Hamnet de Chloé Zhao y el chisme literario detrás de la imagen cinematográfica

Hamnet de Chloé Zhao y el chisme literario detrás de la imagen cinematográfica

Por Jorge Luis Tercero Alvizo

 

To be or not to be (cinemá)

 that is the question.

Rumbo a la 98ª edición de los Premios Oscar 2026, el nuevo filme de la directora china Chloé Zhao, titulado Hamnet (2025), se alza como una de las favoritas para esta ceremonia de la Academia; una fastuosa producción de Steven Spielberg que ya cuenta con ocho nominaciones (Mejor película, Mejor dirección, Mejor actriz para Jessie Buckley, Mejor guion adaptado, Diseño de producción y Música original). ¿Pero qué se esconde detrás de todos estos aplausos e impresionante trabajo fílmico y actoral, que a más de uno lo ha dejado llorando a moco tendido sobre sus palomitas? “The rest is silence”, ¿o no?

“Joder, es teatro, es Shakespeare”, emulando al famoso meme se dijeron algunos al ver esta nueva cinta de Zhao. Y justo ahí encontramos un primer punto a valorar en este chisme cine-literario. Lo que en realidad vimos en pantalla es totalmente cine, nada de teatro y, concediendo un poco, diría que quizá un experimento, un híbrido cargado de un mucho de literatura adaptada a la imagen fílmica. 

Es incauto hablar de la superioridad del libro ante la película, pero en este particular caso sí me gustaría rescatar que el libro de Maggie O’Farrell es por sí mismo bastante cinematográfico, pues arranca con un tremando plano secuencia al estilo del neorrealismo italiano en donde perseguimos los pasos del pequeño Hamnet a través de su casa y la villa de Stratford, en busca de ayuda para su hermana Judith que ha contraído la peste. 

Detrás del guión de esta mega producción estuvieron la misma Zhao y la escritora del libro Hamnet (2020), la irlandesa Maggie O’Farrell, quienes buscaron crear una un puente entre libro y cine y, a mi parecer, lograron una versión muy autónoma. Es interesante encontrar este tipo de colaboraciones con resultados cinematográficamente tan gratificantes, entre dos artistas mujeres, de ámbitos diferentes, como también sucedió recientemente con la cinta argentina La virgen de la tosquera (2025), en la que Laura Casabé y la escritora Mariana Enriquez colaboraron muy de cerca en la construcción del filme.

 

Hamnet cuenta con las actuaciones de Jessie Buckley (a quien recordamos de I’m thinking of ending things, 2020, de Charlie Kaufman), Paul Mescal (Aftersun, 2022), la enorme Emily Watson (de Breaking the waves, 1996; Red Dragon, 2002; Punch-Drunk Love, 2002, entre otras); además de Bodhi Rae Breathnach (como Susanne Shakespeare) a quien veremos más adelante en el nuevo filme de Robert Eggers; Olivia Lynes (como la pequeña Judith Shakespeare); y el joven Jacobi Jupe, quien se roba la película, al punto que mucha gente en X opinó que debió haber sido acreedor a una nominación para el Oscar. 

Sobre Chloé Zhao o Zhao Ting (Pekín, 1983) debemos saber es que es una realizadora china que se formó en Inglaterra y Estados Unidos, y que, después de Kathryn Bigelow, es la segunda mujer en la historia de los Oscar en ganar el premio a mejor dirección. Su Oscar lo obtuvo por Nomadland (2020), película que también mereció el premio a la mejor película en la 93ª entrega. Además de Hamnet y Nomadland, en su filmografía también se encuentran Songs my brothers taught me (2015), The rider (2017), y la infame y perfectamente olvidable Eternals (2021), del MCU. 

Del otro lado, tenemos a Maggie O’Farrell, novelista de Irlanda del Norte, que tiene entre su literatura obras como Después de que te fuiste (2000), La primera mano que sostuvo la mía (2010) y El retrato de casada (2022), entre otras. Por Hamnet ganó el Womens Prize for Fiction, además de buenas críticas del Washington Post y The New York Times

Ahora bien, los datos históricos duros que tenemos como antecedente y de los que parte la novela, son que, “en la década de 1580, una pareja que vivía en Henley Street (Stratford) tuvo tres hijos: Susana y Hamnet y Judith, que eran gemelos. Hamnet, el niño, murió en 1596 a los once años. Cuatro años más tarde su padre escribió una obra de teatro titulada Hamlet”, según la ficha del libro, en la edición al español de Libros Asteroide, traducida por Concha Cardeñoso Sáenz de Miera. 

