las más estrechas de la historia del arte) es indispensable detenerse en la figura de Johanna van Gogh Bonger. Tras la muerte de los hermanos en 1890 y 1891, Johanna heredó un departamento en París repleto de lienzos de Vincent y cajas con más de 600 cartas. Al leerlas supo, antes que nadie, que resultaban indispensables para comprender la obra de su cuñado. 

Gracias a la labor de Johanna, esposa de Theo, sabemos que las Cartas de Theo (Ediciones Gandhi, 2024) son una clave para entender la obra de Vincent. En ellas, Vincent no sólo plasmaba sus angustias, sino que realizaba descripciones minuciosas de sus procesos: desde la química de los pigmentos que encargaba a Theo, hasta la teoría del color que aplicaba para lograr contrastes simultáneos. Las misivas suelen incluir bocetos rápidos de los cuadros en los que estaba trabajando. 

Además, la correspondencia nos ayuda a dimensionar la ética del trabajo de Vincent, quien escribía sobre la necesidad de “ser productivos” no por una ambición de fama, sino como una justificación de su propia existencia y del dinero que Theo invertía en él. Cada carta era, en cierto sentido, un informe de rendición de cuentas y un acto de gratitud.

Más que una biografía en primera persona, las cartas funcionan como el rastro material de la relación entre un artista que ofrece su visión al mundo y un hermano que sostiene y alienta las posibilidades de esa mirada. Al pasar sus páginas nos convertimos en testigos de la metamorfosis de un hombre que, en medio de la precariedad y el aislamiento, encontró en la palabra compartida un refugio.

Sin embargo, tenemos que reconocer que si hoy disfrutamos del legado de Van Gogh es gracias a la intervención de seis manos. Sin el financiamiento de Theo, la pintura no habría existido; sin la visión de Vincent, no habría revolucionado la estética; pero sin el rescate y esmero de Johanna, no nos habríamos enterado de la obra del pintor de cabello rojo.

Retrato del alma de un genio. Van Gogh a través de sus cartas

Por Julián Romero

«El corazón del hombre se parece mucho al mar, tiene sus tormentas, tiene sus mareas y en sus profundidades también tiene sus perlas».

Vincent van Gogh

Las cartas de Vincent van Gogh, a su hermano Theo, son un cuadro vibrante, minuciosamente compuesto con trazos textuales de pasión artística y cruda autorreflexión. Escritas a lo largo de una década, ofrecen una oportunidad inigualable para adentrarse en el corazón y la mente de un genio del postimpresionismo.

fomento de la erudición y la empatía

Hoy en día, estas cartas siguen siendo una piedra angular de la investigación histórica del arte. Ofrecen tanto a los estudiosos como a los entusiastas del arte una oportunidad inigualable de adentrarse en el mundo interior de Van Gogh, de apreciar no sólo la brillantez del lienzo sino también la complejidad del propio artista. Al adentrarnos en estos sinceros intercambios, comprendemos mejor al artista que se escondía tras las pinceladas, al hombre que volcó su corazón y su alma en el lienzo para que el mundo lo viera. Estas cartas no son meros documentos históricos; son una sinfonía de emociones, un testimonio de la búsqueda perdurable del espíritu humano de la belleza y la conexión, que resuena a través de los tiempos con una resonancia perdurable.

un mensaje universal

Las cartas entre Vincent y Theo ofrecen algo más que una mirada a la vida de un artista singular. Hablan de las luchas y los triunfos a los que se enfrentan todas las mentes creativas, de la fe inquebrantable necesaria para perseguir la propia pasión y del poder transformador de la conexión humana. En un mundo que a menudo valora el conformismo, estas cartas celebran el valor de abrazar la individualidad y la inquebrantable persecución de un sueño, incluso frente a inmensos desafíos.

 

A continuación presentamos los fragmentos de un par de cartas que Vincent van Gogh envió a su hermano, Theo. En la primera, que puedes leer íntegra junto con 80 cartas más en el volumen publicado por Ediciones Gandhi, comparte con su hermano el proceso creativo de Los comedores de papas, además lo convida a vivir la vida valientemente. En la segunda (que no se incluye en la edición que referimos) adjunta un boceto de lo que, al pasar de los años, sería una de sus piezas más celebradas: La habitación del pintor en Arlés, cuyo objetivo era ofrecer un descanso a la mente, a la imaginación de quien la observe. 

