¿Por qué Aristóteles sigue siendo el mejor life coach 2400 años después?
Por Herles Velasco
En el vertiginoso carrusel de la vida moderna, las relaciones humanas a menudo se sienten como un conjunto de notificaciones efímeras. Está el amigo que sólo aparece en tu chat cuando necesita un favor; los amigos cuya dinámica se asemeja más a una fusión empresarial, y el torbellino de “amistades” en redes sociales que ofrecen la ilusión de conexión sin la sustancia del afecto. Navegamos por un océano de vínculos superficiales, preguntándonos por qué, a pesar de estar más conectados que nunca, a menudo nos sentimos profundamente solos. La respuesta, o al menos el mapa más preciso para entender este laberinto, no se encuentra quizás en un nuevo podcast de autoayuda, sino en un texto de hace más de dos milenios: la Ética a Nicómaco de Aristóteles.
Lejos de ser una reliquia filosófica, esta obra se revela como el manual de diagnóstico más incisivo para nuestras vidas sociales contemporáneas. La genialidad de Aristóteles reside en su capacidad para vincular de manera inextricable la calidad de nuestras relaciones con nuestro florecimiento personal, un estado que él denominó eudaimonia: la felicidad no como una emoción pasajera, sino como una vida plena y con propósito. Para el filósofo griego, los amigos no son un lujo, sino “lo más necesario para la vida”.
Hoy, nos proponemos decodificar las tres “categorías” de amistad que Aristóteles identificó, y demostrar su asombrosa vigencia al aplicarlas a los íconos de nuestro tiempo que definen esta era. A través de este lente, desentrañaremos el concepto moderno de toxicidad entendido como una desviación predecible de los principios aristotélicos, más que como una falla personal inexplicable. Al final, este análisis ofrecerá una hoja de ruta, una guía aristotélica para auditar nuestros círculos sociales, descartar los vínculos que nos drenan y, finalmente, cultivar esas raras y preciosas amistades que nos ayudan a convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos.
Los tres tipos de vínculos que definen tu vida social
Aristóteles, con la precisión de un biólogo que clasifica especies, dividió las relaciones humanas en tres categorías fundamentales, basadas no en la intensidad del sentimiento, sino en el propósito que las sustenta. Comprender esta taxonomía es el primer paso para diagnosticar la salud de nuestro ecosistema social.
La primera categoría, y quizás la más reconocible en nuestro mundo pragmático, es la amistad por utilidad. Aristóteles la define como una relación en la que el afecto no se dirige a la persona en sí, sino al beneficio o provecho que de ella se obtiene. Estos vínculos son inherentemente transaccionales: compañeros de trabajo que colaboran en un proyecto, socios de negocios, o ese contacto que te puede conseguir entradas para un concierto. Son, por naturaleza, frágiles y accidentales; como señala el filósofo, se disuelven tan pronto como la utilidad cesa. Aristóteles observó que estas amistades son particularmente comunes entre los adultos y los ancianos, quienes, por experiencia, tienden a buscar lo práctico sobre lo meramente agradable.
Ninguna obra de la cultura pop contemporánea disecciona este tipo de vínculo con la brutalidad de Succession (2018). La relación central entre Shiv Roy y Tom Wambsgans es el arquetipo del matrimonio por utilidad. Tom, un hombre de origen modesto y ambición desmedida, no se casa con Shiv por amor, sino por el acceso al poder y al estatus que el apellido Roy le confiere. Su propuesta de matrimonio —estratégicamente lanzada mientras el patriarca Logan Roy yace en coma— no es un acto de pasión, sino una jugada maestra de networking para asegurar su posición en la línea de sucesión. A su vez, Shiv utiliza a Tom como un “esposo trofeo”, un compañero sumiso que no representa una amenaza para sus propias aspiraciones de poder. Ella lo ve como un activo manejable, alguien a quien puede dominar y que, en su retorcida visión del mundo, valida su capacidad para “tenerlo todo”. Cada favor, cada confidencia, se mide en un cálculo de costo-beneficio personal. La traición final de Tom (spoiler), cuando se alía con Logan en contra de los hermanos Roy, es la conclusión lógica de esta amistad: en el momento en que la utilidad de su lealtad a Shiv se agota, el vínculo se rompe sin contemplaciones.
A una escala mayor, las alianzas políticas en Game of Thrones (2011) ilustran este principio a la perfección. Las casas nobles de Westeros forjan y rompen pactos matrimoniales y militares no por afecto, sino por pura conveniencia estratégica. La amistad entre Tywin Lannister y cualquier otro señor es un contrato temporal basado en el poder y la supervivencia.
Es crucial entender que Aristóteles no condena estas relaciones; las reconoce como una parte necesaria y funcional de la vida social. El problema —y la fuente de mucho dolor y conflicto— no es la existencia de vínculos utilitarios, sino la falta de claridad sobre su naturaleza. El drama en Succession surge precisamente en esos momentos en que uno de los participantes, generalmente Tom, anhela una intimidad o lealtad que la estructura transaccional de la relación simplemente no puede soportar. La “toxicidad” en estos casos no proviene de la transacción en sí, sino de la expectativa errónea de que un contrato de utilidad ofrezca la seguridad y el afecto desinteresado de una amistad verdadera.
La segunda categoría de Aristóteles es la amistad basada en el placer. Estos son los vínculos forjados en la diversión compartida, la camaradería y el disfrute mutuo. Son las amistades de la juventud, impulsivas y, a menudo, tan cambiantes como los gustos y las pasiones que las alimentan. En estas relaciones, el afecto no se dirige al carácter del otro, sino al agrado que su compañía produce. Son los amigos del bar, los compañeros de equipo, el grupo con el que vas a festivales de música.