La exuberancia del bosque de Stratford es el telón de fondo para la secuencia que abre esta adaptación de la novela de O’Farrell, en donde se reinventa (de forma calculada) la vida personal de William Shakespeare, a partir de la exploración del dolor ante la muerte de un hijo de once años y cómo esto (pudo haber influido o) influyó en la creación de la famosa pieza teatral Hamlet. Sobre la confusión entre los nombres Hamlet y Hamnet, el libro aclara que se trata de una variación del mismo nombre. Así que los factos están ahí, todo sucedió, fue parte de la vida real, pero como dice el narrador del filme Reconstrucción (2003) del danés Christoffer Boe, “lo que usted está a punto de ver en pantalla se trata de una reconstrucción.” 

Dentro del bosque somos invitados por la cámara del polaco Łukasz Żal a mirar la conexión que el personaje de Agnes (interpretado por la también irlandesa Jessie Buckley) mantiene con la naturaleza. Ella se recuesta en posición fetal dentro de la maleza, busca hierbas y también entrena a su halcón, todos estos actos como su forma de reconectar con su fallecida madre, una mujer a la que tildaban de bruja, de espíritu del bosque, al igual que a ella. Del otro lado, tras un vidrio (en una escena como recetada por Andrey Tarkovsky), un tutor de latín (sin nombre al principio) interpretado por Paul Mescal (arracada en el oído y buena pinta), la mira con curiosidad. Se establece una conexión entre ambos que dará fruto a tres hijos, Susanne, Judith y Hamnet. 

Similar a lo sucedido en la tragedia Romeo y Julieta, las familias de Agnes y el joven preceptor de latín (varios años menor que ella: 18 contra 26, según el dato histórico) no se llevan muy bien. Existe una deuda del padre de Shakespeare al padre de Agnes que se explora poco en el filme y el desdén de todo el pueblo hacia la joven, a la que se le atribuyen poderes de bruja, herencia de su madre biológica. John Shakespeare (David Wilmot), padre de William, es un hombre violento que lo golpea, mientras la madrastra de Agnes, Joan Hathaway (Justine Mitchell) es una mujer que la desprecia por ser la hija del matrimonio anterior y, también, por su rebeldía feral. Agnes se cría al lado de su hermano menor, Bartholomew (Joe Alwyn), quien en el la protege y acompaña en diferentes momentos del filme. 

Es interesante la forma en que Zhao da más foco a cuadro a la relación entre Agnes y el dramaturgo, cuando en el libro se exploraba un poco más a Agnes y su duelo (rabia) ante la pérdida del hijo. En la cinta veremos muchas escenas en donde las figuras constantes del drama son el profesor de latín y Agnes, en una danza de encuentros y desencuentros (en el bosque, haciendo el amor en la bodega de las manzanas, criando a sus hijos, en su distanciamiento, entre otros) que nos van llevando hacia ese importante momento de cierre. Esto no es un error sino a la diferencia natural entre los lenguajes del cine y la literatura, y creo que con la variación a la estructura de la trama vista en pantalla, el filme se dota de otra sustancia, complementaria al libro. 

Agnes ve cosas sobre las personas, ve paisajes al tocar al joven profesor sin nombre ve algo inconmensurable: “vio espacios y vacíos, partes densas, cuevas subterráneas, elevaciones y depresiones… [que] era demasiado grande y complejo” (O’Farrell). En la película le dice prácticamente lo mismo, mientras vemos cómo le sostiene el músculo de la mano, entre el pulgar y el índice, que es la forma en que ella realiza esta habilidad. Y él le pregunta, “What are you doing?”, para concluir en la escena de un beso. Las manos de Jessie Buckley en este plano, me recuerdan a las del condenado a muerte de Un condamné à mort s’est échappé (1956) de Robert Bresson. Veo una búsqueda por estos detalles en el cine de Zhao, una preocupación por pequeños gestos, sobre en Nomadland con las expresiones faciales de Frances McDormand. Incluso cuando esta cinta anterior, sobre el corporativo Amazon, es un trabajo que no me gusta (porque me parece un innecesario comercial), reconozco un cuidado de la realizadora china en este tipo de aspectos. 