 

492 | Nuenen, jueves 9 de abril de 1885

Mi querido Theo,

Me ha sorprendido no haber recibido noticias tuyas. Entiendo que has estado ocupado. (…)

Espero que la correspondencia sea más fluida a partir de ahora. Adjunto dos bocetos recientes, mientras trabajo en los campesinos alrededor de un plato de patatas. He seguido trabajando en ello a la luz de la lámpara, aunque esta vez comencé a la luz del día. (…)

Así ha quedado la composición ahora. La he pintado en un lienzo grande y creo que tiene vida, aunque algunos dirán que está mal dibujada

Ni tú ni yo somos contemporáneos de la generación que Gigoux llama «los valientes», pero mantener su entusiasmo es aconsejable. La fortuna favorece a los audaces, y hay que trabajar y ser valiente para vivir de verdad. Pintemos mucho y seamos productivos, porque el dinero que me das, que sé te cuesta, te da derecho a considerar la mitad de cualquier éxito como tuyo.

 

Habla con alguien de Le Chat Noir y pregúntale si quiere un fragmento de los comedores de patatas y de qué tamaño.

 

Saludos, con un apretón de manos.

Atentamente,

Vincent

 

Arles, martes 16 de octubre de 1888

Mi querido Theo, 

Por fin les envío un pequeño croquis para que al menos se hagan una idea de la dirección que está tomando el trabajo. Porque hoy he vuelto a retomarlo.

(…)

Esta vez se trata simplemente de mi dormitorio, pero el color debe cumplir su función y, al simplificarse al darle un estilo más grandioso, evocar descanso o sueño en general. En resumen, contemplar el cuadro debería descansar la mente, o mejor dicho, la imaginación.

(…)

Esto para vengarme del descanso forzado que me vi obligado a tomar.

Trabajaré en ello de nuevo todo el día mañana, pero ya ven lo sencilla que es la idea. Se han eliminado las sombras y las sombras proyectadas; está coloreada con tonos planos y lisos, como las estampas japonesas.

Contrastará, por ejemplo, con la diligencia de Tarascón y el café nocturno.  

No os escribiré largo y tendido, porque voy a empezar mañana muy temprano, con la luz fresca de la mañana, a terminar mi lienzo.

¿Cómo van tus dolores? No olvides avisarme.

Espero que escribas en los próximos días.

Algún día te haré unos croquis de las otras habitaciones también.

Con un apretón de manos. 

Siempre tuyo,

Vincent

 

Vincent van Gogh, Vincent’s Bedroom in Arles (sketch from a letter), 16 de octubre de 1888. Reproducción fotográfica, dominio público. Imagen: Wikimedia Commons / Van Gogh Museum, Amsterdam.

Del Támesis al Río de la Plata

Cuando me encontré con usted me figuré una Sudamérica destartalada, ¿pero qué hace una en París de 10 a 4? ¿Con quién se encuentra? ¿Y por dónde pasea? Y…. pero no puedo hacer todas las preguntas que quiero que me responda (…). Todavía sueño con su América. Espero que escriba un libro entero de crítica y que, si encuentra el tiempo, me envíe de vez en cuando una carta.

Virgina Woolf

Ocampo y Woolf se conocieron en Londres, en 1934, durante una exposición de fotografías de Man Ray. Para poder entender su encuentro, hay que decir que Virginia Woolf tenía 52 años y era ya la figura central del Círculo de Bloomsbury; acababa de publicar The Waves (1931) y Flush (1933), obras que consolidaron su prestigio que la situaba como la voz más innovadora de la lengua inglesa. Por su parte, Victoria Ocampo, con 44 años, estaba en la cima de su energía fundacional. Sólo tres años antes, en 1931, había lanzado la revista Sur en Buenos Aires, un proyecto financiado con su propia fortuna que buscaba poner a Argentina en diálogo directo con la modernidad europea.

Este encuentro fue el catalizador de una de las gestiones culturales más importantes de la modernidad: Victoria empleó la revista Sur para introducir la vanguardia del Círculo de Bloomsbury en Latinoamérica. De hecho, luego de ese primer acercamiento consiguió los derechos para traducir y editar en español Al faro y Orlando (Borges tradujo esta última), lo que marcó la entrada de Woolf en el continente.  

Su correspondencia revela una tensión de clase y cultura que ambas exploraban con honestidad. Para Woolf, Ocampo era una figura exótica y poderosa, a quien describió en su diario (entrada del 22 de noviembre de 1934) como una mujer de “una energía increíble”. comparándola con una fuerza de la naturaleza cargada de perlas. Por su parte, Ocampo veía en Woolf el rigor formal que buscaba para profesionalizar las letras argentinas.

Victoria Ocampo y Virginia Woolf. Correspondencia (Rara Avis, 2020) es un documento clave para entender la gestión cultural y la admiración entre dos de las mujeres más influyentes de las letras del siglo xx.