La cultura pop está repleta de celebraciones de este tipo de amistad. Las icónicas series Friends (1994) y Sex and the City (1998) son monumentos a los vínculos forjados en el placer de la juventud urbana. Los seis amigos de Central Perk y las cuatro amigas de Manhattan construyen sus universos en torno al ocio compartido, las citas, las cenas y el apoyo mutuo en las vicisitudes de la vida de veinteañeros y treintañeros. En Sex and the City, las conversaciones explícitas sobre placer, sexo y relaciones no son sólo un tema, sino el pegamento que une al grupo, creando un espacio de validación y disfrute.
Sin embargo, Aristóteles nos advierte de su inherente fragilidad. Al estar basadas en el placer, estas amistades “se disipan con facilidad” cuando el placer cesa o los intereses divergen. Los jóvenes, observa, “se hacen amigos rápidamente y se alejan de repente”. Es una verdad que con frecuencia se elude, pero que resuena en la experiencia de muchos. Esta desilusión no surge porque la amistad fuera “falsa” o “tóxica”, sino porque su propósito fundamental —el placer compartido— cumplió su ciclo. Las personas maduran, se casan, desarrollan nuevas aficiones y el contexto que sostenía la relación desaparece. El error contemporáneo, a menudo, es etiquetar el fin natural de una amistad por placer como una traición o un fracaso personal. En realidad, estas relaciones son el campo de entrenamiento para la virtud. Son el primer escenario donde aprendemos sobre lealtad, conflicto, alegría y decepción. No obstante, su estructura no está diseñada para la permanencia incondicional, y esperar que lo sea es prepararse para una inevitable decepción.
Finalmente, llegamos al pináculo de la taxonomía aristotélica: la amistad perfecta o de virtud (teleia philia). Ésta es la forma más elevada, rara y duradera de relación humana. A diferencia de las otras dos, no se basa en un beneficio accidental (utilidad) o en una cualidad pasajera (placer), sino en el aprecio mutuo y estable por el carácter del otro. En esta amistad, las personas se quieren por lo que son y desean el bien del otro por el bien del otro mismo, no por lo que puedan obtener de él.
Este tipo de amistad no surge de la noche a la mañana. Aristóteles insiste en que “exige tiempo” y confianza, y que sólo puede florecer entre personas buenas y virtuosas. Requiere intimidad, convivencia y un profundo conocimiento mutuo, lo cual es “sobremanera difícil”. Por esta razón, uno no puede tener muchos amigos de este calibre. En su formulación más célebre, Aristóteles describe al amigo de virtud como un “otro yo” (allos autos), un espejo en el que podemos ver reflejadas y objetivadas nuestras propias virtudes y afectos.
La cultura popular, en sus narrativas más épicas, nos ha regalado arquetipos de esta amistad perfecta. La relación entre Frodo Bolsón y Samsagaz Gamyi en El Señor de los Anillos es quizás el ejemplo más puro. Sam no acompaña a Frodo a Mordor por utilidad —no busca el poder del Anillo— ni por placer —el viaje es una agonía constante—. Lo hace por una lealtad inquebrantable y un amor profundo al carácter de su amo y amigo. Su vínculo no sólo sobrevive a la adversidad, sino que se forja y se fortalece en ella, una característica que Aristóteles consideraba una prueba de la verdadera amistad.
De manera similar, el trío de Harry, Ron y Hermione en la saga de Harry Potter trasciende los intereses comunes de la vida escolar. Su amistad se fundamenta en una admiración recíproca por sus respectivas virtudes: la valentía y el sacrificio de Harry, la lealtad incondicional de Ron y la inteligencia y compasión de Hermione. Se comprometen con el bienestar de los demás hasta el punto de arriesgar sus propias vidas, lo que demuestra que su vínculo no es accidental, sino una elección deliberada basada en el bien.
Aristóteles afirmaba que “con amigos los hombres están más capacitados para pensar y actuar” y que la convivencia con personas buenas es un “inmejorable estímulo para la virtud”. Esta idea contrasta radicalmente con la noción moderna de la amistad como un “espacio seguro” de validación incondicional. Para Aristóteles, un verdadero amigo te acepta como eres, pero también te ayuda a ser mejor, activamente. La amistad perfecta, por tanto, no es sólo un refugio, es un gimnasio ético donde dos almas se ejercitan juntas en el arte de vivir bien.
Más allá de los likes
La sabiduría atemporal de Aristóteles nos ofrece mucho más que una simple clasificación de amigos; nos proporciona un mapa completo para navegar la complejidad de las relaciones humanas en la era moderna. Nos enseña a mirar más allá de la superficie, a diferenciar entre los vínculos transaccionales, los placenteros y los verdaderamente virtuosos. Nos da las herramientas para diagnosticar la “toxicidad” no como un defecto misterioso en los demás, sino como el resultado predecible de expectativas desajustadas, de la falta de reciprocidad y de un egoísmo que corrompe el propósito mismo de la conexión.
Pero diría que el mensaje más poderoso y perdurable de la Ética a Nicómaco es la conexión inseparable entre la amistad y la felicidad. Para Aristóteles, cultivar amistades de virtud no es un simple extra para una vida ya ocupada. Es, en sus propias palabras, “lo más necesario para la vida”, un componente esencial e insustituible de la eudaimonia, esa vida de florecimiento, propósito y realización.
En un mundo saturado de conexiones superficiales y validación digital, la búsqueda activa de la amistad virtuosa —ésa que requiere tiempo, confianza, reciprocidad y un compromiso mutuo con el bien— se convierte en un acto radical. Es el antídoto definitivo contra la soledad de la multitud, el camino para encontrar a nuestro “otro yo” y, en última instancia, la forma más segura de construir no sólo mejores relaciones, sino una vida más feliz.+
