Clausewitz, el inesperado maestro de Bob Dylan

Clausewitz, el inesperado maestro de Bob Dylan

Bob Dylan siempre ha hablado en clave, como si cada declaración estuviera cargada de metáforas. Esta vez lo hizo con un libro en la mano. Cuando se le preguntó por sus lecturas favoritas, no citó novelas ligeras ni poetas de moda, sino una obra monumental del siglo XIX: De la guerra, de Carl von Clausewitz. “Leer a Clausewitz te hace tomar tus pensamientos un poco menos en serio”, escribió en Crónicas: volumen uno (2004), aquel volumen de memorias en el que el músico se permitió abrir algunas rendijas de su mundo interior.

La imagen es poderosa: un joven Dylan, en los bares humeantes de Greenwich Village, entre cervezas amargas, canciones prestadas y futuros himnos, hojeando un tratado prusiano sobre la guerra. Mientras otros buscaban versos de Allen Ginsberg o páginas de Kerouac, él se adentraba en una obra que convertía la violencia en filosofía y política pura. “Sentía una fascinación mórbida por estas cosas”, confesó.

Clausewitz no fue un escritor menor. Militar de carrera, dedicó doce años a un proyecto que nunca terminó del todo. Su viuda, la condesa de Brühl, se encargó de publicar en 1832 los manuscritos de De la guerra, un tratado que despoja a la batalla de cualquier épica. Allí se habla del azar, de la niebla que nubla el campo de combate, de la delgada línea entre el genio militar y la suerte. El resultado es un texto que, dos siglos después, sigue siendo referencia en academias castrenses y facultades de ciencia política.

¿Por qué un músico que escribió canciones contra la guerra se sentiría atraído por semejante obra? Tal vez porque Dylan descubrió en Clausewitz a un pensador incómodo, un militar que escribía como filósofo y que recordaba, con crudeza, que las ideas individuales se tambalean cuando chocan con la brutalidad de la historia. En sus años de formación, cuando las palabras ya le pesaban, Dylan halló en esas páginas un espejo deformante: la certeza de que lo personal, lo íntimo, puede ser tan frágil como humo en la madrugada.

La elección dice más de Dylan de lo que parece. Mientras muchos artistas se parapetan en lecturas complacientes, él buscaba libros que le quitaran solemnidad a sus propias certezas. Clausewitz lo obligaba a relativizarse, a recordar que la guerra, como la vida, es también un terreno dominado por la incertidumbre.

Hoy De la guerra circula en ediciones integrales y sigue alimentando debates sobre estrategia, política y poder. Dylan, en cambio, continúa siendo un lector atípico, un Nobel de Literatura que reivindica lecturas arduas frente a la inmediatez de un mundo que parece resumirse en unos cuantos caracteres.

En esa escena improbable —un chico de Minnesota, una guitarra gastada y un tomo prusiano de Clausewitz— se condensa una intuición: hay libros que no solo acompañan, sino que cambian la manera en que uno mide sus propios pensamientos. Dylan lo entendió pronto. Y tal vez por eso sus canciones siguen resonando como si fueran, también ellas, una forma de filosofía escrita con música.