Cuando la vida persiste: Pequeña flama, pequeño trueno, de Adolfo Córdova
A veces la vida se revela en gestos mínimos: una ausencia que deja el aire más liviano, un nacimiento que trastoca el silencio. Pequeña flama, pequeño trueno, de Adolfo Córdova, se articula desde esa zona frágil donde la experiencia humana no necesita explicarse, sino acompañarse. Con las ilustraciones de Alejandra Vélez, esenciales para la respiración del libro, la obra construye un diálogo delicado entre palabra e imagen para pensar el duelo, la memoria y la persistencia de lo vivo.
El libro surge de una vivencia concreta: una estancia en un rancho marcada primero por una pérdida y, tiempo después, por el nacimiento de un burro. Ese contraste —la despedida y la llegada— estructura la narración, dividida en dos movimientos simbólicos. La “pequeña flama” nombra aquello que se extingue sin desaparecer del todo; el “pequeño trueno”, en cambio, irrumpe como una afirmación de la vida, torpe y luminosa, que aprende a sostenerse en el mundo.
Córdova evita el tono explicativo o moralizante. Su escritura confía en la inteligencia emocional del lector y abre espacios para la interpretación. No se trata de ofrecer respuestas cerradas sobre la muerte o el nacimiento, sino de proponer una conversación íntima sobre el cuidado, la amistad y las formas de comunidad que se tejen frente a la fragilidad. En ese sentido, el libro se inscribe en una literatura infantil y juvenil que no esquiva los temas complejos, sino que los aborda con respeto y contención.
Las ilustraciones de Alejandra Vélez cumplen un papel narrativo decisivo. A través de una paleta que transita del rojo del fuego a la calma nocturna, las imágenes acompañan la transformación emocional del relato. El color, el ritmo visual y los silencios gráficos no funcionan como ornamento, sino como una segunda voz que amplía el sentido del texto y marca sus pausas.
Uno de los gestos más significativos del libro es su dimensión colectiva. La experiencia que lo origina no pertenece a un solo autor, sino a una red de afectos y presencias. En ese mismo registro se inscribe la participación de Cornelia Funke, quien escribe el prólogo y el epílogo, reforzando la idea de que contar también es una forma de acompañar.
Pequeña flama, pequeño trueno no propone una lectura edulcorada de la infancia. Por el contrario, reconoce que el asombro y el dolor conviven desde temprano y que aprender a nombrarlos —o a rodearlos con imágenes— es parte del crecimiento. El libro invita a detenerse, a leer despacio, a aceptar que incluso lo más pequeño puede dejar una huella profunda.
En tiempos de ruido y aceleración, esta obra apuesta por lo contrario: por la escucha, por la atención a lo mínimo, por la certeza de que una llama pequeña puede dar calor y que todo trueno, incluso el más leve, anuncia que la vida continúa.
