El amor después del amor: la nueva etapa poética de Alberto Villarreal

En Te daré el olvido, Alberto Villarreal vuelve a la poesía tras varios años de distancia con el género que ha marcado su registro más íntimo. No se trata de un regreso nostálgico ni de una reconciliación complaciente con el pasado, sino de una revisión crítica de los territorios que ha explorado antes: el desamor, la memoria, el cuerpo. El libro se instala en una zona incómoda: aquello que permanece cuando el amor termina.
Si en De nada nunca termina la ruptura se vivía como una experiencia casi espectral (algunos lectores llegaron a leerlo como un libro de terror emocional), aquí el autor asume esa intensidad y la depura. El amor aparece atravesado por la violencia simbólica de la pérdida, por el dolor que no busca consuelo inmediato. Más que narrar una historia específica, el poemario indaga en los residuos: qué queda después, qué imágenes sobreviven, qué recuerdos se resisten a desaparecer.
Uno de los aciertos del libro es la construcción de un sistema de símbolos que dialoga con la obra previa de Villarreal. Las naranjas, por ejemplo, reaparecen como una imagen persistente. Remiten a la infancia, a la casa de los abuelos, a un naranjo que funciona como raíz y punto de anclaje. Sin embargo, en este poemario las naranjas no son solo evocación afectiva: se vinculan con la sed, otro motivo recurrente en su escritura. La sed aquí es carencia, deseo insatisfecho, necesidad que el amor no logra colmar. Naranjas y sed se tensan entre memoria y olvido, entre lo que se quiere conservar y lo que resulta necesario dejar atrás.
El cuerpo ocupa un lugar central en esta arquitectura simbólica. En la obra de Villarreal, el dolor no es abstracto: sucede en el cuerpo, se manifiesta en él. El cuerpo recuerda, insiste, duele. Es el espacio donde confluyen la geografía emocional, la ruptura y la imposibilidad de avanzar. Algunos poemas sugieren incluso una sensación de extrañamiento corporal, como si amar en exceso implicara perderse a uno mismo. Sin embargo, el autor evita clausurar el sentido de sus textos. La interpretación queda abierta, reforzando la idea de que la poesía no impone una lectura, sino que habilita múltiples resonancias.
En términos formales, Te daré el olvido se percibe más contenido y preciso que sus libros anteriores. No hay desbordamiento ni exceso ornamental. Cada poema parece atravesado por un proceso de depuración que revela el crecimiento del autor como lector y como escritor. Villarreal no ha modificado radicalmente su método de trabajo, pero el paso del tiempo (tres o cuatro años sin publicar poesía) se traduce en una voz más consciente de sus recursos y de sus límites. Hay una búsqueda de madurez que no se proclama, sino que se ejerce.
El libro incorpora, además, un diálogo visual inédito en la trayectoria del autor. Las imágenes que dividen los capítulos fueron realizadas por el pintor Sebastián Larraguibel Buls, quien trabajó a partir de la lectura libre del poemario. Villarreal no le indicó qué pintar ni sobre qué textos intervenir. El resultado no funciona como ilustración literal, sino como expansión del universo poético. Las pinturas conectan los poemas, los dotan de otra capa de sentido y subrayan una dimensión comunitaria de la escritura: la literatura como espacio de conversación, no como acto solitario.
Esa dimensión colectiva es coherente con la relación que el autor ha construido con sus lectores. Muchos encuentran en su obra un acompañamiento para atravesar sus propios duelos afectivos. Te daré el olvido no elude esa cercanía, pero tampoco la explota. El libro no ofrece fórmulas de superación ni frases destinadas a circular descontextualizadas en redes sociales. Su apuesta es más exigente: sostener la mirada en los restos del amor, en la memoria que impide avanzar, en el recuerdo que se convierte en obstáculo.
El olvido, tal como aparece aquí, no es un acto de negación absoluta. Es un proceso doloroso, una decisión que implica reconocer que recordar también puede ser una forma de permanecer atrapado. El poemario plantea así una paradoja: dar el olvido no significa borrar, sino asumir que ciertos vínculos solo pueden transformarse cuando se acepta su final.
Con una voz más madura y una estructura más cohesionada, Alberto Villarreal confirma en este libro su tránsito hacia una escritura menos impulsiva y más consciente. Te daré el olvido no pretende cerrar heridas de manera definitiva. Más bien, propone observarlas con detenimiento, entender su forma, aceptar que algunas cicatrices no desaparecen, pero sí pueden convertirse en lenguaje.+