Salvador y Federico, una amistad en claroscuro

Acuérdate de mí cuando estés en la playa y sobre todo cuando pintes las crepitantes y únicas cenicitas, ¡ay, mis cenicitas! ¡Pon mi nombre en el cuadro para que mi nombre sirva para algo en el mundo y dame un abrazo que bien lo necesita tu Federico.

Federico García Lorca

Germinada en la Residencia de Estudiantes de Madrid en 1923 y consolidada durante los veranos en Cadaqués, la amistad entre Federico García Lorca y Salvador Dalí alcanzó su punto máximo cuando Dalí diseñó la escenografía y el vestuario para el estreno de Mariana Pineda en Barcelona, bajo la dirección de la actriz Margarita Xirgu. 

De esta época surge el cuadro La academia neocubista (1926), una pintura. Cabe destacar que esta pintura la protagoniza una figura que ha sido interpretada como un marinero, pero también como San Sebastián, santo patrono de Cadaqués (el sitio donde se conocieron) que, desde finales del siglo XIX, también se convirtió en un icono del homoerotismo. “En mi San Sebastián te recuerdo mucho y a veces me parece que eres tú… ¡A ver si resultara que San Sebastián eres tú!… Pero ahora déjame que use su nombre para firmar. Un gran abrazo de tu San Sebastián”, escribió en 1927 el pintor a Lorca. 

Sin embargo, el vínculo se sostenía sobre una asimetría emocional que las cartas documentan con crudeza. Mientras Lorca utilizaba el correo para proyectar un deseo romántico explícito, Dalí comenzó a responder con una frialdad técnica que anticipaba su ruptura. El quiebre definitivo ocurrió en 1929, cuando, luego del estreno en París de Un perro andaluz; Lorca, tras ver la película, sintió que el título era un insulto directo hacia su persona: “El perro andaluz soy yo”, llegó a decir. A esto se sumó la aparición de Gala en la vida de Dalí, quien se convirtió en su nueva órbita absoluta.

Querido Salvador, Querido Lorquito (Editorial Elba, 2013) editado por el periodista Víctor Fernández, recupera las cartas que ellos se enviaron. Este archivo nos recuerda que, incluso en el silencio de los años posteriores, lo escrito permaneció como un cuerpo presente de su amistad.

El refugio de Medea 

Desahógate conmigo, como lo he hecho contigo tantas veces. Te abrazo fuerte, con mucho afecto, siempre seré, créeme, tu mejor amiga (presunción tal vez).

María Callas

El rodaje en Turquía y Pisa se convirtió en el escenario de una de las amistades más improbables y puras del siglo XX. Cuando María Callas y Pierre Paolo Pasolini se conocieron, durante el rodaje de Medea, ella había sido abandonada por Aristóteles Onassis, su gran amor; él había pensado su película como un tributo a la fuerza que veía en la soprano (quien, hasta ese momento, había rechazado todas las ofertas cinematográficas que se le presentaban).

Además del acompañamiento que propició Medea, la conexión entre ellos salió de la pantalla: se acompañaron en vacaciones en la isla de Tragonisi y en viajes de trabajo por el mundo. Incluso Pasolini llegó a regalarle un anillo, un gesto que en la prensa de la época despertó rumores sensacionalistas. Cuando la distancia física se interponía entre ellos, cultivaron su relación mediante cartas y telegramas en los que podemos observar el cariño que se profesaban. 

María Callas: cartas y memorias (Akal, 2022)  nos permite acercarnos a la vulnerabilidad de la cantante. Entre otras cartas, se encuentra la correspondencia que sostuvo con Pasolini y en ella se revela la ternura y el cuidado que sentían mutuamente, lejos del ojo público. 

Los Fitzgerald, cartas desde el esplendor hasta el ocaso

No hay nada en el mundo que necesitemos ni remotamente tanto como necesitamos tenerte otra vez a ti, recuperado y contento. Mientras tanto sabes que estaré esperando sobre aquella colina verde, y esperándote a ti.

Zelda Fitzgerald 

Si es verdad que el amor se puede tocar, en el caso de Zelda y Scott Fitzgerald se siente como una cicatriz. Aunque el conflicto y la competencia intelectual son aspectos de su relación que no deben minimizarse, al observar su trayectoria en conjunto, se percibe un vínculo cimentado en una admiración y un apoyo mutuo que ni la enfermedad ni el alcoholismo lograron disolver por completo.

Las cartas recogidas en Querido Scott, querida Zelda reconstruyen su relación a través de los ojos de Zelda, desde el inicio de su noviazgo, en la década de 1920, hasta los últimos años de Scott, quien moriría en 1940. Su correspondencia revela un vínculo en el que escribir fue una forma de permanecer en contacto y de dejar constancia.

