La tierra donde volvimos a nacer, de Jaime Laventman: memoria, raíces y supervivencia
En La tierra donde volvimos a nacer, Jaime Laventman convierte la literatura en un ejercicio de memoria. Su novela narra la travesía de dos jóvenes parejas judías que, en 1924, deciden abandonar Europa oriental para escapar de un destino marcado por la persecución y la violencia. Desde Ucrania y Polonia parten rumbo a México, llevando consigo el peso de los que quedaron atrás y la esperanza de reconstruir la vida en un territorio desconocido.
Los protagonistas —Yehuda y Natasha, Leah y Yakov— provienen de Zhytomyr y Cracovia, ciudades donde el antisemitismo había dejado cicatrices profundas. El puerto de Veracruz aparece como la puerta de entrada a un país que, tras su Revolución, se encontraba en plena transformación. Allí, los recién llegados descubren un entorno generoso, dispuesto a recibirlos, aunque las marcas del pasado persisten como una sombra difícil de disipar.
La novela retrata esa tensión entre lo que se deja atrás y lo que se intenta construir. México se convierte en una segunda tierra natal, un espacio fértil para forjar instituciones, oficios y comunidades. Sin embargo, Laventman muestra que los secretos, las traiciones y las culpas viajan también en las maletas. No se trata solo de sobrevivir a las guerras y al desarraigo, sino de aprender a convivir con las cicatrices que se heredan de generación en generación.
Con una narrativa precisa y profundamente emotiva, Laventman entrelaza lo íntimo y lo colectivo. La vida cotidiana de los personajes —el trabajo, la crianza de los hijos, la construcción de espacios comunitarios como escuelas o cementerios— se despliega en paralelo a un trasfondo histórico que marcó al siglo XX. El resultado es un mosaico en el que las historias personales iluminan la experiencia más amplia de miles de migrantes judíos que encontraron en México un refugio y una nueva posibilidad.
Más allá del registro histórico, la novela reflexiona sobre la identidad y el arraigo. ¿Qué significa “volver a nacer” en un lugar ajeno? ¿Cómo se transmiten las memorias del dolor sin condenar a los descendientes a repetirlo? Estas preguntas recorren la obra y colocan a los personajes frente a dilemas que aún resuenan: el equilibrio entre la adaptación y la fidelidad a las raíces, la necesidad de reconstruir la vida sin olvidar el origen.
La tierra donde volvimos a nacer es, en última instancia, un homenaje a quienes cruzaron mares y fronteras para rehacerse en otro país. Pero también es una advertencia: la historia del exilio y la persecución nunca debe borrarse. Laventman rescata esas voces para recordarnos que la memoria, aunque dolorosa, es el único terreno firme sobre el que se puede fundar un futuro.