Agnes viene de un linaje de brujas, como su madre que rondaba el bosque y que le enseñó, cuando niña, a cantarle un hechizo a la planta Artemisa y otros saberes. En el libro es más amplia esta exploración del personaje de la madre; en el filme se le dedican algunos cuadros, como en el momento en que Agnes da a luz a los mellizos, Hamnet y Judit. Allí tiene una visión, en la que recuerda a su verdadera madre (la bruja, la salvaje, la borrada) muerta al dar a luz, “sobre una flor roja”, como la describe el libro de O’Farrell. “Hice un voto el día que mi madre murió. Iré a tu iglesia, pero no diré una palabra ahí” recupera Zhao del libro en boca de Buckley para marcar esa onda conexión onda con la madre. 

En un juego de planos bastante metafórico en la película se nos muestra una caverna que se encuentra en el bosque, que nos evoca una conexión entre Agnes y su madre, pero que también nos habla del nacimiento y la muerte; y que Zhao contrapone al pasaje de acceso de actores en la escenografía del teatro isabelino.

Momentos clave

En varios pasajes del texto, O’Farrell realiza desde la escritura algo que parecen movimientos de cámara (si se me permite la comparación), en los que nos indica, a acercarnos para captar mejor algún detalle, como con Agnes: “Si nos acercáramos lo suficiente, la veríamos mover los labios, murmurar a los insectos que vuelan alrededor de su cabeza” (O’Farrell). 

El libro tiene esta facultad que me parece que Zhao capta bien en el filme, sobre todo en esos tres momentos que definiría como cruciales de la cinta y donde apreciamos bastante bien la hibridación entre lo literario y lo cinematográfico.

El primer momento lo tenemos en esa ya legendaria secuencia del acto fúnebre del halcón de Agnes, donde el reconocido crítico argentino Roger Koza protagonizó una interesante polémica de redes sociales, al asegurar en un tuit (que ya se volvió de culto) que el encuadre empleado por Zhao fue descuidado: “La vi en cine y pensé que era un problema de la proyección. No, no lo era. El encuadre no le interesó mucho a la señora Zhao. No sería el único problema de Hamnet”.

A cuadro vemos que el viento del bosque llama a Agnes, su halcón ha muerto, ella lo entierra en compañía de su familia, en una ceremonia pagana. En este punto, difiero de la irónica mirada de Koza y coincido con la lectura de otras críticas y críticos sobre que se trata de una secuencia filmada de manera intimista, en la que el corte abrupto de los actores y la imagen es una invitación para el espectador, para unirnos a este círculo de personajes. 

Esta diapositiva cinematográfica del encuadre es uno de los momentos más sinceros y menos artificiales que podrán verse en la Hamnet de Zhao, a quien por sus cintas anteriores Nomadland y Eternals, tenía por una realizadora algo efectista.  

El segundo momento lo tenemos en todas las escenas vinculadas a la muerte del pequeño Hamnet, desde la secuencia en que la melliza del niño no despierta y la cámara nos lleva hacia la ventana para contemplar la lluvia, construcción de la escena que es muy diferente a la del libro, pero que para la imagen cinematográfica nos transmite una inquietud desde el elemento agua.

La cinta está llena de instantes donde se apela a los sentidos, además del oído y la vista (que son los centrales del cine) invoca al gusto, al tacto y al olfato. Como mencionaba antes, la importancia de las manos en el filme: siempre están impregnadas de hierbas, especias o de tierra, que casi podemos oler, saborear u oler. Además de los vestidos cubiertos de manchas de sudor o de grasa, como cuando la pequeña Judith aparece en su cama sudando, infectada por la peste bubónica. 

El desarrollo de estos eventos entorno a la enfermedad de la hermana y la posterior muerte de Hamnet arroja varias de las secuencias actorales más perfectas de la cinta: una de ellas cortesía de Jessie Buckley, en esa desgarradora escena de quiebra con la actriz en un espasmo. También destaco el trabajo de Olivia Lynes y Jacobi Jupe, quienes se desenvuelven al tu por tu con los actores adultos. Sobre todo, cuando el actor de Hamnet da voz a las líneas del libro, “Te doy mi vida. Judith. Me pondré junto a ti, no podrá diferenciarnos. Seré valiente”. O cuando la pequeña Judith, ante el cuerpo inerte de su mellizo dice, “No es él” para luego romper en llanto. 

