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Mujeres, hackers de la Ilustración

Mujeres, hackers de la Ilustración

Por Aura Rosalía Cruz Aburto

Immanuel Kant, padre de la filosofía moderna, creador del “sujeto trascendental”, escribió que la Ilustración es la salida del “hombre” de su minoría de edad; es decir, de su incapacidad de “servirse de su propio entendimiento” sin la ayuda de alguien más. Vaya, en palabras llanas, la Ilustración para Kant supuso asumir el llamado a pensar por cuenta propia, a ser capaces de determinarnos a nosotras(os) mismas(os). Este reto, para sorpresa del “hombre ilustrado”, también fue tomado en serio por diversas mujeres que decidieron hacerse una voz y un pensamiento propio no necesariamente gracias a todas las condiciones de su tiempo —por lo menos no las jurídicas que les negaban el goce de derechos civiles arguyendo una supuesta inferioridad biológica en el ejercicio de la razón—, sino al encuentro de las fisuras, de las posibilidades marginales que, a pesar de todo, estos tiempos abrían para que las mujeres se hicieran, sino oír, sí leer. Veamos.

La época de la Ilustración, particularmente en Francia desde donde situaré el relato de este artículo, se mueve en dos etapas históricas que, como tales, deben ser consideradas formaciones históricas radicalmente diferentes: el Antiguo Régimen y la época posterior a la Revolución Francesa —acontecimiento que genera esta disrupción histórica— que se compondrá por los tiempos de la República y, más tarde, el Imperio napoleónico.

De manera muy esquemática, cuando se habla de Antiguo Régimen nos estamos refiriendo a un sistema político, social y económico que se desarrolló en Europa entre los siglos XV y XVIII. Se caracterizó fundamentalmente por gobiernos monárquicos absolutos (es decir, en los que la voz del monarca era la voz no sólo dominante, sino única y definitiva), cuya sociedad estaba estructurada de manera estamental, es decir, por diversos grupos sociales claramente diferenciados y estratificados: la nobleza, el clero y el pueblo llano. En su última etapa, el Antiguo Régimen presentó monarquías a las que se denominó “ilustradas” ya que los gobernantes de ese mundo —ese que no tardaría en caer— se interesaron en el nuevo ideario e incluso lo adoptaron introduciendo algunas reformas dentro de sus propios gobiernos.

Es así que en esos últimos tiempos del Antiguo Régimen ya circulaban ideas ilustradas por todas partes, cuya arma y aspiración más importante sería la razón para confrontar el dogmatismo de tiempos premodernos. Entonces, se creía que la racionalidad —reunión de entendimiento y razón, dos facultades humanas superiores— garantizaría el paso a tiempos más promisorios para la humanidad, tiempos de libertad, igualdad (al menos civil) y fraternidad. Las supercherías y los abusos cometidos en nombre de una autoridad divinamente conferida quedarían, supuestamente, atrás por las garantías que estas nuevas luces traerían. Se creía, por ejemplo,  que lo que se prefiguraba como ciencia haría a las personas más sabias y con los descubrimientos derivados de ella, la gente accedería a una vida más saludable y de bienestar, dando por descontado que la distribución de los beneficios de la ciencia y de la técnica no se dan en automático, es necesario poder acceder a esto a través de la justicia social distributiva que para aquellas épocas ni siquiera era un tema a discutir. O, por ejemplo, se asumía que el conocimiento académico haría a la gente más noble, omitiendo el hecho de que no es tan sólo la ignorancia la que nos hace incurrir en el mal, sino los problemas de carácter y la falta de conciencia crítica.

Sin embargo, es importante decir que estas ideas, si bien serían útiles para desmantelar la atribución de un derecho divino para gobernar por parte de los monarcas, en un principio serían adoptadas por muchos de ellos paradójicamente como ya adelanté en párrafos anteriores. Asimismo, sería durante esta etapa, el Antiguo Régimen, cuando abundaría la experiencia de conversaciones movilizadas por estas nuevas ideas en los salones literarios promovidos particularmente por mujeres aristócratas, tales como la reconocida Madame Geoffrin, la anfitriona y gestora del salón más influyente de la Ilustración en París, desde donde financió la publicación de la Enciclopedia de Diderot y coordinó las redes de correspondencia entre intelectuales y monarcas europeos.

