Geometría del caballero Bioy

Adolfo Bioy Casares nació el 15 de septiembre de 1914. A los once años escribió su primer cuento pero con la publicación de La invención de Morel, en 1940, definida por Jorge Luis Borges como una novela “perfecta”, Bioy Casares comenzó una carrera literaria como pocas, cultivando el géneros fantástico, policiaco y ciencia ficción. "Calle de León" ofrece un breve perfil de un verdadero caballero literario.

Debajo de los perfectos triángulos que formaban su corbata y los triángulos almidonados de su camisa impecable, debajo del saco de tweed y un colorido chaleco, parecería que Bioy Casares llevaba la armadura imbatible de un caballero andante. Aunque los amigos preferían el diminutivo, Adolfo era elegante con todas las sílabas de su nombre y ambos apellidos, elegante hasta en el silencio con el que miraba vacíos apoyando la barbilla en el pliegue de la mano y elegante en los párrafos donde con supremo pudor insinuaba el erotismo candente de una escena que en realidad no decía nada de piel, pelo o sudores. Conversaba con la prudencia del ajedrecista, aunque se sabe que siempre quiso ser tenista o campeón de box. Del pugilismo caballeresco le quedó el tranco al caminar, la raya del pantalón y ese afán de saber esquivar golpes sin tener que soltar él ni uno solo. Del tenis, quedó pendiente una cena a la luz de las velas con Gabriela Sabatini o un final alternativo para un cuento donde juegan dobles las parejas que se han de despedir para siempre en el atardecer de Aix-en-Provence.

Quizá la elegancia sea el ingrediente esencial, mas no necesariamente indispensable de la caballerosidad, pero tengo para mí que se establece una deuda de gratitud con quien escribe el nudo de la trama más apegado al guiño de una insinuación elegante, que al exabrupto o descarada descripción enfangada. Bioy era elegante hasta en los títulos de sus obras, y más aún en la sutil delicadeza con la que entramaba los diálogos, las circunstancias de un fotógrafo en La Plata o las tribulaciones y pendencias de un hospital de desahuciados. En su afán por palpar escenarios fantásticos no recurre al invento estrafalario, sino a la confirmación de la dualidad de los mundos y así, en vez de que el capitán Ireneo Morris viaje en una nave espacial de muchas luces, su autor lo hace perderse en el espacio (y reaparecer) por obra y gracia de una inexplicable hilación de pases mágicos que involuntariamente ejecuta al timón de un avión común y corriente.

Como Borges, todos sus lectores concordamos en que no es hipérbole ni exageración considerar a La invención de Morel como novela perfecta. Aquí el caballero escritor se desdobla en la caballerosidad –rayana en utópica exageración de la veneración—del personaje lo incita a intentar incluso una cursilería: ponerle flores al paso al holograma de una mujer hermosa, sabiendo quizá que no es más que un espejismo y que probablemente ni vea el despliegue de sus pétalos. Escribe entonces Bioy Casares, que las cursilerías –cuando son humildes—tienen todo el gobierno del corazón y así, su obra entera está gobernada por el corazón honesto de quien escribe con limpia honestidad ante la página en blanco, el hombre que no necesariamente se desanuda la corbata para enfrentar la máquina de escribir o la sobremesa del té a las cinco en punto de la tarde. Quien lo dude, observe sus fotografías, escuche sus entrevistas y lea sus párrafos: ya en la prosa donde suelta la ficción desatada o en los ensayos donde académicamente, pero sin pedanterías, es capaz de iluminar la ignorancia de cualquiera.

Parecía que llevaba luz bajo la piel y hablaba con una voz queda que siempre apelaba a la inteligencia del interlocutor. Era de los señores que andaban tomando el brazo de uno y hacía pausas que concordaban con la conversación y era de los que miraban fijamente con una mirada clara y leves insinuaciones de sonrisa a quien le quería contar algo. Era, por ende, el escritor que imagina uno al leerlo: de los que saben que su voz parece escucharse en el silencio de las páginas, de los que saben en qué momento se llevará una sorpresa la mirada impredecible que lo lee a quién sabe cuántos años luz de distancia y era de los autores que brillaban —como si la piel palpitara con la tinta— porque parece murmurar en voz baja las palabras con las que va cuadriculando lo que escribe: así en los cuentos como en la prosa que ahora llaman de no-ficción, pero también en los cuadernos íntimos: el diario de un viaje donde la va contando a su hija, anotando de lejos, los días en que lava calcetines en la tina del cuarto del hotel o en el diario donde iba anotando “Wakefields”, casos raros de desaparecidos que decidían de pronto esfumarse de sus respectivas existencias, ir por cigarros a la esquina y jamás volver. Incluso, hay elegancia, donaire y caballerosidad en su abultadísima bitácora de amistad con Borges, ese mamotreto de casi mil páginas que quién sabe por qué se publicó, violando toda norma de intimidad y sosiego. Efectivamente, constan por su propia pluma todas las maldades que hacían juntos los amigos de toda la vida, las puyas y los dimes con diretes, el anciano que se llena las bolsas con los quesitos en los brindis y el boicot contra tal o cual escritor nefando… pero también la elegante prudencia con la que consta que casi a diario lo invitaba a cenar, los silencios con los que evitó discusiones necias o contradicciones innecesarias y el diario batir de una vocación inquebrantable que vivió plenamente en todos los poros de su piel incandescente y con todas las sílabas de una imaginación a compartir sin el fango de lo ordinario, el lodo que ensucia las palabras o la vulgaridad que algunos creen indispensable. Eso no cuadra con la geometría de un caballero.

Por Jorge F. Hernández

MasCultura 18-oct-16
 

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