Las brujas de El Paso, de Luis Jaramillo
Es culpa suya —le espeta Sofía a Marta, que está sentada detrás del escritorio, frente a ella—. Mi marido me dejó. Mis hijos no me dirigen la palabra.
—Los casos como este se tardan bastante tiempo —le dice Marta, tratando de ser paciente. Sofía tiene más o menos la misma edad que ella, cuarenta y tantos. Están hablando en español. Marta toma aire—. Sé que ha sido difícil para usted.
—Usted qué va a saber de mi vida. Usted sí es ciudadana estadounidense. Su esposo es médico. Es una abogada rica —se queja Sofía, estrujando su bolso contra el pecho.
Marta se inclina, y el filo del escritorio se le clava en los antebrazos. Nadie puede pensar que su trabajo la hace rica o que cualquier otro empleado del despacho está allí por dinero.
—¿Por qué vino hoy al despacho? —le pregunta Marta, tratando de sonar amable.
—Ojalá jamás las hubiera conocido, ni a usted ni a Linda.
—Ya es un poco tarde para decir eso —contesta Marta. Calma… calma.
—Son brujas. Me echaron el mal de ojo.
A Marta ningún cliente la había tratado de bruja antes, ni la habían acusado de desearle el mal a nadie. Y Linda Camacho, la trabajadora social, es la persona más religiosa que Marta conoce, genuinamente religiosa.
—Lo único que hemos hecho es tratar de ayudar —afirma Marta, y el tono de mártir de su voz le parece odioso. Comienza a oír un zumbido en su oído izquierdo, y menea la cabeza.
Sofía la mira, y sus ojos saltones parecen aún más protuberantes en su cara redonda.
—Voy a decirles a los investigadores que me equivoqué.
—¿Que se equivocó con respecto a qué?
—A Soto. Les voy a decir que nunca me puso un dedo encima. Marta siente que se le hiela el cuerpo, y el zumbido se hace más
intenso. Se frota las sienes.
—Si cambia su testimonio, sería como admitir que cometió perjurio.
—No sé qué es eso ni me importa.
—No sea idiota —revira Marta.
Sofía retrocede como si la hubieran abofeteado, y parece que quisiera hundirse y desaparecer en el asiento. Marta siente que hubiera podido contestarle de manera menos brusca, pero no se arrepiente de haber dicho la verdad. Sofía no tiene idea de lo que está haciendo ni del trabajo que está deshaciendo.
Sofía se levanta torpemente, y el bolso se le cae al suelo. Se abre, desparramando su contenido. Marta rodea el escritorio, agachándose para recoger un cepillo de pelo, un estuche de polvos faciales, un tubo de brillo labial, un espejito, un paquete de chicles de canela y una estampita laminada de la Santa Muerte. Le entrega todo a Sofía, que lo embute de nuevo en la bolsa. Marta divisa una cuenta de vidrio azul que ha rodado hacia la pata del escritorio. La levanta, sosteniéndola en la palma de la mano. Sofía se la arrebata de un manotazo.
—Voy a contarles a las otras cómo me ha tratado usted. Ellas tampoco están contentas con cómo va el caso —dice Sofía, de camino hacia la puerta.
Marta se alegra de verla irse. Sofía siempre ha sido un problema, incluso al principio, cuando se quejó del monto de los honorarios del despacho, convencida de que Marta pretendía quedarse con una porción de la indemnización, como si fuera una de las socias de una firma de abogados comerciales en lugar de la subdirectora de un bufete jurídico sin ánimo de lucro al borde de la quiebra.
Marta se da la vuelta para contemplar la sierra de los Mansos. El viento del oeste forma tolvaneras de polvo amarillo sobre el cie- lo azul. Abajo, los carros se deslizan por las calles del centro de El Paso. Los senderos de la plaza San Jacinto brillan con la luz del sol poniente.
Cuando el despacho presentó la demanda por acoso sexual en contra de la compañía Soto Pecans y de su dueño, Marta les advir-tió a sus clientas que las cosas se podían poner feas. Durante el proceso, las mujeres y todos sus allegados habían recibido citaciones y habían tenido que acudir a declarar, sacando a la luz sus secretos. Con la revelación de cada detalle desagradable, el equipo jurídico de Soto Pecans había atacado con más fuerza a las demandantes. Mientras tanto, Marta siente que con cada nuevo ataque pierde una parte de su ser.
A veces se pregunta si en realidad todo esto está sirviendo de algo, si no habría sido mejor que se esforzara por llegar a convertirse en jueza, como lo esperaba su abuela Olga y todos los demás. En días como este, le parece que el caso de Soto Pecans ha sido perjudicial para sus clientas, que nunca tenían tiempo para nada fuera de su trabajo.