 Además de codearse con personajes tales como Diderot, Voltaire y el mismo Benjamin Franklin, personajes claves de la Ilustración, Madame Geoffrin establecería un intenso intercambio epistolar con la zarina rusa Catalina la Grande, emperatriz de Rusia que utilizó el pensamiento ilustrado como herramienta de Estado. En este tenor, cabe decir que estas anfitrionas no sólo eran destacadas y finas organizadoras de encuentros sociales, sino que eran partícipes activas de las conversaciones, permeadas por el influjo de tales encuentros con tan renombrados intelectuales, también habrían desarrollado una elaborada facilidad de palabra que sería identificada como un estilo preciosista del discurso. Por otro lado, en el extremo opuesto de la sociedad, las mujeres comerciantes de pescado, marchantas, también serían identificadas socialmente por su agilidad de palabra, aunque, por supuesto, asociadas también con un estilo tildado entonces de vulgar. Aunque el contraste entre estos dos sectores sociales femeninos parece insuperable compartían un rasgo: la habilidad para el despliegue oral y su desarrollo como arquetipos de la época que sabían hacer oír su voz. ¿Qué nos dice esto? De alguna manera, las mujeres no estaban silenciadas en el Antiguo Régimen, incluso gozaban de un cierto reconocimiento social, tanto que el mismísimo Jean-Jacques Rousseau se atribulaba tratando de explicarse de dónde provenía esta agilidad, esta facilidad retórica demoníaca que poseían las mujeres. Incluso llegó a postular una hilarante explicación biológica: ¡seguro tenían una lengua más flexible! (muero de risa). 

Grandes oradoras: un reconocimiento cubierto de desprecio

Pero pongamos todo en perspectiva, tampoco es que las mujeres fueran consideradas en toda su dignidad humana, no pequemos de ingenuidad. Por un lado, es cierto que al existir la posibilidad de tener libertad de expresión verbal habrían mostrado sus dotes para la oratoria, la más alta y la más popular. Pero, por otra parte, también es cierto que se estigmatizaba esta capacidad como o de demasiado afectada (la de las salonnières, gestoras culturales y políticas; nodos que conectaba el pensamiento de los filósofos con el poder de los monarcas) o de demasiado vulgar (la de las marchantas de pescado), en términos del argot actual, se les consideraba “buenas para el choro”, no así para la argumentación racional. Al final, el discurso noble, suficientemente sobrio y razonable era masculino y su espacio por supuesto que no era ni el salón ni el mercado sino la academia y los espacios institucionales donde se forjaban las leyes y se deliberaba en política formal.

Pese a que, como señalé en las líneas precedentes, las mujeres gozaban de derecho a la voz viva, aunque con un cierto desprecio a sus capacidades para la oratoria, a partir de la revolución las cosas tomarían un giro que tampoco podría considerarse de triunfo y gloria para el género pero que, de manera astuta, sería apropiado por nuestras predecesoras.

Mujeres de la Revolución: “piratas” de la escritura

A partir de la Revolución Francesa y con la instauración de la República, muchas cosas entrarían en un profundo proceso de transformación. En ese decurso se abrirían intensas discusiones que entrarían en la disputa por la fundación de un nuevo régimen político. Al mismo tiempo, se desataría una vigilancia intensa hacia los dichos en público con vistas a identificar las enemistades de la revolución. Concretamente, aquella vieja libertad de palabra que de alguna manera habían gozado las mujeres de la época se había esfumado y, más tarde, en tiempos del Imperio, incluso se habría promulgado un decreto de ley que sometería a las mujeres legalmente a la voluntad de sus maridos quienes eran considerados ciudadanos, mientras a ellas se les negaba ese derecho… en efecto, ¡viva la fraternidad!, puros hermanos, hermanas no. 