Luego viene la ruptura entre Agnes y Shakespeare tras los reproches de ella por la ausencia del segundo, mientras el fantasma de su hijo muerto vagabundea a través de la casa y el bosque. William dice, “Todo el tiempo me pregunto dónde está, a donde se puedo haber ido. Pienso que voy a enloquecer. Y ha pasado sólo un año.” A lo que ella responde: “Un año no es nada. Cada segundo”. 

Para terminar, el tercer momento que identifico en el filme es (con todo y sus bemoles formales) en ese cierre edificado para poner al espectador a llorar sin control. 

Primero, la secuencia cuando Agnes se entera por su madrastra que su esposo va a estrenar una obra con el nombre de su hijo. Susanne, la hija mayor, le pregunta a Agnes sobre la obra, “¿No quieres saber cómo se llama?”. Ella duda y en ese momento se muestra a cuadro la portada de Hamlet, la tragedia más conocida de William Shakespeare. Una vez dado el hombre de la obra teatral, vendrá el nombre él; en una de las secuencias subsecuentes, cuando Agnes y su hermano Bartholomew van a Londres en busca de su esposo, se escuchará por primera vez, en voz del hermano de Agnes, el nombre de “William Shakespeare”. 

Más adelante, accedemos al Globe Theatre isabelino, durante la secuencia final dedicada la obra teatral. Aquí nuevamente Zhao nos invita a ser parte de la imagen, pues su cine más que narrar, está a un paso de ser una experiencia inmersiva. Las tomas dentro y alrededor de la corrala son fascinantes, sobre todo cuando Mescal aparece ataviado como el fantasma del padre del príncipe de Dinamarca. Agnes grita, “no te atrevas a pronunciar el nombre de mi hijo”, y todos contenemos la palomita antes de entrar a la boca, y entonces desde proscenio nombran a “Hamlet”. 

Si bien Shakespeare pudo haber tomado la anécdota de la obra Gesta Danorum (del año 1200) del historiador Saxo Grammaticus, en la que remite la leyenda de un príncipe vikingo, de nombre Amleth, que finge locura para vengar a su padre, O’Farrell en su novela nos da a un padre dolido que hace una pieza (la gran pieza) para recordar al hijo muerto. Al final el filme de Zhao termina por traducir esto en una brillante escena a cargo de Paul Mescal, Jessie Buckley en la que también brilla Noah Jupe (hermano mayor de Jacobi) por su actuación como el actor de Hamlet. 

Justo después de que Mescal diga, “My Boy, adieu”, viene esta escena clave del final de Hamnet que pudo haber sido altísima y perfecta, de no ser por el efectismo empleado al desarrollarla. Cuando la película nos tiene completamente a su merced, conmovidos sin consuelo, poco a poco, se cuela en la imagen la pieza musical “On the nature of daylight” de Max Richter, que es usada comúnmente en cine y series para re-forzar escenas conmovedoras. Aparece en Arrival (2016), Shutter Island (2010), Disconnect (2012), y, también, en The Last of Us (2023), por citar algunos ejemplos. La secuencia es muy buena, el mismo Koger Roza lo acepta también en su texto, pero se siente algo forzada por la inclusión de esta partitura que con los años se ha convertido en un cliché sonoro de Hollywood. 

Luego tenemos a Paul Mescal llorando tras bambalinas, mientras el umbral de la escenografía de teatro nos evoca la cueva del bosque de Agnes; vemos a Noah Jupe como Hamlet diciendo “I am dead”, al hacer contacto visual con Agnes y darle la mano, en un tremendo plano cenital en el que todos los personajes junto a Agnes la emulan sujetando los dedos del príncipe de Dinamarca. Casi un momento de conexión mística como de “El Aleph” de Borges, con Hamlet diciendo, “The rest is silence” en primer plano, mientras Agnes mira a William con empatía, dolor, amor y todo lo que se quedó pendiente entre ellos. Sí, todo esto con la música de Richter ahí, taladrando como un recordatorio de que tenemos que llorar mucho, como si no fuera uno de por sí de lágrima fácil. Y a pesar de todo eso, incluso de lo forzado, me gustó. El resto es… que los del cine te prenden la luz en los créditos para que ya te vayas a tu casa.+