Una amistad colmada de oquedades

Una amistad colmada de oquedades

Por Fernando Sanabrais

 

Si se me obligara a decir por qué yo quería a La Boëtie, reconozco que no podría contestar más que respondiendo: porque era él y porque era yo.

       Michel de Montaigne

A menudo me resisto a hablar con exnovias. Por lo general, romper significa abandonar por completo. No hay mucho que explicar. El silencio, en estos casos, es riguroso. Hay vínculos que sólo persisten a condición de desaparecer. Con la amistad, ocurre lo opuesto. Cuando un amigo se va, la relación no necesariamente se debilita: puede incluso intensificarse. Si el otro ha encontrado motivos para apartarse, generalmente son razones que merece la pena respetar. La conversación continúa, incluso en la ausencia. Aun a riesgo de perderlo para siempre, uno sigue pensando en ese otro. 

Mi amigo Hernán, de Gonzalo Celorio, publicado por Grano de Sal, en coedición con la unam, emerge de ese principio: la imposibilidad de continuar las conversaciones, pero también la incapacidad para interrumpirlas. Hernán Lara Zavala murió en los idus de marzo del año anterior. La fecha, clásica y fatal, parece una ironía que seguramente le habría divertido. La enfermedad los fue acercando, pero no como consuelo, sino como reconocimiento mutuo del deterioro. Las charlas, sin embargo, continuaban cada fin de semana, hasta que el desgaste de Hernán volvió imposible sostenerlas. 

Mi amigo Hernán es, en el fondo, un libro de conversaciones. Conversaciones con los vivos y los muertos. Con los escritores que los formaron, con los colegas, con los amigos en común, con los autores admirados, y también con aquellos con quienes se discrepaba. Celorio reconstruye una vida académica y una labor editorial compartidas desde la complicidad: las aulas, los libros, las editoriales, los proyectos. Hernán no es sólo el amigo perdido: es el interlocutor que obliga a afinar una idea, a corregir una frase, a replantearla.

En uno de los pasajes más reveladores, Celorio recuerda un fragmento de Macho viejo (Alfaguara, 2015), la última obra de Hernán, donde se formula una definición de amistad que funciona también como poética del libro: “Contra lo que uno piensa, la auténtica amistad es un arte, y un arte muy delicado. Conservar una amistad es cuestión de aprecio, respeto mutuo, esfuerzo, paciencia y tolerancia. (…) Lo único que pido a cambio a mis amigos es la verdad, el afecto, la reciprocidad y que no caigamos en resentimientos…”

Más adelante, Celorio se detiene en los viajes compartidos. “¡Cuántos viajes hicimos juntos, amigo querido y añorado! ¡Cuántos! ¡Y a tantos sitios tan diferentes! Con nadie he viajado en mi vida tanto como contigo.” Los viajes aparecen como extensión de la conversación, desplazamientos que prolongan el diálogo. Celorio anota itinerarios, ciudades, trayectos, pero lo decisivo no es el mapa, sino el gesto que sigue: “Recordarte a ti. Recordarte literalmente, es decir, en fidelidad a la etimología de la palabra recordar, ‘volver a pasarte por el corazón’”.

Es verdad que, a veces, uno necesita continuar la reflexión. Dirigirse al otro aun cuando no haya respuesta. En La vida en las ventanas, Andrés Neuman afirma: “Cuando se escribe para alguien que no está, se experimenta un vértigo similar al de esos anuncios donde un coche vacío atraviesa un paisaje: así, sin conductor, nos va paseando el tiempo”. La novela está construida a partir de correos electrónicos que no reciben respuesta de la mujer a la que van dirigidos. Pero ésa es, justamente, la condición de posibilidad de la escritura: escribirle a quien no responderá jamás. 

¿Y para quién se escribe? Philip Roth afirmaba que no tenía ningún interés en el lector, del mismo modo en que el lector no debería preocuparse por el escritor. Así funciona el pacto. Escribir no es dialogar con una presencia, sino con una ausencia organizada.

Como Hernán, Michel de Montaigne nació un 28 de febrero, cuatrocientos años antes. La coincidencia es menor, pero no irrelevante, si se piensa que el creador del ensayo moderno tuvo también un amigo absoluto: Étienne de La Boétie. Y la inesperada muerte del amigo no significó el final de la conversación, sino su desplazamiento y el nacimiento del ensayo como un nuevo género conversacional, una forma de seguir hablando cuando el interlocutor ya no está.

De ahí que resulte pertinente la reciente aparición de Montaigne, etc., de Isabel Zapata, publicado por la editorial argentina Rosa Iceberg, que se presenta con una frase reveladora: “Que otros se jacten de publicar los libros más esperados del año; para nosotras es un orgullo presentarles éste, el más inesperado”. El libro propone una aproximación poética y ficcional a Montaigne a partir de sus palabras y las de quienes lo rodearon. Otra vez: escribir como quien le habla a un amigo ausente.

Al final, Mi amigo Hernán es también una despedida tardía. Una última conversación que no pudo darse. Un duelo escrito. Celorio lo despide de la siguiente forma:

Me dejaste hablando solo, Hernán querido, amigo del alma, compañero. No pude despedirme de ti. Quizá por eso escribo estas páginas, para recordarte, para decirte adiós. Estas páginas han sido mi duelo durante cuatro meses. Las he escrito para prolongar un poco tu vida. He releído tu obra, he relatado la historia de nuestra amistad, he rememorado nuestras conversaciones, nuestros trabajos, nuestros viajes. La escritura ha sido un consuelo, pero ahora que ponga el punto final me entrará sin misericordia la certidumbre de tu muerte, carajo. 

Qué paradoja: me colmaste de vacío, me llenaste de oquedades. Te llevaste el eco de mis palabras, te llevaste mi sombra, te llevaste mis domingos.

Fernando Sanabrais. Escribe. Nació un 28 de febrero, como Hernán y Montaigne. Ha perdido más amigos que novias. Sigue escribiéndoles. No espera respuesta.