Tras la muerte súbita de Scott por un ataque al corazón en diciembre de 1940, se encontró en su escritorio el manuscrito inacabado de The Last Tycoon. Ella vivió ocho años más antes de fallecer en el incendio del Hospital Highland en 1948. Su vínculo resistió el colapso de su fortuna y su salud para convertirse en una memoria compartida.

Bachmann y Celan, un pacto después de la catástrofe 

Porque el primer derecho que uno conquista aquí es precisamente ése: proteger a los amigos de las cosas frente a las cuales uno estuvo tanto tiempo desprotegido, desprevenido incluso.

Paul Celan

El vínculo entre Ingeborg Bachmann y Paul Celan intentó conciliar diferencias abismales y heridas que parecían insalvables. Se conocieron en la Viena de la posguerra, en mayo de 1948; ella era una joven estudiante de filosofía e hija de un militar perteneciente al partido nazi; él, un poeta judío de habla alemana, sobreviviente de un campo de trabajo en Rumania que había perdido a sus padres en los campos de exterminio.

Sus cartas, que se escribieron durante más de quince años, nos sumergen en sus reflexiones sobre la literatura, algunos miedos que sentían respecto a la época que vivían, sus relaciones con otros escritores y críticos, pero también en la distancia y el silencio que a veces aparecía entre ellos.

Tiempo del corazón (FCE, 2012) incluye más de doscientas cartas entre Bachmann y Celan, cartas que también se alzan como un diálogo amoroso después de la Segunda Guerra Mundial. Gracias a su correspondencia entendemos que su amor permaneció atravesó el horror y la belleza, y así demostró que el lenguaje puede ser un lugar para la piedad luego de las catástrofes.

Smith y Mapplethorpe o la invención de un mundo 

… pensé, mientras miraba todas tus cosas y creaciones, y repasaba tus años de trabajo, que de todas tus obras, tú continúas siendo la más bella. La obra más bella de todas.

Patt

Dos jóvenes con todo el deseo de convertirse en artistas se conocieron en Brooklyn en 1967. Su relación pasó del amor romántico a una hermandad creativa que perfiló la estética punk y la fotografía neoyorkina. Ella, influenciada por la lírica de Rimbaud y la beat generation, buscaba trasladar el ritmo de la poesía al plano performático. Él, formado en diseño gráfico y artes plásticas, centraba su práctica inicial en el dibujo y el collage de medios mixtos. 

Patti Smith y Robert Mapplethorpe vivieron en una habitación del hotel Chelsea, que, a la vez, funcionó como su laboratorio artístico. En este entorno, Mapplethorpe, motivado por la necesidad de generar sus propias imágenes para sus composiciones, comenzó a utilizar una cámara Polaroid regalada por la cineasta Sandy Daley; por su parte, Patti comenzó a fusionar sus lecturas de poemas con la improvisación, un hallazgo que la llevó a coescribir Cowboy Mouth con Sam Shepard. 

Con el tiempo, sus trayectorias tomaron rumbos distintos. Robert alcanzó la fama mundial con sus exploraciones fotográficas del cuerpo y la sexualidad, mientras que Patti se consolidó como la madrina del punk rock. Sin embargo, su vínculo nunca se debilitó. 

Mi amor por él no podía salvarlo. Su amor a la vida no podía salvarlo. Fue la primera vez que realmente supe que iba a morir. Estaba sufriendo un tormento físico que ningún hombre debería soportar. Me miró con tal aire de disculpa que fue insoportable y me deshice en lágrimas. Él me reprendió, pero me abrazó. Intenté animarme, pero era demasiado tarde. No me quedaba nada más que darle salvo amor. Lo ayudé a sentarse en el sofá. Gracias a Dios, no tosió y se quedó dormido con la cabeza apoyada en mi hombro.

Cuando Robert fue diagnosticado con VIH a finales de los años 80, Patti se convirtió en su apoyo emocional constante y, tras su fallecimiento en 1989, en la guardiana de su legado.

Aunque es más bien una memoria, Just Kids (Éramos unos niños) (Debolsillo, 2015)  funciona como una gran carta de amor. En sus páginas, Smith nos hace partícipes de la lealtad que ella y Robert manifestaron mutuamente. Leer esta obra es tocar el rastro de una devoción que convirtió la vida cotidiana en un acto sagrado de creación compartida.

Avanzar en estos libros nos permite afirmar que la historia del arte es un tejido de respuestas más que un monólogo. Estos trozos de papel nos recuerdan que escribir es una forma de compromiso con la existencia del otro y que cuando el amor deja un rastro material, como las cartas, constatamos que no es una abstracción, sino lo que sustenta la belleza de nuestro día a día.+