Columna Calle de León: "Sombra de Esquivas"

Calle de León es el nombre de la nueva columna del escritor mexicano Jorge F. Hernández (1962), quien a partir de este número se integra al equipo de colaboradores de Lee+. "Sombra de Esquivas", texto inaugural, trata de una de las grandes pasiones de Jorge: el Quijote y Miguel de Cervantes Saavedra. ¡Bienvenido a bordo!

La escena es inventada. Miguel de Cervantes Saavedra viaja de Esquivias a Madrid acompañado de dos o tres caballeros de negro, a lomos de un mulo gordo y cansado. El príncipe de los ingenios, delirio de las musas, viaja adormilado y sabedor de que llegará a la Villa y Corte para morir y ser enterrado vistiendo el hábito de la Tercera Orden de los Franciscanos. Bajo el gastado chambergo y la capa envuelta, el poeta que narraba como nadie se ve abotagado, las piernas hinchadas como troncos inertes y los ojos —si no es que todo el cuerpo— adormilado. Quien imaginó la escena escribe que en un cruce de caminos el grupo se cruza con un joven bachiller que también va para Madrid, cargado de libros y quién sabe qué ilusiones; al trote, reconoce a Cervantes y se desvive en elogios. Le dice que lo admira, que ha leído las dos partes de su Quijote y se vuelve testigo fantasmal de la última entrada del mal llamado Manco de Lepanto a Madrid, donde nadie le espera con palmas por las calles del ahora Barrio de las Letras, silencio sin chismes en los mentideros y desdén en Palacio para las muchas peticiones que había firmado el escritor con letra garigoleada y tinta de sangre.

Lamentablemente falsa, mas no inverosímil, la escena de Cervantes cabalgando su otoño en plena primavera explica una más de las mejores lecciones que dejaría escritas para la posteridad. A diferencia de los autores que viven embelesados con amañar premios y grandes ventas para simulacro de su valía, el inmenso escritor de veras se preocupa más por escribir y engañar con palabras la trama de sus cuentos; a contrapelo de tanto plagiario impune que campea por los corredores como si nada, intentando fingir una dignidad inexistente, el autor de veras se deja ver a lomos de un caballo sin ambages ni vergüenzas, sabedor de que alguien lo ha leído. Incluso, escribe hasta el último día de su vida unas líneas en pergamino sobre alguna de las recias almohadas de su camastro, sabiendo que al expirar lo han de llevar en andas, quizá con cuatro anchas velas, en la madrugada de San Jorge a un viejo convento de monjas trinitarias donde a los políticos de un tiempo impredecible se les ocurrirá meter artilugios de encantamiento para buscarle los huesos. Aunque nadie recordaba La Galatea o citaba El viaje al Parnaso, Miguel de Cervantes supo de oídas y de viva voz que muy poco tiempo después de haber salido de imprenta su más grande libro aparecieron en un desfile en Toledo dos lectores —maravillados lectores, como todos— que no tuvieron mejor ocurrencia que disfrazarse de Sancho Panza y Caballero de la Triste Figura en un desfile que lleva ya cuatro siglos representándose cada vez que alguien mienta, recuerda, evoca o contagia las locas andanzas de una pareja de cuerdos enloquecidos, locos descordados que son espejo de quien los lea.

De vez en cuando se recrea en silencio ese ánimo que conocíamos en la infancia de creernos astronautas o sentirnos mosqueteros no sólo por los párrafos que alguien nos leyó antes de dormir, sino por la inmensa caja de cartón donde venía envuelta una nueva lavadora automática que —en el instante en que le dibujamos velocímetros y relojes— se convertía en Apolo XV o en cuanto los palos de las escobas se volvían lanzas imaginarias contra las sabanas que volaban en la azotea como fantasmas en el torreón de un castillo. Honra a la literatura la prosa que al leerse en silencio o en voz baja a dueto revela que el autor puso las palabras en tinta no tanto por sugerencia de sus agentes literarios o el gerente de mercadotecnia de una editorial famosa, tanto como honra a la imaginación del mundo todo lector que se acerca a las librerías como si fueran farmacias, que comprar libros por la portada y el título (incluso más allá de lo que revele la contraportada que llaman cuarta de forros). Hablo del lector que lee porque quiere, no por tarea obligatoria o presunción pública; la mujer que habiendo apartado dinero para un capricho incier- to decide comprar un poemario porque alguien ha dicho que alivia la soledad o el joven que empieza a leer un cuento en la fila de pago y sale de la librería sin poder soltar las páginas donde alguien narra una aventura insólita, y el hombre que lleva años viajando por el mundo sin salir de la habitación donde acostumbra levantarse en vuelo, todos los días, dos horas por la tarde-noche.

De eso está hecha la escena increíble aunque inverificable donde un escritor viaja envuelto en sombras de Esquivias a Madrid. No más que un hombre que escribe, viajando sin palio ni faros por un camino tan desierto que a ratos parece la Luna y no más que un lector anónimo que —más allá del nervioso elogio y las ansias de un abrazo— sin trotes ni galopes frena su propia montura al paso que lleva la sombra de Cervantes.

Avanza sin prisa, como quien sigue una línea con la yema del dedo índice, leyendo mientras toda conversación con el propio autor parece anotación al margen… De lejos, quizá al atardecer, no se distingue cuál de los dos es el caballero enloquecido por los libros y cuál, el sabio escudero que alimenta toda aventura.

Por Jorge F. Hernández

MasCultura 25-may-16
 

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