Hay que construir la paz: Entrevista con Roberto Vivo sobre su libro "La guerra: un crimen contra la humanidad"

La guerra, como se explica en el libro, La guerra: un crimen contra la humanidad (Hojas del sur, 2016) del escritor e investigador uruguayo, Roberto Vivo, es una práctica violenta, un crimen. No obstante, la guerra es también una medida oficial para conseguir algún objetivo.

Es decir, las guerras que inicia, por un lado, algún Estado son legitimadas por el mismo, con el fin de justificar las medidas extremas y mortales que llevan a cabos gobernantes y militares, mientras que, por otro lado, las situaciones bélicas que inician las clases populares suelen narrarse y declararse como atentados o movimientos desestabilizadores. ¿Consideras que la clase social es un factor que influye en la manera de legitimar una agresión?

No sé si la clase social, pero seguramente la clase política. El estado busca legitimar la guerra por su condición de estado, de “oficial”, digamos, muchas veces aún siendo un poder de facto, mientras que la guerrilla busca justificarla por su condición de “representante del pueblo”, aún cuando, una vez en el poder, se torna, frecuentemente, una especie más de dictadura. Por ejemplo, el estado de Irak se vio como títere del imperialismo norteamericano después de la ilegítima invasión occidental que dio origen al mismo. Sin embargo, la reacción a dicha invasión y gobierno “impuesto” al pueblo de Irak ha sido el florecimiento de movimientos guerrilleros tipo Al Qaeda y, más reciente y virulentamente, Estado Islámico. ¿Se podrá decir que ISIS representa al pueblo de Irak o a los pueblos del resto de la región, tal como ese grupo terrorista pretende? Claro que no. Es una amenaza mortal a toda cultura. En toda guerra, siempre hay, por lo menos, dos conjuntos de intereses creados opuestos y en pugna y la única verdadera víctima es el pueblo civil. No se puede imponer la paz. Hay que construirla. El camino hacia la paz mundial es la democratización del mundo.

La guerra: un crimen contra la humanidad remite en gran medida a la teoría foucaultiana y el adiestramiento de los cuerpos, el cual no sólo se impone en las academias militares, sino permea espacios educativos y penitenciarios, por mencionar algunos. ¿Qué propondrías para revertir esta manufacturación de cuerpos dóciles?

En realidad, yo soy creyente de la idea de cuerpo sano mente sana y no veo nada negativo o siniestro en el adiestramiento del cuerpo en sí. De lo que hablo en mi libro es del adiestramiento que toda organización militar o de combate impone a sus subordinados. Ahí el entrenamiento del cuerpo se combina con un profundo adiestramiento de la mente. O sea, más que “cuerpos dóciles” lo que se busca son cuerpos y mentes, por un lado, inquebrantables hacia las órdenes que deben cumplir y, por otro, agresivos al máximo para poder cumplir eficazmente dichas órdenes. Lo que explico es que la mente humana no está preparada para manejar y justificar los hechos que son comunes en las guerras: las matanzas masivas, y demás hechos de injusticia y violaciones a los derechos humanos. El adiestramiento militar del cuerpo, aunque necesario para hacer la guerra, es casi una distracción cuando no una herramienta del verdadero entrenamiento que es psíquico, y busca permitir al combatiente convertirse en homicida y justificar lo injustificable.

Un caso muy particular de México: la llamada “guerra contra el narcotráfico”, donde es también la sociedad civil la que ha puesto una gran cantidad de víctimas. Dos preguntas. La primera: aun teniendo quizá un motivo justificable, el de frenar el narcotráfico y la violencia que éste genera, ¿considerarías que no fue razón suficiente para emprender esta guerra? La segunda: es evidente que la estrategia falló y aumentó desproporcionadamente la violencia –desde hace muchos años–, ¿cuál consideras que pudo haber sido un camino a tomar más favorable?

Lo de México y el tráfico de drogas es una verdadera tragedia. Claro está que las fuerzas de seguridad tienen una tarea ingrata y bien difícil a la hora de tener que desbaratar los carteles de los narcotraficantes. Pero “declararle la guerra” al narcotráfico es algo muy diferente que llevar a cabo dicho esfuerzo como un hecho policial con todos los recursos necesarios para que tenga éxito, pero sin imponer lo que se podría casi clasificar como una guerra civil entre los narcos y el resto de la sociedad. “Hacer la guerra” a cualquier cosa dentro de una sociedad en paz casi siempre trae aparejado—como se ha visto en la “guerra al terrorismo” armado por el gobierno de George W. Bush en EEUU—una disminución en el espíritu democrático del país que lo lleva a cabo: se imponen limitaciones a las garantías individuales y se expanden los poderes del Ejecutivo. Hoy en día el campo de batalla se ubica en las mismas calles donde se encuentran los civiles inocentes, y ellos terminan siendo las primeras víctimas y las más vulnerables. Se me ocurre que una concentración mucho mayor en el problema del consumo (a través de la educación y la rehabilitación más que por su criminalización y quizás mediante la legalización de la marihuana, por ejemplo) sería la manera lógica de hacer que gran parte del negocio de los narcos desapareciera y que la criminalidad fuese más manejable. Pero aclaro que no soy experto en el tema.

También expones que no hay “guerras justas”, es decir, ni las revoluciones ni proceso de independencia son justificables. ¿Por qué?

