Escribir el tiempo: Marco Antonio Mendoza y la historia como destino

Escribir el tiempo: Marco Antonio Mendoza y la historia como destino

Marco Antonio Mendoza Bustamante ha tejido una carrera singular, en la que el servicio público, la divulgación histórica y la literatura convergen como hilos de una misma pasión. Miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y de la Academia Nacional de Historia y Geografía, ha sido honrado con el Premio Nacional de Locución y el Sol de Oro. Sin embargo, más allá de los reconocimientos, su misión es clara: transformar la historia en un puente que conecte a las nuevas generaciones con su pasado, a través de libros que despiertan preguntas, encienden pasiones y revelan la humanidad detrás de los grandes relatos. Lo entrevistamos en Librerías Gandhi, rodeados de anaqueles que guardan historias, tiempo y memoria.

¿Cómo dialogan tus diversas disciplinas en tu trabajo como escritor?

Todo se entrelaza en un solo propósito. Desde niño, soñaba con escribir, incluso antes de descifrar las letras. El derecho me dio un lente analítico para entender las estructuras del poder; el periodismo, la habilidad de narrar con claridad y empatía; y la locución, el arte de dar voz a las ideas. Pero la historia es el corazón de mi trabajo. Es el eje en el que convergen todas mis facetas. Mi meta es acercarla a los jóvenes con un lenguaje claro, emotivo y accesible, que no se sienta como una lección, sino como una conversación viva. Quiero que sientan la historia como algo suyo, no como un relato lejano.

¿Por qué escribir sobre figuras como Carranza, Maximiliano o Carlota?

Porque no son estatuas de mármol, sino personas de carne y hueso, con contradicciones, sueños y decisiones marcadas por su tiempo. Me interesa despojarlos de la rigidez con que a veces los retrata la historia oficial y mostrar su dimensión humana. Al escribir sobre ellos, no busco juzgarlos, sino comprenderlos, y en ese acto, ayudarnos a comprendernos como nación. Figuras como Maximiliano o Carlota, por ejemplo, son espejos de un México en busca de identidad, atrapado entre ambiciones imperiales y raíces profundas. Narrarlos es una forma de explorar quiénes fuimos y quiénes podemos ser.

Hidalgo está muy presente en tus obras. ¿Qué significa tu tierra para ti?

Soy de Tulancingo, Hidalgo, y cada calle, cada plaza de mi tierra cuenta una historia. Creo que la historia nacional no es sólo la suma de grandes eventos, sino un mosaico de relatos locales. A los 18 años escribí mi primer libro sobre Tulancingo, movido por un amor profundo por mi origen. Desde entonces, busco ese hilo invisible que une lo íntimo con lo universal, lo personal con lo colectivo. Hidalgo, con su legado de lucha y resistencia, es un recordatorio de que la historia se escribe desde abajo, desde las comunidades que dan vida a la nación.

¿Cuál es el mayor riesgo de olvidar la historia?

Perdernos a nosotros mismos. La historia no es un lujo ni un adorno; es una brújula que nos orienta. Nos dice de dónde venimos, quiénes somos y qué legado queremos dejar. Desconectarnos de ella es como navegar sin rumbo, condenados a repetir errores o a ignorar las lecciones que nos dejaron nuestros antepasados. La historia no está sólo en los libros antiguos: está viva en las decisiones que tomamos, en las preguntas que nos hacemos hoy.

¿Con qué libro te identificas más?

Por siempre Tollantzinco (Panorama, 2015), mi primer libro, porque fue el comienzo del sueño, la chispa de un joven que quería dejar una huella. Y Maximiliano y Carlota (Panorama, 2021), mi obra más reciente, porque refleja una madurez narrativa, un esfuerzo por abordar la historia con profundidad y empatía. Entre ambos hay una línea que conecta al niño que soñaba con escribir y al hombre que sigue soñando, siempre buscando nuevas formas de contar el pasado.

¿Qué lees ahora?

Estoy inmerso en la investigación para un libro sobre Agustín de Iturbide, un personaje complejo que marcó un momento crucial en la historia de México. También estoy leyendo El infinito en un junco (2019) de Irene Vallejo, un homenaje a los libros y a su poder para preservar la memoria humana. Me siento profundamente identificado con su mensaje: los libros son puentes entre generaciones, entre mundos.

¿Cómo quisieras que los jóvenes se acerquen a tus libros?

Con curiosidad y sin miedo. Quiero que vean mis libros como puertas a otros tiempos, no como tareas escolares. La idea de que los mexicanos no leemos es un mito. He visto a jóvenes devorar historias cuando éstas les hablan con autenticidad. Mi deseo es que encuentren en mis páginas una chispa que los inspire a preguntar, a imaginar, a sentirse parte de la historia. Mientras un solo niño abra un libro, México tendrá futuro.+