Confieso que he leído
He leído poemarios pendencieros y crónicas sincrónicas, novelas sin trama y cuentos crueles. Leo originales en forma electrónica e incluso cuentínimos verbales, ediciones caducadas y proyectos de ensayos… pero confieso aquí que leí las memorias de una Miss Universo para saber cómo justificaba su título con el grave problema de acné que marcaba su rostro y leí el manuscrito de una novela (jamás pasada en limpio) que escribió una lechera de Albacete por el sólo hecho de que parecía pintada por Velázquez.
Me avergüenza haber leído a Escrivá de Balaguer (cura fascista) y su libro en el que menciona 72 veces la palabra “caudillo” (Führer en edición alemana y Duce en italiano). Por el contrario, me enorgullece haber leído los dos tomos de Memorias de un Mariachi, opúsculo sentimental que me regaló el autor en una madrugada inolvidable de la Plaza de Garibaldi; Pase al hueco, autobiografía engargolada por un exjugador del Club de Futbol Atlante que eligió permanecer anónimo (a pesar de que el título alude a su apodo) y Cambio de tercio, valiente testimonio de Delmónico Utrera, otrora banderillero y su cambio de sexo.
Cuando alguien me informó que hay secciones de determinadas ediciones de la Enciclopedia Británica que incluyen entradas escritas por Sigmund Freud, John Maynard Keynes, George Bernard Shaw y Virginia Woolf me puse a la tarea de leer varias ediciones al azar y el mismo jugo permitió que yo mismo escribiera páginas para la edición de 1984. Lo anterior quizá explique por qué me propuse leer entera la serie El Volador de la editorial Joaquín Mortiz, casi todos los colores de la Colección Austral y más de la mitad de la colección Sepan Cuantos de Porrúa a dos columnas y con lupa.
Mi formación y filiación lectora no se explica sin confesar aquí que he leído casi cada fascículo de Memín Pinguín, Los Supermachos de Rius y un tierno cuarteto ilustrado de grandes cuentos llevados al technicolor por Disney. Por lo mismo, tengo encuadernada mi colección de Condorito. Lo anterior se desprende del primer libro que vi en mi vida (en forma de acordeón y sin texto, láminas luminosas de animales bebés: ovejita, elefantito, jirafita, entre otros). En una conferencia, ya de adulto, no sólo abrí el acordeón sino que además solté un sentido soliloquio sobre mi abuelo Rafael (quien me regaló el volumen) y un hombre de la primera fila no aguantó el silencio y me gritó: “¡Me recuerdas a mi madre!” (sin aclarar si el parecido era por el bigote o por lo gordo).
Hace poco leí un opúsculo sobre mindfulness (que me volvió loco), una historia abreviada de la usura (que me ayudó a comprender a no pocos prójimos mas no próximos) y un mamotreto insufrible de un pausado pelmazo sobre lo que él cree que es la Historia de México que suscita en mi deseo la misión de cortarle los amarres a su hamaca. Me pasó lo mismo con un bodrio abultado publicado por un político de la época de mi adolescencia que, hasta la fecha, sólo ha servido para detener la puerta del baño.
Confieso también que leo muchos libros con voces ajenas, a menudo alzando la voz y he tenido problemas en hoteles de prestigio, pues los vecinos de habitación se han quejado (y han asegurado) haber oído más de dos voces a gritos, y confieso que leo papeles sueltos que encuentro tirados en las calles, revistas de consultorio dermatológico y manuales de lo que antes se llamaba Mecánica Popular… sobre todo, por el convencimiento pleno de que lo único que nos salva está en la lectura. Como personas, país y planeta hay que leer para poder sobrevivir o sobrellevar este enjambre de absurdos, este valle de ignorancia desbordada que ha tiempo dejó de ser no sólo divertido, sino entretenido.+