Lo que digo es que la guerra ha cambiado y que en un mundo donde entre 5 y 9—dependiendo de la guerra—de cada 10 muertes en los conflictos bélicos son de civiles, no existe ya la guerra justa descrita por San Agustín, y que, por ende, toda guerra es un crimen de lesa humanidad. No existe la guerra justa, pero, desafortunadamente, tampoco la grandeza de los países líderes, que en lugar de ser paladines de la justicia y garantes de la paz, utilizan a terceros países para guerrear por sus propios intereses y para disputar sus rivalidades. Como explico en el libro, las organizaciones multilaterales y la Corte Penal Internacional deben pasar a ser instituciones muchísimo más fuertes, así como el derecho internacional. Y en las Naciones Unidas, por ejemplo, para que haya paz en el mundo, debería terminar la hegemonía de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, quienes, además de tener, cada uno, poder de veto contra toda resolución de los demás países del mundo, son, asimismo, los traficantes de armas más poderosos del planeta, lo cual los convierte en cómplices en todas las guerras del mundo y los culpables del fracaso de toda gestión de paz, aun cuando pretenden ser los arquitectos de las treguas. En el mundo de hoy las diferencias deben ser gestionadas a través de la diplomacia y con los países líderes como garantes de la paz, no como cómplices en todos los conflictos. Así se podrían evitar tragedias como la que padece Siria en una guerra que se disfraza de “civil” pero que, en realidad, es una guerra internacional por encargo.

La violencia genera más violencia; es una vorágine interminable. ¿Cómo responder, entonces, ante situaciones ya no solo de violencia sino de guerra?

Usted lo ha dicho: la violencia genera más violencia. Pero no estoy abogando por “dar la otra mejilla” ante el hecho de la violencia, sino no aprovechar la violencia para los intereses propios de cada uno. Y aquí hablamos nuevamente de la falta de grandeza de los países líderes. Por ejemplo, tanto Rusia como Occidente tienen, obviamente, el poder de descomprimir la violencia en Siria que, dentro de poco, y de seguir como hasta el momento, habrá costado medio millón de vidas, gran parte de ellas civiles inocentes, además de haber dado origen a la crisis migratoria más grande desde la Segunda Guerra Mundial. Pero en lugar de eso, estas dos potencias mundiales—los países de la OTAN y sus aliados por un lado y Rusia por otro— alimentan la violencia, los rusos para mantener a su títere dictador en el poder, y EEUU, de manera muy caprichosa, para tratar de proteger sus intereses en la región y para contener los avances tanto de los rusos como de Estado Islámico. Si, en conjunto con las Naciones Unidas, por ejemplo, utilizaran su irresistible fuerza militar para, desinteresadamente, garantizar una tregua entre los rebeldes y el gobierno de Siria y mantener esa tregua y, además, desarticular los avances de ISIS por el tiempo necesario para forjar una solución pacífica, harían un gran servicio a la humanidad. El pueblo sirio está viviendo, virtualmente, en pleno infierno por culpa de los intereses creados de las grandes potencias.

Brevemente explícales a nuestros lectores las diferencias entre justicia, legalidad y legitimidad al tratarse del tema de la guerra.

Hablar de “justicia y guerra” es casi una contradicción en términos. Sin embargo, el uso de la fuerza resulta, de alguna manera, justo cuando se utiliza para dar fin a una injusticia humanitaria: por ejemplo, contra la perpetración de un genocidio, para meter una cuña entre dos frentes en pugna y establecer una tregua, para prevenir que un grupo étnico, cultural o religioso sea victimizado por otro (como ha pasado repetidas veces en lugares donde ISIS ha martirizado a gente considerada como “infiel” por aquellos fundamentalistas), etc. Pero siempre con el claro objetivo de defender la paz, no expandir la guerra.

En cuanto a la legalidad y la legitimidad, no son, para nada, términos intercambiables. Y, además, la legalidad tiende a tener definiciones bastante subjetivas. En el caso de la invasión de Irak en el 2003, el gobierno de EEUU la consideró “legal” porque se hizo con un voto mayoritario de su propio Congreso y con el respaldo de un puñado de aliados en el resto del mundo. Pero ante la ley internacional, la invasión se llevó a cabo sin mandato de las Naciones Unidas y pese a las protestas de varios de los aliados de EEUU en la OTAN, y por lo tanto, fue una guerra ilícita a nivel internacional. Pero, además, fue una guerra no legítima porque el pretexto que el gobierno de Bush en EEUU y de Tony Blair en Inglaterra utilizaron para justificarla fue falso, o sea, no legítimo ya que Irak no tuvo nada que ver con los sucesos del 11 de setiembre de 2001 (pretexto primero y principal), e Irak tampoco poseía armas de destrucción masiva (el otro pretexto citado). En otras palabras, fue una invasión ilegal e ilegítima. Pero aunque EEUU hubiese obtenido la aprobación de la ONU para invadir a Irak, esa guerra, entonces, habría sido “legal”, técnicamente, pero, jamás legítima.

Cuéntanos de un acto o reacción violenta que tú hayas tenido.

Sólo recuerdo alguna pelea en el colegio. Nada importante.

De los distintos voceros de la paz y de la equidad (algunos mencionados en tu libro), ¿hay alguno con el que te sientas más identificado o que haya influido en tu forma de pensar y conducirte?

Sin duda Gandhi y Nelson Mandela.

En ese mismo sentido, ¿cuáles son tus libros de cabecera?

Karen Armstrong Los orígenes del fundamentalismo en el Judaísmo, el Cristianismo y el Islám. Michael Howard The Invention of Peace. Karl Jaspers The origin and Goal of History. Richard Leakey La formación de la Humanidad. Jeremy Rifkin La Civilización empática.

Por Rolando Ramiro Vázquez Mendoza

MasCultura 28-oct-16
 

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