¡Vaya horizonte sombrío!, aunque, ¡un momento! No tanto. ¿Por qué me atrevo a decir que no tanto? Porque, mientras sin duda en el campo jurídico y político las mujeres estaban siendo tan perseguidas que incluso, algunas de ellas como Olympe de Gouges perderían la cabeza por escribir en un panfleto una Declaración de los derechos universales de la mujer (1791) parte de las apuestas de la Ilustración, como es el caso de la Enciclopedia y una serie de reformas políticas, habilitarían la democratización de la educación. ¿En qué redundaría lo anterior? En la alfabetización de muchos y, sobre todo, muchas que antes no lo estaban y en la configuración de grandes masas de personas lectoras y, por supuesto, en un nuevo y abundante campo de demanda para quienes tenían por oficio escribir.

Sin embargo, es importante decir que no es que los ilustrados hubiesen consentido desde el inicio en su proyecto educativo la figura de las mujeres. En, por ejemplo, Emilio, o de la educación (1762), Rousseau hablaba de un ideal educativo que consistía en dar forma al “hombre natural” cuyas principales características serían la bondad, la libertad y la autonomía, es decir, un ser libre que adecuaría su comportamiento a su naturaleza auténtica y no a imposiciones de cualquier tipo… vaya, un hombre ilustrado capaz de hacer uso de su propio entendimiento. Todo esto suena promisorio, ¿o no? Pero lo que escapa es que Rousseau señalaba que esta educación era óptima para los hombres, quienes poseían una facultad biológica para alcanzar este desarrollo, no así las mujeres que, para él, deberían atenerse a una educación propia de lo que él consideraba sus limitaciones y su destino también natural: la vida doméstica.

No obstante, para sorpresa de Rousseau (y muchos otros más), las mujeres no sólo poseerían una lengua ágil y filosa, sino que, aprovechado las coyunturas de entonces, se habilitarían para la escritura y adquirirían una educación formal a la que antes no era ni tan fácil ni tan habitual acceder, colándose por la rendija de este proyecto revolucionario que insistía en excluirlas. 

De un proyecto envenenado de patriarcado a un antídoto para la constitución de sí mismas: pensadoras por derecho propio

Las mujeres ilustradas serían la encarnación viva de este impulso. Por ejemplo, Madame de Staël, filósofa, mujer de letras y pensadora política, escribiría una gran cantidad de obras en una amplia diversidad de géneros literarios abarcando desde la novela hasta el tratado con una serie de características transversales a sus reflexiones: la afirmación de la individualidad (¿no les resuena acaso con el gran proyecto ilustrado de Kant?) y la pasión que, un siglo más tarde, sería motivo de toda una poderosa vertiente del pensamiento filosófico: el Romanticismo. Me parece, en lo personal, sumamente necesario destacar este último rasgo porque, a diferencia de los ilustrados varones, sería precisamente una mujer, reconocida hoy en día como una precursora del feminismo, la que reconocería que la sensibilidad tendría un papel fundamental en el impulso del pensamiento, en el alcance de la autonomía, y no meramente la fría y calculadora razón.

Sin duda, hay muchas más mujeres que reclaman su lugar en estas líneas, este texto llama a continuar con el despliegue y la difusión de sus historias. Es necesario honrarlas porque en un mundo que se presumía liberador universal y donde ellas encontraron censura, omisión jurídica e incluso denostación hasta biológica, estas mujeres supieron apropiarse del patrimonio intelectual de la época y convertirlo en un botín propio, hackearon el proyecto moderno envenenado de patriarcado y supieron convertirlo en un antídoto con el que se apropiaron del derecho a constituirse a sí mismas, no sólo a difundir sus ideas a través de la escritura, sino a prefigurar su propio pensamiento, es decir, a llevar a cabo ese gran proyecto preconizado por Kant en ¿Qué es la ilustración? (1784) ser capaces de pensar por sí mismas, hacer uso de su propio entendimiento, ser mujeres ilustradas.+

Aura Rosalía Cruz Aburto es arquitecta por el Tecnológico de de Monterrey, maestra en diseño, filósofa y candidata a doctora en filosofía por la unam, aunque prefiere pensar que más bien es un híbrido entre arte, diseño y filosofía. Profesora en diversas instituciones e investigadora independiente. Cada vez que algo la inquieta, escribe, dibuja o borda.