Cuento inédito: La fábrica de huesos

Durante años, vendió cuerpos a hospitales, museos y universidades, averiguó Moore. Entonces no era fácil conseguir osamentas y cadáveres, y la ciencia estaba orgullosa de pagar una suma decente a un tipo respetable, y no a un profanador.

El doctor había sido un niño metódico y silencioso. Tenía una habilidad innata para la disección, que practicaba en secreto con pequeños animales. Sus manos delicadas ganaban una firmeza inesperada sosteniendo las ancas de un anfibio. Quizás por eso a la familia le pareció tan normal que se convirtiera en médico y prosperara. Ejerció la cátedra de anatomía y luego heredó una casona familiar, que acondicionó exhaustivamente como hotel.

Chicago albergaba la Exposición Mundial y bullía de turistas. El doctor poseía el hospedaje más popular de aquellos años. La fachada gótica y los interiores lujosos lo distinguían. Las buenas rentas le permitieron comprar toda la manzana y abrió locales anexos que fascinaban a los huéspedes: cafeterías, una tienda de tabaco, boutiques y ultramarinos. Por las tardes, el dueño se sentaba en el vestíbulo y saludaba amablemente a los huéspedes que se divertían en su salón.

Pero extrañas denuncias llegaron a la oficina del detective Moore. Muchos clientes del lugar no volvían a sus barcos al terminar las fiestas; o escribían sólo a sus familiares y amigos para pedir nuevos giros de dinero, sin precisar su retorno. Lo mismo sucedía con gente de pueblos vecinos. Desaparecían de la tierra.

Moore anotaba perfiles, entrevistaba a los trabajadores del lago y las carpas de diversiones, pero la gente no recordaba sospechosos. Había demasiados rostros de lugares diversos. Todos eran recién llegados, figuras efímeras. Los informantes estaban distraídos en la feria o alcoholizados, bajo el ritmo salvaje del hoochie coochie. Entretanto, el médico en- tregaba más osamentas limpias, pulidas, sin un gra- mo de piel o pellejo.

La fábrica de huesos funcionó segura y eficiente hasta que el azar provocó un incendio en el depósito de carbón. Con la entrada de los bomberos, el laboratorio secreto se reveló al asombro general: mesas de disección, sierras, tinajas de ácido sulfúrico, vendas, botellas de sangre y pacas de cabello divididas por colores, frascos con órganos y alcanfores.

Moore investigó y teorizó las primeras conexio- nes. Los cortes eran limpios, obra de un especialista. Los instrumentos poseían un filo suave, preciso, quirúrgico. Buscó al doctor, pero el hombre había escapado entre el desconcierto, culpando de los crímenes a los empleados de aquel sótano macabro. El detecti- ve entrevistó a los familiares. El doctor no tenía novia ni amigos íntimos. Toda la gente parecía conocerlo, pero nadie poseía informes relevantes. No había rastro. ¿Se había embarcado a Europa? ¿Al desierto mexicano? ¿O acaso, avergonzado de sus crímenes, se había dado un tiro en un páramo?

En su investigación, Moore no descartaba hipótesis, pero tampoco se fiaba. El doctor había sido frío y cerebral durante años. Le gustaba matar. Poseía oscuras dotes de construcción. Moore buscó en universidades, en consultorios recientes. El doctor tenía notables habilidades manuales. Moore visitó talleres, fábricas, as- tilleros portuarios. Pero pese las presiones periodísticas y populares, no pudieron hallar al médico y sólo congelaron gran parte de sus cuentas. Abrumados por otros crímenes, sin seguimiento ni avances técnicos, el caso engrosó los archivos policiacos. Aunque asignado a nuevas pesquisas, Moore repasó los hechos, cotejó sus notas, jamás olvidó aquel salón sangriento.

Una tarde de verano, décadas después, un viejo frágil en Texas oyó golpes en su puerta. Lo acusaban de cobrar cheques a nombre de personas fallecidas tiempo atrás, en otros estados del país. El anciano era el empleado más silencioso e irrelevante de su oficina desde su contratación; a veces aparecía con baratijas y anillos que vendía entre sus compañeros.

La casa del viejo era sencilla, pero cada rincón poseía detalles que revelaban finura. Acuarelas marinas, pequeñas cerámicas, un juego de té. En la mesa de su recámara, los policías observaron la réplica puntual de un edificio.

El viejo había reproducido en escala su máximo proyecto. Dentro de la esplendorosa fachada de un hotel en miniatura, espejos falsos permitían el espionaje; trampas y enormes túneles conectaban los cuartos con un laboratorio. Envenenados por tubos de gas bajo el parquet, o atontados por las drogas servidas en el café o los pastelillos, los huéspedes descendían inconscientes, como un postre por el tracto digestivo, hasta llegar al carro de lavandería, donde su asesino aguardaba.

Los viejos caballeros tenían relojes o joyas que podían colocarse en los mercados de pulgas. A veces las mujeres eran hermosas y no convenía que se fueran de este mundo sin una última caricia. Había un horno crematorio y tinajas. Se habían consumado unos 50 asesinatos en el hotel del doctor, reproducido con salvaje exactitud en hueso humano.

Pero eso sólo lo supieron en Texas cuando el detective Moore, casi ciego, envejecido y memorioso, vigilante obsesivo de otra vida, bajó del tren, se sentó en la comandancia y habló de las terribles noches de Chicago.

Este texto fue realizado por Adán Medellín y fue publicado originalmente en el número 111 de Revista Lee+. Pueden leerlo en su versión digital dando clic aquí o en su versión física, disponible en todas las Librerías Gandhi del país.

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